«No se turbe vuestro corazón»

Publicado el 05/04/2026

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En la hora suprema de la despedida, el Señor nos hace una revelación profundísima y misteriosa, capaz de llenarnos de confianza.

3 de mayo – V Domingo de Pascua

San Juan es el único evangelista que se detiene en el sermón que el Señor pronunció en la última cena, inmediatamente antes de dirigirse al huerto de los olivos, lugar de su prendimiento. El Evangelio de este domingo recoge el comienzo de ese sermón, en el que el divino Maestro trata de infundir confianza y firmeza en los discípulos, que, en breve, se verían azotados por la contradicción y la negación.

En respuesta al apóstol Tomás, Jesús se revela en una síntesis que iluminará los siglos: «Yo soy el camino y la verdad y la vida» (Jn 14, 6). En efecto, las multitudes habían visto en Él a un rabí o a un gran profeta; algunos incluso lo llamaron Mesías. Sin embargo, ¡qué lejos estaban de inferir que Él era el propio Verbo encarnado!

Envuelta en misterios, la nueva revelación es profundizada por el Señor en los versículos siguientes, no obstante, sin retirar por completo el velo. Sólo después de Pentecostés los Apóstoles descubrirán toda la profundidad de aquel mensaje.

Se revela como «el camino» y luego añade: «Yo estoy en el Padre y el Padre está en mí» (Jn 14, 11). Todas las enseñanzas de Jesús apuntaban a la santidad como medio para alcanzar la comunión con el Padre en la vida eterna. Pero el Padre, espíritu puro, es invisible a los ojos humanos… ¿Cómo llegar entonces hasta Él? Precisamente por eso se encarnó el Verbo: estando el Padre en Él, Él hace visible al Padre. Así, el Camino consiste en imitar, en todo, el ejemplo dado por el Señor: se trata, en definitiva, de poner nuestros propios pies en sus huellas.

A continuación, el Redentor se revela como «la verdad» y explica: «Lo que yo os digo no lo hablo por cuenta propia. El Padre, que permanece en mí, él mismo hace las obras» (Jn 14, 10). El Hijo es la Palabra del Padre, incapaz de mentir. Por lo tanto, lo que dice es Verdad absoluta, indudable, de la cual emanan todas las acciones realmente buenas.

Por fin, Él se revela como «la vida» y concluye: «El que cree en mí, también él hará las obras que yo hago, y aún mayores, porque yo me voy al Padre» (Jn 14, 12). De hecho, ninguna obra es eficaz sin la gracia, participación en la propia vida de Dios. Y esa Vida perfectísima, infinita, eterna, el Espíritu Santo la infunde en nosotros precisamente para que realicemos sus obras. Sin embargo, esa divinización por la gracia se pierde por el pecado mortal, que literalmente excluye la Vida de nosotros.

Ahora bien, no hemos sido creados para la muerte, sino para la vida eterna, formando un edificio espiritual del cual debemos ser piedras vivas, según la expresión de San Pedro (cf. 1 Pe 2, 5). La condición para ello es no perder jamás el estado de gracia, la Vida misma en nosotros; adherirnos siempre por la fe a las palabras de la Verdad; e imitar al Redentor en el Camino que ha trazado: cargar la cruz de cada día, morir al mundo y a sí mismo, ¡alcanzar la santidad!

Ningún otro mensaje podría infundirnos mayor confianza en medio de las aflicciones que padecemos en esta tierra, siempre y cuando mantengamos la mirada fija en el «lugar» que el Señor nos prepara (cf. Jn 14, 2). Y por esta razón Él afirma: «No se turbe vuestro corazón» (Jn 14, 1). 

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