Palacio espléndido, digno, amplio, confortable, severo y fuerte

Publicado el 08/06/2020

Meditando sobre el Palacio Municipal de Siena, el Dr. Plinio imagina un varón de Fe que ocupa un importante cargo municipal, a la noche, paseando solo en sus bellos salones, mientras toda la ciudad duerme y solo ocasionalmente el tintineo de los relojes y campanas hacen pasar las horas. Está rezando, quiere prestar servicios a la Iglesia y en cierto momento se interroga: “¿Cuántos hombres van a salir a la Cruzada?”

Con su aislamiento en esa agreste naturaleza de Subiaco1, San Benito estaría preparando gracias para innumerables personas más débiles, llamadas a cosas más pequeñas, pero así mismo atraídas hacia el Cielo.

Quizás no para tomar asiento entre los Serafines y los Querubines, sino entre los Ángeles, tan respetables y esplendidos, de menor posición en la jerarquía que compone la desigualdad celestial y armoniosa de los coros angélicos. Y que, en estas condiciones, una cohorte entera de almas menores vendría y viviría en condiciones menos heroicas, pero que deberían tener un reflejo de esos esplendores meditados por el gran San Benito en la soledad.

Sociedad temporal marcada por la sociedad espiritual

Era necesario, por tanto, que hubiera una vida religiosa en la cúspide de toda la existencia humana, y debajo de ella, la vida temporal de los hombres que se dedican a

actividades temporales. Debido a que Dios quería que fuera así, estos religiosos también tenían un pensamiento elevado, una mentalidad elevada, anhelos elevados, y engendraron una sociedad temporal completamente marcada por esa sociedad espiritual.

En el Palacio Municipal de Siena hay esplendores nacidos con San Benito y su obra, en la soledad de Subiaco. Consideremos algunos aspectos de ese hermoso edificio destinado a ser una simple municipalidad.

Creo que los dos relojes del Palacio Comunal ya no funcionan. En esta fotografía, el sol parece indicar algo en la mañana, de un día que está despuntando, y no ese tipo de calor intenso del mediodía. La plaza está prácticamente vacía, se ven algunas personas, pero están perdidos en la inmensidad del lugar. Por esta razón, uno tiene la impresión de que toda la historia logró escapar del siglo XX y regresar, después de todo reconfortado y casi sin aliento, a los siglos en los que no hubo sino hombres con fe.

 

Un poder ejercido en nombre de Dios

Tengan en cuenta la vasta extensión de la plaza y el contraste entre los dos aspectos: el palacio y el resto. El resto es decente, pero el palacio se erige como un rey dominante, listo para gobernar las otras casas. Uno diría que casi tiene una mirada, a través de ese reloj que sirve para ver las cosas. Una mirada ordenada, de alguien que sabe cuál es el lugar adecuado para cada cosa, cuál es el bien que proviene de estar en su posición, y que cobra por la mirada cada cosa que se mantenga en el lugar en que se encuentra, no tolerando que baje quien debe estar encima, ni que suba quien precisa quedarse abajo.

 

Así, uno ve el palacio espléndido, digno, espacioso, cómodo, severo y fuerte, que depende de sí mismo para gobernar, y que realiza esta función tan similar a la de Dios: gobernar a los hombres. El poder que se aloja allí representa eminentemente el poder divino para gobernar a los hombres. Es un poder ejercido en nombre de Dios, aunque es un poder temporal.

El poder espiritual tiene investidura divina. El cargo fue creado por Dios que inviste, a través de las manos de la Iglesia, al hombre que lo ejerce. Este es el caso con el papa, el obispo, el párroco también. La dignidad de un papa, un obispo o un párroco es creada por la Iglesia. Nuestro Señor Jesucristo creó el cargo de San Pedro y los Apóstoles; por lo tanto, del papa y los obispos. La Iglesia creó la de los párrocos. Es ella quien inviste. Todo se hace en el puro terreno natural.

 

Pero existe una autoridad terrenal, que preside el orden temporal, gobierna las cosas temporales y nace del orden natural de las cosas establecido por Dios. El Creador dispuso las cosas de tal manera que el hombre necesitaría tener una autoridad para gobernarlas, aunque no hubiera pecado original. Pero esta autoridad indispensable en el Paraíso terrenal es clamorosamente indispensable en esta Tierra con el pecado original. O las personas son gobernadas de acuerdo con Dios, orientadas por Él, y se salvan, o, rechazando a Dios, se van al Infierno. Lo que digo no es autogestión en absoluto. Es uno de los mejores aspectos de lo que estoy afirmando.

La naturaleza y la gracia se besan

Este poder se expresa aquí no con la levedad y el esplendor de las cosas sobrenaturales, como, por ejemplo, en la Iglesia de Orvieto, con sus mosaicos coloridos. La naturaleza es más pesada que la gracia. Nace de la tierra, santa y legítimamente, pero es de la tierra de donde proviene. La gracia baja del cielo: se encuentran y se besan, mientras la naturaleza sierva besa los pies de la gracia que es señora.

 

Pero los hombres que ejercían el poder en los tiempos en que se construyó este palacio, y la mentalidad de los que vivían en ese lugar, estaban profundamente compenetrados con la idea de que quien gobierna, incluso en el orden temporal, gobierna por orden, por designio de Dios. Él quiere que esto sea así, que alguien gobierne a los hombres, que sea obedecido, porque ese alguien gobierna en nombre de Dios.

Necesita, además de la gracia, también la fuerza. No digo que necesite más fuerza que gracia, pero sí digo algo más. La gracia necesita, en las vías de la Providencia, algo de fuerza para completar su obra. Pero la naturaleza necesita mucho más. Un gobierno no tiene el don de la persuasión para mover a las almas, como lo tiene la gracia. Y quien que no puede persuadir y necesite mandar, debe hacerse obedecer. Por eso vemos un ligero aire de fortificación, de un cuartel, de un palacio, en cuyo sótano puede caber una prisión. Esto no está disociado de la majestuosidad del edificio.

Además de gobernar a los hombres, el Estado tiene la misión de defender a la Iglesia

Pero hay una cosa interesante. Visto a este respecto, los dos torreones que están en los ángulos del cuerpo central parecen brazos y manos levantadas al cielo, pidiendo la ayuda de Dios para ejercer las cosas temporales.

 

El palacio está, como debería estar, muy conectado a las cosas temporales, porque ese es el poder del Estado. Pero lo que queda por detrás, es el presupuesto religioso de la autoridad del Estado, la misión de vigilar, proteger a la Iglesia contra las agresiones, garantizar la expansión de los misioneros por toda la Tierra, de manera que puedan predicar libremente la palabra de Dios sin que nadie use la fuerza contra ellos, el poder de cohibir las herejías declaradas como tales por la Iglesia e impedir que se expandan, solo tolerando que tengan un lugar oculto y vergonzoso en la faz de la tierra, esto indica casi la misión de Cruzado del Estado.

 

El Estado tiene, además de la finalidad de gobernar a los hombres, una misión mucho más alta, la de servir para defender a la Iglesia. Este lado muy alto del poder del Estado está muy bien representado por la torre, que sube, sube y sube, y nos dice: “mire el lado temporal de las cosas, observe toda mi figura temporal. ¡Mire qué hermosa es! Pero usted no vio nada, no conoce mi misión divina: ¡Mire!

Esta sería una pequeña meditación sobre la plaza del Palacio Municipal de Siena.

Tal meditación se opone a la actitud psicológica de innumerables turistas que la llenan durante el día. Ni siquiera tienen estas ideas, ni estos presupuestos, ni se ubican en este trasfondo histórico. En consecuencia, se encargan de chupar, porque esa es la palabra, una horchata, o tomar una cerveza, comer un sándwich o cualquier cosa en las numerosas mesas que, en los días de verano, abarrotan esta plaza.

Uno diría que este palacio, actualmente, es solo un remanente histórico que, a la manera de un animal prehistórico, los arqueólogos sacan del hielo y dicen: “Esto es un mamut”. Aquí están los osarios de la civilización cristiana …

Levantar las almas al cielo

El interior del palacio está cubierto con pinturas de gran valor. Es interesante observar cómo el espíritu católico aprovecha los ambientes. En Subiaco fueron las extensiones las que, con el cielo como cúpula, alimentaron la meditación de San Benito. Aquí el techo, que parece bajo por lo bajos que son estos arcos, invita a otra forma de meditación: es el recogimiento del espacio pequeño.

 

Las pinturas se asemejan a un gran libro que trata sobre escenas eclesiásticas, históricas, etc., en el que el hombre puede meditar sobre las cosas de Dios. Y un espíritu meditativo y reflexivo sobre las grandes responsa bilidades, los grandes servicios que puede proporcionar para la salvación de las almas y para el bien de los hombres y, sobre todo, para el servicio de la Iglesia, encuentra aquí un lugar ideal para pasear solo mientras toda la ciudad duerme, y solo ocasionalmente, un tintineo de relojes y campanas hace que pasen las horas, y está orando y pensando, orando y pensando: “¿Cuántos hombres van a salir a la Cruzada?”

 

Parece que hay un dosel para un altar dentro del palacio, y en el fondo hay una pintura sagrada con velas y figuras de ángeles u otros personajes con halos de santos. Tengo la impresión de que es una capilla donde se celebran ceremonias religiosas, especialmente la misa. No me sorprendería que, cada mañana, el trabajo del municipio sea iniciado con una misa oficiada por un capellán de la Municipalidad; y en los días festivos el arzobispo de Siena, seguido por su clero, sus canónigos, la oficie él mismo. Y más allá de las rejas estarían las autoridades y, mirando a través de las rejas, el popolino de Dios. Y que la renovación incruenta del Santo Sacrificio del Calvario iniciara todos los días, y que la bendición del Santísimo Sacramento terminara, todas las noches, el trabajo de la Municipalidad.

Compárenlo con cualquier Municipalidad de hoy, y pregunto: ¿Cuál de los dos eleva más las almas al cielo? Y al elevar almas al cielo, hay un espíritu dado por la gracia, que, hombres como San Benito, conquistaron, sufrieron y se volvieron solitarios en las grutas de Dios.

 

(Extraído de conferencia de 18/11/1988)

1) Cf. Revista Dr. Plinio no 244, p.27–35.

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