Panorama grandioso y trágico, que presagiaba la primavera del Reinado de María

Publicado el 03/22/2026

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En la Cruz, los clamores y gemidos de Nuestro Señor Jesucristo no fueron solo por el pueblo que lo abandonó. Sabía que otra Jerusalén, más perfecta que la primera, lo dejaría en la desolación. Sin embargo, debemos tener la certeza sobrenatural de que toda esta borrasca y la catástrofe actual en la Iglesia solo servirán para exaltar su gloria.

Plinio Corrêa de Oliveira

De repente surgen esplendores de las más variadas cosas. Por ejemplo, un tejido de seda bajo la acción de la luz, libera repentinamente una luz plateada. Así, una joya colocada bajo la luz da un resplandor especial. ¡Hay tantas cosas que resplandecen en la vida! El dolor también puede resplandecer.

Jerusalén prefigura a la Iglesia

Cuando escuchamos las palabras de la Sagrada Escritura sobre Jerusalén, la ciudad de una belleza perfecta, antigua alegría de toda la tierra (cf. Lam 2:15), que lloró en su soledad porque estaba abandonada, vemos en su llanto el majestuoso sollozar profético que llega hasta nosotros.

¿Cuándo imaginarían los comentaristas de las Escrituras que los acontecimientos serían tales, que algún día habría admiradores y devotos del profeta Jeremías? Que mirarían esta imagen que la Sagrada Escritura, inspirada por el Espíritu Santo, presenta como el auge de escena dolorosa, y dirían negando con la cabeza: “Descendimos a lo más profundo, nuestro dolor va más lejos. ¡Qué majestuoso y hermoso es el llanto de este profeta, y cuánto da gloria a Dios! Pero a nosotros se nos ha dado ver una realidad aún más amarga y, sin saber sollozar como él, sin embargo, tenemos un dolor que atraviesa nuestro corazón.” 

Jerusalén prefigura a la Santa Iglesia Católica; también puede considerarse una figura de las naciones que una vez constituyeron la Cristiandad, una pobre hoguera apagada de la que se podría decir que alguna brasa aún rueda aquí y allá, en medio de cenizas; pero, en realidad, es un abismo insondable.

Imaginen la sensación de una persona arrojada a un pozo, que se da cuenta aterrorizada, que está llegando al fondo y que pronto vendrá el impacto contra el suelo, de repente descubre, asombrada, que ese fondo es ficticio. Ella pasa por ahí y cae en otro pozo mucho peor y más profundo y no deja de caer.

Nosotros aún no hemos llegado al fondo de nuestra humillación ni de nuestro dolor, estamos cayendo, cayendo, cayendo… Cada vez que pensamos que hemos tocado el fondo del pozo, aún hay más. ¿Hasta dónde llega este fondo? ¿Dónde estamos? ¿Qué ha sido de la gloria de Dios? ¿Qué ha sido de la gloria de María, Reina del Universo?

¡Qué bueno sería que al menos nosotros, a quienes Nuestra Señora favorece con la gracia de entender esta situación, tuviéramos un llanto del tamaño de este dolor y una indignación proporcionada a este pecado y, por tanto, nos desinteresáramos por todo lo banal y voláramos más alto, pensando solo en la causa católica!

Una situación de tragedia, una condición para la gloria

Las velas de un barco solo permiten apreciar toda su belleza cuando sopla el viento y ellas se llenan. El pulchrum de un barco solo se ve enteramente cuando se aleja del muelle. Si navega cuando está dentro del puerto, dentro del golfo, incluso en circunstancias en las que ve tierra firme, no se manifiesta en su grandiosa soledad. Es necesario imaginar el barco en un mar donde no se puede ver nada, donde por todos lados el horizonte y el mar se cierran a su alrededor, y entonces se empieza a percibir lo pequeño que es frente al mar en que navega y lo grande que es, porque se atreve a surcar el mar. ¡Qué victoria surcar el mar!

Cuando se inventó la fotografía, se emplearon mil recursos para fotografiar barcos en todas las posiciones y acciones posibles. En la era del avión, el hombre aún no cesa, y con razón, de encantarse y sorprenderse por la navegación. Se encanta, reproduce barcos de toda clase, en todo tipo de mares. Eso va a los álbumes, a los museos, a todas partes. El hombre canta la belleza de esta situación: un barco solo en el mar y navegando.

Ojalá eso fuera todo. ¿Cuántos literatos, pintores, se han esforzado en dibujar el barco en medio de la tormenta? O bajo cielos abiertos, cuando el mar está resplandeciente, reflejando el Sol, sereno o con hermosas olas que solo lo hacen balancearse, juegan con él sin querer tragarlo cuando pasa. ¡Es muy bonito!

Cuando hay tormenta, el barco continúa; la desgracia golpea, continúa y resiste, amenaza con hundirse, es la tragedia… Hasta su naufragio es hermoso. La agonía y la muerte de un barco son hermosas, de tal manera es bella la navegación.

De hecho, toda la desgracia de la navegación nos hace ver aspectos de la realidad náutica que dan la gloria al barco incluso en los días de calma. Porque si no hubiera peligro de naufragio, nadie pensaría en lo bello del navío atravesando el mar. El atractivo de la travesía que el barco hace es que por detrás está el peligro, y que lo vence.

En realidad, el peligro es la condición de la gloria del barco. Como si le dijera, el peligro aprieta, entrega lo mejor de tu belleza en este surco de dolor.

Las cosas se presentan a nuestros ojos así. En la trágica situación en que nos encontramos, al hombre de hoy le es dado ver una desolación que el hombre no ha conocido. Ver todo hundirse es terrible.

Desde el llanto de indignación hasta las comodidades y sonrisas

Sin duda, el Diluvio fue un castigo terrible. Sin embargo, hay algo cierto: muchos miraron al Cielo y se convirtieron. ¿Quién mira al Cielo en este diluvio de nuestros días? ¿Quién se está convirtiendo? ¡No se tiene en cuenta de la cantidad de almas que se están perdiendo!

La consideración de este panorama debería llevarnos a pedir a Nuestra Señora, ante todo, la determinación de medirlo en su conjunto, sin ocultar nada de lo que es, ni de lo que está por venir.

En segundo lugar, pedir una certeza sobrenatural de que Nuestra Señora vencerá, y que toda esta avalancha y la catástrofe actual solo servirán para exaltar la gloria de Ella.

Es el panorama que esta por detrás: grandioso y trágico, por un lado; pero, por otro lado, ¡qué primaveras y qué veranos presagia! De hecho, el alma del varón que ve se indigna y tiene un llanto en la medida del panorama, nacen alegrías, complacencias y sonrisas que ya son el comienzo del Reinado de María. Al extremo de la desolación y la justicia punitiva deben seguir la reconciliación benigna, el banquete para el hijo pródigo que regresa, el arcoíris que aparece para el hombre que sale del arca. ¿Cómo será este arcoíris? ¡Qué alegría! Son las complacencias, las glorias y la seguridad férrea del Reino de María. Todo esto que prevemos nos da ánimo para enfrentar lo que vemos. Ante este panorama, el hombre no debe temer al dolor ni huir de él.

Diluvio, por Gustave Doré

Valentía para ver el dolor

Podríamos imaginar que parte de la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo tuvo lugar de la siguiente manera. Nuestro Señor se hizo ver en el horror de sus sufrimientos, que despertaban en Él un dolor que además de físico era también moral, cuya magnitud nadie puede calcular bien, porque trasciende toda comprensión. En un momento dado, Él se presenta así y la Verónica siente pena. Impulsada por la compasión como nadie, corre a encontrarse con Él, enfrenta todo y pasa el sudario por su rostro. Y recibe el regalo que conocemos.

Verónica tuvo la valentía de ver el dolor, lo miró de frente y por eso practicó ese famoso gesto. Y quizá dijo: “¡Señor mío y Dios mío!”

Otra escena tuvo lugar con San Pedro. Después de negar tres veces a su Divino Maestro, el gallo cantó y Nuestro Señor lo miró. En esa mirada, ¡qué inmensidad de dolor moral habrá Él transmitido! Cómo San Pedro habrá entendido mejor en ese momento, incluyendo los sacratísimos dolores físicos de Nuestro Señor Jesucristo. Fue como una confidencia iluminadísima que recibió de Nuestro Señor, que decía: “Ven y sígueme.”

San Pedro lloró amargamente, y se sabe el resto: toda la gloria que vino después, así como el martirio. Y en el momento de la muerte, pide ser crucificado boca abajo, porque no era digno de ser crucificado como Aquel a quien negó. Sigue siendo la última mirada que le acompaña hasta su muerte.

Verónica consuela a Jesús en el camino del Calvario – Museo de Bellas Artes de Lille, Francia

Por la mirada de Nuestro Señor durante la Pasión, San Pedro cambió, y pienso que cuando sus ojos vieron la última cosa terrenal, tenía frente a sí la mirada de Nuestro Señor.

Itinerario de San Juan Evangelista en la Pasión

¿Cómo habrá sido la contrición de San Juan Evangelista? Se la puede imaginar de mil maneras. Él huyó, como todos los apóstoles, pero en la narración evangélica aparece de repente al pie de la Cruz.

Entre la huida y ese momento, ¿Qué pasó? ¿Este hombre que huyó cuando arrestaron a Nuestro Señor acaba teniendo el valor de aparecer cuando está muriendo en esas circunstancias? Es mucho valor.

¿Cómo podemos imaginar esto? Por ejemplo, así: que estaba solo, en su habitación, pensando, gimiendo, avergonzado de sí mismo, pero aplastado por la cobardía, percibiendo en sí, mientras él mismo lloraba, la languidez del respeto humano y la pereza, y agitado entre el “sí” y el “no”. Sin atreverse a regresar a ver a Nuestro Señor y acompañarle, al menos lo quiere ver desde lejos para saber qué está ocurriendo. No osa decirlo para sí, porque sabe que huiría, pero si oyera un poco de aquella voz que tantas veces había oído, ¡aunque fuera en forma de un gemido! Ese timbre, que había escuchado tantas veces y cuya ausencia lo dejaba desolado de nostalgia. Finalmente, supera la pereza, el respeto humano y camina con la intención de ver de lejos al Maestro.

Nuestro Señor, sabía de su situación en el cuarto, sabía todo lo que le estaba ocurriendo, lo acompañó en espíritu en ese itinerario. Nuestra Señora está rezando por San Juan; Él recibe sus oraciones de Ella por él. Nuestro Señor, cuando sabe que San Juan se acerca, pone algo en la inflexión de su voz que siente que es dirigida a él.

A lo lejos, oye el grito. Imaginemos que San Juan está escondido tras una ventana o una esquina, donde cree estar seguro de que Nuestro Señor no sabe de su presencia, aunque sabe que Nuestro Señor lo conoce todo.

De repente, le llega aquella entonación, tierna, pero con una extrema tristeza: “¡Hijo mío, mira cuánto sufro!” Es una invitación a San Juan para ser serio y estar a la altura de ese dolor. Él se entrega.

Después, quizá, de un llanto amargo, finalmente ve a Nuestro Señor, que ya ascendió al Calvario, está crucificado. Sube corriendo y llega a tiempo aún para recibir la mayor dádiva de la Historia después de la Sagrada Eucaristía: Nuestra Señora, que le es dada como Madre. Es el don perfecto, no se puede imaginar uno más bonito que ese. ¡Si Dios le diera a San Juan Evangelista la ciudad de Jerusalén en su belleza perfecta, gloria y alegría del todo el mundo, no le daría nada en comparación con darle a Nuestra Señora!

Ante el drama, una invitación de Nuestro Señor

Bueno, nosotros también podríamos decir que tenemos gracias para medir el dolor, el sufrimiento insondable de la Iglesia en las actuales circunstancias.

Nuestro Señor atado a la columna de la flagelación – Gijón, España

Todo lo que está ocurriendo ahora, Nuestro Señor lo supo y sufrió por ello desde lo alto de la Cruz. Sus clamores y gemidos no solo se debían a aquel pueblo que lo había abandonado, sino porque sabía que otra Jerusalén, más perfecta que la primera y que sería mucho más exacta y literalmente la “alegría del mundo entero”, la Iglesia fundada por Él y de la que Él es la Cabeza mística, que esa Iglesia actuaría peor con Él que Jerusalén. ¿Por qué no iría a llorar?

Quién sabe, es una conjetura, si toda la historia de la Iglesia fue pasando como una narrativa viva ante su mirada exhausta, inundada de Sangre, de su sagrado Cuerpo del que la vida se iba retirando. ¿Quién sabe si en el momento en que gritó: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27:46) estaba ante Él la escena de la Iglesia en nuestros días? Es bastante posible. Es una hipótesis, pero esta hipótesis es verdadera.

Crucifixión – Capilla de la Tercera Orden de San Francisco, Cuernavaca, México

¡Es una imagen de una situación dramática, de enorme gravedad! Creo que ante ella las almas están desigualmente preparadas, si es que se puede decir que alguna esté completamente preparada.

Porque el mundo de hoy hace que el hombre huya del dolor de cualquier manera y en todo momento; lo que no quiere es ver eso; huye de eso, aunque tenga que hacer el papel miserable del avestruz: que cuando se le acercan, mete la cabeza en un montón de arena y se deja devorar. Incluso si es para desempeñar este papel, el hombre de hoy lo hace.

Nuestro Señor nos confidencia, porque nos da la oportunidad de medir juntos, de analizar juntos. Y no sé cómo expresar el afecto con que nos pregunta:

“A ti, a quien he elegido como hijo, para ser más íntimo, para oír el latido de mi corazón; escucha el pulsar de mi dolor, mídelo y asúmelo en ti. A quien tenga mi dolor, le pagaré con todas mis ternuras, con todas mis sonrisas, todas mis bendiciones y toda mi recompensa. Hijo mío, ¿quieres escuchar mi Corazón?”

Manantial de alegría cristiana a lo largo de la historia

El adjetivo cristiano se ha conjugado con tanta cosa santa, con tanta cosa justa; rara vez he oído hablar de la alegría cristiana.

Si hiciéramos la historia de la alegría –¡qué bonito sería hacerlo!–, demostraríamos, sin dificultad, que el mundo no tuvo verdadera alegría. Excluyo a la nación elegida en los tiempos de su fidelidad, y aun así era una prefigura. El mundo no ha tenido una verdadera alegría comparable a la que surgió cuando nació Nuestro Señor Jesucristo.

Y de allá para acá surge un manantial de alegría cristiana hecha de paz, unción, discernimiento de lo sobrenatural, fe, de un espíritu de sacrificio, de equilibrio. Una alegría que los siglos no han conocido.

La alegría cristiana ha ido muriendo, cediendo el paso a la mundana. Hago una comparación: cojamos la alegría de un glorioso vitral en el momento en que el sol lo incendia y la de un minueto. ¡Qué cosas tan diferentes! Cómo la alegría del minueto, que aún conserva algo de alegría cristiana, es pequeña en comparación con la de un azul, un verde, un rojo, un dorado de un vitral donde penetra el rayo del sol. ¡La alegría de la música sacra, del órgano cuando toca con todos sus registros para celebrar la Resurrección de Nuestro Señor! ¡Cuántas alegrías incomparables!

Órgano – Catedral de Béziers, Francia

¡Alegría de la partida hacia la Cruzada, de los cruzados cuando vieron y tomaron Jerusalén! Nunca se había conocido tal alegría. La alegría de los Césares, su triunfo en Roma no fue nada; una alegría pesada y plúmbea, que tendía a la embriaguez y la depravación, porque el alma no podía encontrar paz allí y necesitaba deleitar al cuerpo con alegrías materiales, porque dentro del alma no había alegría. Esa es la verdad.

¡La alegría del Reino de María será mucho mayor!

No sé cómo elogiar lo suficiente la idea de alguien que dio a un vino el nombre de Lacrima Christi, para decir que tiene un sabor indescriptible.

Debemos saber extraer de estos dolores el sabor de las lágrimas de Cristo, el sabor más dulce de las lágrimas de María.

(Extraído de conferencia del 20/3/1982)

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