Las ceremonias de Semana Santa tocaban profundamente al Dr. Plinio. En ellas, él veía la grandeza, la seriedad y la majestad de Nuestro Señor Jesucristo, entreviendo también que aún hay una maravilla aún nueva, un pináculo por conocer dentro de toda la belleza de la Iglesia.
Plinio Corrêa de Oliveira

Me acuerdo que, cuando llegaba la Semana Santa, yo asistía al Oficio en la Catedral. Aunque antiguamente la Iglesia de Santa Ifigenia era la Catedral provisional de São Paulo1, porque la Catedral de la Sede episcopal estaba en construcción.
Junto al órgano, acompañando la sacralidad de la ceremonia
Con las excelentes relaciones que yo tenía con el clero en aquel tiempo, no asistía junto al pueblo, abajo. Aquel barrio ya era poco residencial, con muchas oficinas, casi sin movimiento parroquial. Aparecía un populacho no sé venido de dónde, que llenaba la Catedral, pero de una convivencia poco propicia al recogimiento. Llevaban niños que chupaban dulces… era gente muy respetable, muy correcta, yo no tenía nada contra ellos, pero los niñitos y su llanto no me ayudaban a prestar atención en el Oficio.
Entonces, yo subía al coro y me quedaba asistiendo a todo junto al órgano. Teniendo así una gran distancia con relación con el altar mayor y a todas las escenas del Oficio, yo iba rezando y acompañaba con un libro de liturgia. Eso duraba dos horas, a veces tres, ¡y me parecía –y me parece– de una belleza, de una imponencia, de una sacralidad extraordinarias!
El Viernes Santo, la majestad de Cristo muerto
El Viernes Santo, en la adoración de la Santa Cruz, colocaban un crucifijo común, pero de tamaño grande, tendiente a natural, sobre una especie de ataúd. Algo hacía que la cabeza del Crucificado quedase ligeramente en un plano superior al resto del cuerpo. Mientras el coro cantaba melodías en gregoriano alusivas a la Pasión, el pueblo fiel iba a besarlo.
El primero que entraba desde la puerta de la Catedral, recibido por el clero, era el arzobispo, con un gran luto. ¡Su luto era una cosa magnífica! Entraba todo vestido de morado, con medias moradas, sin zapatos y con una especie de capuz, parecido un poquito al del doge veneciano –todo él daba cierto aire de doge veneciano– con una capa inmensa cargada por acólitos.

Mons. Duarte
El arzobispo, Mons. Duarte, era un hombre muy representativo. Era enjuto, delgado, alto, muy erguido y muy serio. Entraba y el coro cantaba bajito. Él era el primero, se arrodillaba, después besaba los pies del Cristo, el sagrado costado y las manos de Nuestro Señor. Después se retiraba por la sacristía.
¡Todo aquello era de una grandeza, de una seriedad! ¡Allí se percibía de un modo magnífico la majestad de Cristo muerto! La ceremonia me tocaba profundamente en el lado intelectual, porque todo eso se explica según la razón, pero me tocaba también el lado sensible. A propósito, el aspecto sensible y el intelectual se componían muy bien. De modo que, años después, yo aún recordaba esa escena.

Órgano de la Iglesia de Santa Ifigenia
El Oficio de Tinieblas
También había otras escenas grandiosas en Semana Santa. Por ejemplo, cuando rezaban el Oficio de Tinieblas. En la Catedral había sillas del coro a ambos lados del altar mayor. Por detrás del altar extendían un paño púrpura azulado que tapaba toda la parte posterior. Los Canónigos rezaban el Oficio de Tinieblas, una parte cada día: miércoles y jueves… No me acuerdo bien si el viernes había Oficio de Tinieblas, pero, como es normal en la liturgia, unas partes son propias y otras comunes, con la diferencia de que los Salmos escogidos para este día eran más lúgubres que los de los días anteriores. Cuando terminaba, se apagaban las velas y el ceremoniero cogía la última que quedaba prendida –una vela amarilla, en señal de dolor y de luto– y la llevaba para atrás del altar, de manera que se percibía la vela, pero oculta, que simbolizaba a Nuestro Señor Jesucristo, la Luz oculta a los hombres, que permanecía en la Iglesia ya fundada, pero de un modo velado.
El último día de tinieblas era la muerte de Él. Entonces, se apagaba la vela de atrás y toda la iglesia quedaba a oscuras. Los acólitos tocaban una matraca grande de palo, con unas aldabas de metal que agitaban y hacía “plec-plec-plec”. Las campanas, silenciosas hacía tiempo; no había más velas ni flores en el altar. Ya había sido la ceremonia trágica del desnudamiento de los altares, en la cual iban sacando las velas mientras el coro recitaba los Salmos, que representaban la tristeza de Nuestro Señor, que estaba por morir. Estaba todo como si la iglesia hubiese sido saqueada y pillada.
Llevaban a Nuestro Señor al sepulcro, lo cerraban… El Santísimo tampoco era más expuesto para la adoración. Si no me engaño, corrían un paño para que no se viese la capilla del Santísimo.
El Viernes Santo era el día del horror y de la desolación. Hacía pensar que solo faltaba que apareciesen los justos de la Antigua Ley. En el caso concreto de São Paulo, solo faltaba aparecer Anchieta2 y los justos que aquí habían vivido, andando por la ciudad e increpando a la población por los pecados cometidos.
Trazos de la bondad de Nuestro Señor Jesucristo
Todo eso conjugado tiene una belleza extraordinaria, pero lúgubre, grandiosa de hacer erizar. No obstante, con trazos bondadosos muy a la vista también.

Copia del Santo Cristo de Limpias
Era una belleza el día del lavatorio de pies, el Jueves Santo. Aún no había tanta tiniebla en la iglesia y el obispo lavaba los pies de los pobres, pasándoles un paño y besándolos. Eso representaba el afecto de Nuestro Señor hacia sus Apóstoles. Era algo muy bonito.
La Misa del Jueves Santo era una celebración de alegría y de tristeza. Al final de la Misa, comenzaba el desnudamiento del altar. Todo muy bien calculado y pensado, propio a tocar las almas hasta el fondo.
Yo pensaba lo siguiente: “¡Hay algo que contemplo y adoro en eso, que me hace pertenecer a la Iglesia de un modo éperdu3! Con toda el alma yo pertenezco a la Iglesia, la amo y creo en ella. ¡La Iglesia es mi Cielo en la Tierra! Pero hay algo dentro de eso que aún no comprendí por entero… Una maravilla nueva, un pináculo cualquiera. Yo querría haber entendido eso aún mejor.”
La figura completa de Nuestro Señor Jesucristo
Había detrás de la mesa de trabajo de Mons. Duarte [Arzobispo de São Paulo], en su sala en la curia, una versión del Santo Cristo de Limpias4. Era un trabajo bien hecho, pero común, de carpintería, barnizado y encerado.
Aquella imagen me llamaba tanto la atención, que yo tenía dificultad de conversar con él y de fijar el tema. Un día le pregunté a Mons. Duarte, sin explicarle el motivo de la indagación:
—Señor Arzobispo, discúlpeme la pregunta, pero, ¿qué invocación de Nuestro Señor es esa?
—Es el Santo Cristo de Limpias. Lo que tiene de particular son los movimientos de los nudos en la madera. Observe que el pintor, solo con unos trazos al óleo, aquí, allá y más allá, figuró a Nuestro Señor.
Era una obra rara, una cosa extraordinaria. Allí, por ejemplo, o en el Santo Sudario, yo contemplaba enteramente lo que veía en aquellas ceremonias.
Y, por lo tanto, Nuestro Señor era el punto de reunión, de convergencia de aspectos varios. En la iconografía, su santidad me aparecía con ciertos datos y aspectos. En la liturgia se sumaban otros, dando una idea más completa de Él, que me hace mucho bien considerar.

El Dr. Plinio en 1986
Por fin, yo tomaría también los aspectos del orden temporal cristiano y, por lo tanto, de edificios temporales construidos bajo el aliento del espíritu de Nuestro Señor Jesucristo. Y de la unión de todo resultaría una figura completa, la cual, considerada y conocida, daría una adoración de una intensidad extraordinaria, con una capacidad inmensa de atraer o también de ser odiada…
Este es el aspecto en el cual se encuentra la unión entre las esferas espiritual y temporal: en la adoración de Nuestro Señor y en la visión de la Iglesia así.
(Extraído de una conferencia del 6/12/1986)
1) Hasta 1954.
2) San José de Anchieta, sacerdote jesuita español misionero en Brasil, fue uno de los fundadores de la ciudad de São Paulo (*1534-†1597).
3) Del francés: apasionado. 4) Santo Cristo de la Agonía de Limpias. Imagen milagrosa situada en la iglesia de los Padres Franciscanos de Limpias, provincia de Cantabria, España.







