No hay medias verdades en el corazón del hombre bueno

Publicado el 03/04/2025

P. Dartagnan Alves de Oliveira Souza, EP

«San Pablo predicando en Atenas», de Rafael Sanzio – Museo Victoria y Alberto, Londres

En un mundo plagado de relativismo moral y doctrinario, la verdad va desapareciendo del horizonte de los hombres, que a veces confunden la noción de bien y de mal, porque adoptan para sí guías ciegos, que los harán caer en un abismo (cf. Lc 6, 39).   

El Prof. Plinio Corrêa de Oliveira enseñaba que un hijo de la Verdad tiene, «como una de sus misiones más destacadas, la de restablecer o reavivar la distinción entre el bien y el mal».1 Y acerca de esa diferenciación es sobre la que el Señor nos invita a meditar en el Evangelio de este octavo domingo del Tiempo Ordinario, cuando afirma que «no hay árbol bueno que dé fruto malo, ni árbol malo que dé fruto bueno» (Lc 6, 43). En efecto, «el hombre bueno, de la bondad que atesora en su corazón saca el bien, y el que es malo, de la maldad saca el mal; porque de lo que rebosa el corazón habla la boca» (Lc 6, 45).

En la verdad
que brota del
corazón de los
justos, encontraremos
el camino que
conduce a la
salvación en
medio de un
mundo donde
se multiplican
los guías
ciegos

Muchos guías ciegos (cf. Mt 23, 16) han aparecido a lo largo de los tiempos. No viven la verdad para sí mismos ni permiten que otros lo hagan. Son los condenados por el Maestro, cuando les dijo a los fariseos que cerraban a los hombres el Reino de los Cielos, porque ni entraban ellos ni dejaban entrar a los demás (cf. Mt 23, 13). ¿Cómo podemos discernirlos en nuestros días? El Eclesiástico nos lo indica muy bien: «El fruto revela el cultivo del árbol, así la palabra revela el corazón de la persona» (27, 7). Y también: «[En el hablar] es donde se prueba una persona» (27, 8).

Estamos llamados a brillar como lumbreras en este mundo, como nos dice la Aclamación al Evangelio (cf. Flp 2, 15d.16a). Para ello, hemos de seguir el consejo del Apóstol, que nos suplica en la segunda lectura: «manteneos firmes e inconmovibles. Entregaos siempre sin reservas a la obra del Señor» (1 Cor 15, 58). Y la obra del Señor consiste en que seamos justos, llevando a nuestra boca la palabra de la verdad que brota de un corazón lleno de amor a Dios.

Pasaremos por muchas tribulaciones, en medio del creciente relativismo doctrinario de los falsos profetas actuales, que parecen conducir a la humanidad a la perdición. Pero tengamos confianza en la Verdad, que nos ha prometido: «El que persevere hasta el final se salvará» (Mt 24, 13).

Seremos salvados entonces por el auxilio divino, que nos llegará a través de la Reina del Cielo, quien, como estrella guía, curará la ceguera de nuestros corazones para que encontremos la verdad allí donde está.

1 Corrêa de Oliveira, Plinio. Revolução e Contra-Revolução. 9.ª ed. São Paulo: Associação Brasileira Arautos do Evangelho, 2024, p. 191.

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