Cuando en esta Tierra la vida esté dura, el peso de la fidelidad, de la lucha contra las tentaciones, de los problemas, de las pruebas axiológicas parezcan desmentir la promesa, recordémonos de que la Santísima Virgen todo lo computa y, en la Jerusalén Celeste, Dios premiará todos los actos de sus elegidos.
Plinio Corrêa de Oliveira
Esta exposición se vincula a la idea central de considerar cuánto es grande todo en presencia de Dios. Él es infinitamente grande y cualquier acto, por menor que sea, practicado en presencia o en función de Él tiene enorme importancia. También el menor pecado y el menor acto de virtud – ¡para consolación nuestra! – tienen una importancia enorme.

Los grandes o los pequeños actos de virtud serán premiados
¿Qué es un acto de virtud pequeño? No me refiero a un acto de pequeña virtud, lo que también tendría valor, porque Dios cuenta todo. Como en el Infierno Él castiga la menor culpa, en el Cielo premia todo, cuidadosa y generosamente, hasta los actos en que el nivel de virtud fue menor. Cuando llegue la hora de premiar, Él premiará de modo superlativo la menor de las cosas que hayamos hecho, aún más cuando esta haya sido bajo los auspicios y el aliento de Nuestra Señora. Inclusive premiará las cosas pequeñas de las cuales nosotros no teníamos consciencia y, a veces hasta, con predilección, las cosas que hicimos sin medir lo que estábamos haciendo. Imaginemos una persona enferma. Si un enfermero es muy dedicado y hace cada cosa con cuidado, pensando: “¡Cuán grato me es ser dedicado para con este enfermo!” Pero, si el empeño de otro enfermero en tratar fuera mayor, al punto de no darse cuenta que está siendo tan dedicado, sino apenas preocupándose con el bien del enfermo… a veces pasa una noche en vela, hace esto o aquello sin darse cuenta de lo que está haciendo…, ¿a cuál de los dos el enfermo va a pagar más? Es claro que al segundo, porque ese ni tiene noción de estar ganando un mérito, él quiere el bien del enfermo. Con tal de que el enfermo sane, el resto para él es secundario.
Celestialmente premiados
Los actos de virtud, de abnegación o de sacrificio que nosotros hacemos, respecto a los cuales ni siquiera cogitamos, ni pensamos, son, a ese título, muchas veces los más amados por Nuestra Señora.

La enferma – Museo Nacional de Arte de Cataluña, Barcelona
Podrá haber alguien que, durante esta conferencia, esté un poco indispuesto, con ganas de irse; otro no consigue ver bien al expositor porque tiene personas delante de él; a otro le asalta el sueño, muchas veces involuntario, orgánico. Ninguno de ellos piensa en el premio que va a tener en el Cielo, pero piensa en permanecer hasta el fin. Nadie sabe y ni piensa en el mérito. Pero esto, que es tan poco –a veces puede ser mucho– todo esto está escrito en el Libro de la Vida. Y cuando venga el día del premio, todo será contado, punto por punto, meticulosamente. Nosotros nos espantaremos ante las cosas que hicimos sin tener una noción concreta de su valor, de que era un acto de virtud, sino que apenas lo realizamos llevados por la noción difusa de que aquello era bueno y conforme a Nuestra Señora y, por lo tanto, resultó en la glorificación de Ella y en el aplastamiento de la Revolución. Por esa simple idea difusa, nosotros ya seremos enormemente premiados. A veces es una cosita cualquiera que pasa. Cuando llegue la hora, en el Cielo, !vamos a recibir eso magníficamente multiplicado! Ni calculamos, pero vamos a recibir cada uno de esos premios –si yo pudiese expresarme de esa manera– a la manera del Cielo. Será un grado más en la visión beatífica y en la felicidad, viendo a Dios cara a cara. Pero, al mismo tiempo, será eterno. Un sacrificio pequeño de un momento, un gesto de un instante, nuestros ángeles lo registran, Nuestra Señora lo ofrece a Nuestro Señor Jesucristo y nos valdrán un gozo por la eternidad de las eternidades, ¡eternísimas! Si pudiésemos oír el eco en el cual se simbolizaría este pequeño grado más de felicidad, quedaríamos inundados de gozo. De tal forma en el Cielo, meticulosamente, todo es pesado en la balanza de la infinita seriedad de Dios. De otro lado, la misericordia de Él se derrama insondablemente sobre los hombres, de manera a cubrirlos y darles mucho más de lo que habían merecido. Ese “mucho más”, Nuestro Señor lo dijo en aquella frase que me gusta repetir porque la encuentro incomparable: “Seré Yo mismo vuestra recompensa demasiado grande” (cf. Gn 15, 1). Esa recompensa no es solo para las cosas enormes, es también para las pequeñas. Las pequeñas cosas quedarán llenas, túmidas de recompensa, cuando llegue la hora de recibir la corona preparada para cada uno de nosotros desde toda la eternidad.
Los últimos momentos del mundo
En el Cielo hay brisas, hay misericordias, hay deleites. ¡La alegría del alma que entra en el Cielo es algo inenarrable! Como, a mi ver, ciertos hechos culminantes solo se pueden conocer, por así decir, filmando en cámara lenta, yo trataré de los últimos acontecimientos de la humanidad en un orden histórico, basándome en comentarios de autores como Santo Tomás de Aquino y Cornelio a Lápide. Por ocasión del fin del mundo quedarán los últimos hombres fieles que no morirán e irán a incorporarse directamente a la corte celeste. Cuando comiencen los castigos y el exterminio del mundo, esos hombres estarán en el auge de la aflicción. Un auge tal que, al parecer –quitando los dolores de Nuestra Señora, no comparables con nada y, bien entendido, los de Nuestro Señor Jesucristo–, exceptuando esos dolores, nadie sufrió tanto, ni sufrirá hasta el fin del mundo, como esos justos que hasta allá vivirán. Después de la resurrección de los muertos, la Jerusalén Celeste se presentará al conocimiento de los hombres que estuvieren en la Tierra, ya entonces de los fieles sobrevivientes y de los resucitados.
La Jerusalén Celeste
¿Qué es la Jerusalén Celeste? Nosotros podemos dar un ejemplo: la ciudad de São Paulo mide tantos kilómetros cuadrados. ¿Qué quiere decir esto? Se entiende aquí como el conjunto de casas y de lugares públicos, de plazas, de calles, que integran la ciudad. Pero yo puedo también decir: “¡São Paulo entera exultó!” O: “São Paulo entera se entristeció con tal o tal otro hecho.” Las casas no exultan ni pueden entristecerse. La ciudad de São Paulo, en ese caso, representa la población. Y esto vale para cualquier ciudad del mundo. Jerusalén era la capital del pueblo elegido, la ciudad del amor de Dios, de la elección predilecta hecha por Dios. Allí había sido construido el Templo. Era la ciudad donde David reinó, donde irradió su virtud; donde, hélas, ¡pecó! Allí recitó los salmos penitenciales, lloró y sufrió, pidió y obtuvo el perdón. En Jerusalén, Salomón, la espléndida prefigura de Nuestro Señor Jesucristo, reinó y esparció su gloria sobre toda aquella parte de la cuenca del Mediterráneo y de Asia. Después, Salomón pecó y el pueblo comenzó a decaer, pero Verbum caro factum est, et habitavit in nobis! En Jerusalén, Nuestro Señor, niño, fue encontrado en el Templo. En Jerusalén, en Jerusalén, en Jerusalén… En Jerusalén Él fue traicionado. En Jerusalén durmieron los Apóstoles. En Jerusalén Él sudó sangre. En Jerusalén Él dijo: “Ego sum!” En Jerusalén Él sufrió. En Jerusalén Él gimió. En Jerusalén Él Se encontró con Nuestra Señora durante la Vía Sacra. En Jerusalén Él dio el grito trágico y lancinante: “¡Dios mío, Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?” En Jerusalén Él dijo: “Consummatum est”. En Jerusalén la Virgen sufrió la puñalada terrible del “Consummatum est”. En Jerusalén Él resurgió de los muertos con toda su gloria.

Juicio Final – Antigua Pinacoteca, Múnich
Cerca de Jerusalén Él subió a los Cielos. ¡Cuántas glorias en Jerusalén! Es claro que la Escritura habla de la Jerusalén terrestre. Y cuando quiere hablar del Cielo, Dios con sus ángeles y sus santos –aunque no esté mencionado el nombre por excelencia mencionable de Nuestra Señora, a la cabeza de los ángeles y de los santos, ligada a Nuestro Señor Jesucristo, la cabeza del Cuerpo Místico y Dios Verdadero, y la obra maestra de la Creación– cuando se habla de la Jerusalén Celeste, se habla de los habitantes del Cielo, antes de todo, que es toda la corte celeste. La Jerusalén Celeste es una sociedad de personas, pero es también un lugar físico donde se encontrarán los cuerpos resucitados de aquellos que fueron llevados al Cielo.
Una luz que transforma
Entonces, la Jerusalén Celeste se abre para los ojos de aquellos que están resucitados y baja para asumirlos. Pero, ese “bajar” no significa que el Cielo Empíreo va a descender, ni que las personas que están en el Cielo van a salir de él; es otra cosa: la luz de esa Jerusalén comenzará a incidir sobre los hombres. Será una luz comparable a la luz del Sol que cuando desciende a la Tierra la torna resplandeciente y le da una belleza que, de sí, sin él, sus cosas no tienen. Así también, cuando la luz de la Jerusalén Celeste, o sea, de las almas santas, de aquellas que están en la visión beatífica, cuando la luz física, del lugar físico llamado Cielo Empíreo baje sobre la Tierra, esta estará toda iluminada de un modo magnífico, ¡como nosotros no calculamos!

La Virgen Blanca (colección particular)
Y yo me acuerdo aquí de una frase de Rostand,1 en el Chantecler, cuando el gallo saluda al Sol: “¡Oh Sol, sin el cual las cosas no serían sino lo que ellas son!” Es verdad. A veces el Sol bate sobre una pared leprosa, toda agrietada –esto yo lo vi–, un muro de tapia viejo. Cuando no se posee bien el espíritu de la tradición, se tiene la impresión de que sería mejor derribarlo; sin embargo, se mira para él y se ve el sol batir allí; ¡parece que aquello se ennoblece! La cosa vieja se puebla de la belleza de la luz y de la belleza de las sombras.
Es algo que yo tuve ocasión de constatar. Las deformaciones de un muro, un poco abombado, de la tapia que ni siempre es enteramente regular, las pequeñas salientes que se abren entre milímetro y milímetro, conforme el punto de incidencia de la luz, hacen sombritas o hacen puntos, minúsculos montecitos, donde por coincidencia brilla un poco de mica, de malaquita, cualquier cosa, y es una especie de montañita luminosa, minúscula, que se puede apreciar allí. El sol bate y aquello se transforma.
La Tierra será purificada por la luz de la Jerusalén Celeste
Imaginen lo que será la Tierra cuando el Cielo Empíreo con la corte celeste se abran y todas esas luces se derramen sobre los resucitados, y ellos comiencen así a recibir los primeros halagos de Dios! ¡Es la prelibación de la eternidad sin fin! Ellos ya saben que están salvos. Ellos vieron a Dios cara a cara y no perdieron esa visión por ningún instante. Ahora ellos ven la Tierra purificada, transformada, embellecida por mil formas de hermosura con que ellos ni soñaban! Y se sienten completamente transformados. Para dar un ejemplo, yo, que soy poco matutino y poco forestal, me acuerdo de una madrugada a la que asistí, en uno de los lugares más bonitos del mundo, el Flamengo, en Río de Janeiro, desde lo alto del Hotel Regina, donde estaba hospedado. Quedé decepcionado, porque fue un amanecer plúmbeo, pero observé una cosa interesante: durante la madrugada, no sé cómo, y sin los carros de la limpieza pública, la ciudad y el panorama todo fueron purificándose. La ciudad duerme sucia, y las paredes, los árboles, las aves, las cosas parecen que son limpiadas durante la noche, por un misterioso rocío; de mañana, cuando la ciudad despierta, se tiene la impresión de que ella tiene vigor. Eso es una pequeña imagen de lo que será el despertar del mundo purificado por la llama de la cólera de Dios, que exterminó todo cuanto debería exterminar y presentará el mundo con su aspecto definitivo y eterno. No sé si llamo a eso poema. Pero ¡el poema del cariño de Dios comienza!
Dios y Nuestra Señora enjugarán nuestras lágrimas
Dios no solo va a inundar a los hombres de felicidad, sino que va a consolarlos por las infelicidades que tuvieron durante la vida y que fueron según Él. Así como una madre que ve al niño llorar le enjuga las lágrimas y puede besarlo donde siente dolor, o próximo a los ojos, así también Dios hará con cada sufrimiento que cada hombre haya tenido por causa de Él. Cuando en esta Tierra la vida esté dura, el peso de la fidelidad, de la lucha contra las tentaciones, de los problemas, de las pruebas axiológicas –oh, ¡prueba axiológica!– cuando todo eso pese sobre nosotros, pensemos: “Un día las manos albísimas de María Santísima se posarán sobre aquello de mi cuerpo que sufrió el reflejo de ese tormento de alma; pero mucho más que eso, yo tendré de Nuestra Señora una sonrisa, tendré un halago: ‘Hijo mío, te consuelo por esto’. ¡Y eso durará eternamente!”
¡Una mirada de Él es un Cielo!
¡Cuánto cualquiera de nosotros daría para recibir una mirada de Nuestro Señor Jesucristo! La mirada que Él dio a San Pedro era una mirada de tristeza y de reprobación, pero ¡cómo nos gustaría recibir esa mirada! ¡Cuánto y cuánto! Yo creo que las dos más bellas miradas de Él hayan sido para Nuestra Señora, luego que Él nació y la última mirada antes de morir. ¿Cómo habrán sido? ¿Qué se puede imaginar de la mirada de Nuestro Señor Jesucristo? ¡No hay palabras que puedan describir! ¡Una mirada de Él es un Cielo! Consideren un poco el Santo Sudario de Turín, donde los párpados están bajos, pero en los cuales se ve la mirada. Imaginen aquella mirada posándose sobre nosotros y nosotros acordándonos de esta o de aquella ocasión en que sufrimos por Él, y Él nos dice: “Hijo mío, en aquella hora sufriste por Mí. Ahora te miro, te acaricio, te beso. ¡Yo te amo en aquel estado de tu alma! ¡Yo te amo así!”

Dr. Plinio durante conferencia en 1981
Ahí se comprende la locura que es dejar de hacer el menor acto de virtud. O de dejar de hacer tan perfectamente cuanto se pueda hacer. Porque no hay, en esta Tierra, nada que nos pueda dar la idea de lo que será esa mirada! ¿Lo que pueda ser la expresión y el valor de una mirada de Él? ¡Nosotros no tenemos idea!
Como la esposa adornada para el esposo
En ese primer momento, Dios consolará especialmente a los hombres que vivirán en el fin del mundo, pues ellos tendrán que sufrir tanto y tanto, que nadie alcanza a imaginar. Esos serán inundados de gozo y de consolación por causa de aquellos sufrimientos especiales de fin de mundo, que serán parecidos, nunca iguales, con los sufrimientos de la propia Crucifixión. Y serán glorificados con una glorificación llena de alegría y de brillo como Nuestro Señor en su Resurrección gloriosa, con el Cuerpo sagrado todo refulgiendo y brillando en todas sus cicatrices. Para dar enteramente una idea de esta belleza de la Jerusalén Celeste que desciende, San Juan, en el Apocalipsis, usa una comparación linda. Estará toda la Jerusalén Celeste lista para los hombres, engalanada por Dios como se engalana una esposa cuando va al encuentro del esposo: “Yo vi descender del cielo, de junto a Dios, la Ciudad Santa, la nueva Jerusalén, como una esposa adornada para el esposo” (cf. Ap 21, 2). Una novia va al altar con todas las joyas de la familia, con los más bellos trajes, con toda la pompa esponsalicia; así también vendrá al encuentro de los hombres la Jerusalén Celeste en su todo y, más especialmente, ¡el Cielo Empíreo! v
(Extraído de conferencia del 2/1/1981)
1) Edmond Eugène Alexis Rostand (*1868 – †1918). Poeta y dramaturgo francés.







