
Un solo pecado venial puede acarrear para nuestras almas atroces tormentos en las llamas del Purgatorio; ese, siendo un lugar terrible, es también una de las obras maestras de la misericordia de Dios. El día 2 de noviembre se celebra la conmemoración de los fieles difuntos. A este propósito me parece interesante considerar la gravedad de las penas del Purgatorio y la situación de un alma que se encuentra allí.
Promesa y certeza de regocijo sin fin
El Purgatorio es una de las obras maestras de Dios, uno de los aspectos más maravillosos de la doctrina católica, con el cual la Iglesia nos muestra el equilibrio de la sabiduría divina reluciendo de un modo muy especial, pues en él Dios manifiesta la conjunción entre su justicia y su misericordia, así como el papel de Nuestra Señora, de un modo verdaderamente magnífico, haciéndonos ver una dupla posición de Dios, que desconcierta al común de las personas. Por un lado, vemos cómo Él ama a las almas que están allí. Las personas que murieron en gracia de Dios tienen la suprema alegría y consolación de poseer la promesa —y sin la menor sombra de duda— de que llegarán al Cielo. Esa garantía y esa certeza, sobre todo para almas que ya no están ligadas a cuerpos mortales y no ven las cosas con la debilidad con que las ve el hombre en esta vida, almas que saben mucho mejor que nosotros lo que es la eternidad, para ellas es un regocijo sin fin, porque saben que gozarán del amor de Dios, de la visión beatífica. Comprenden que mil años pasados en su presencia son como un día. Conocen también que todo cuanto sufren en el Purgatorio es poca cosa en comparación con el océano de deleites, de alegría y de felicidad que las espera en el Cielo.
Comprendemos de esa forma cómo Dios ama al alma que va al Purgatorio, hasta el punto de decirle: “¡Tú eres mi hija dilecta! Durante toda la eternidad me contemplarás, y Yo, desde dentro de mi felicidad sustancial y perfecta, tendré la alegría de contemplarte.”
Un lugar de terribles padecimientos
Consideremos, por otro lado, la inmensidad de los tormentos del Purgatorio, donde hay un fuego análogo al del Infierno. San Alfonso de Ligorio decía que las llamas de esta Tierra son, en comparación con las del Infierno, como una llama pintada lo es respecto a una real. Por lo tanto, el fuego del Infierno quema y hace sufrir más que el fuego de este mundo; es como los sufrimientos de una persona arrojada a un brasero en comparación con los de alguien que únicamente pasa la mano sobre un cuadro que representa una hoguera.
Las almas van al Purgatorio y allí permanecen, a veces mil años o más, algunas hasta el fin del mundo, penando, haciendo penitencia con resignación, pero con un sufrimiento indescriptible. Pudo haber almas condenadas al Purgatorio antes de que Nuestro Señor naciera, y que solo serán liberadas en el último día…
Pues bien, ese tormento atroz, que nos partiría el alma si pudiéramos contemplarlo, está destinado a aquellos a quienes Dios ama.
Comprendemos así la gravedad del pecado venial, del cual Dios tiene tal horror, que la persona muere y va a penar al Purgatorio por causa de él. A veces se trata de pecados mortales ya perdonados, pero por los cuales la persona necesita sufrir un castigo.
María de Ágreda tuvo un día una visión en la que una reina de España entraba en su cuarto, toda vestida con ropas de corte, pero en llamas. Entonces la religiosa le preguntó:
—¿Por qué estáis así, en esta situación?
A lo que la reina respondió:
—Me encuentro en este estado porque, cuando vivía en la Tierra, ni combatí ni favorecí el uso de trajes mundanos en la corte. Si lo hubiera favorecido, por una serie de circunstancias habría perdido mi alma y estaría en el Infierno. Sin embargo, como tampoco lo combatí, me encuentro en el Purgatorio, y mi tormento es estar envuelta en fuego con el traje mundano que usaba en la Tierra. Está claro que se trata de un símbolo, pues un alma no puede vestirse con un traje material. Era un tormento infligido al alma, a la manera de lo que sería para el cuerpo llevar un traje de fuego.
Va al Purgatorio quien pecó y tiene algo que ser purificado. Como debemos tener horror al pecado, nos corresponde desear ir al Cielo sin necesidad de pasar por ese lugar de padecimientos.

Invitación a la integridad y a la execración del pecado
Santa Teresita del Niño Jesús decía que, si para salvar las almas ella debiera ir al Purgatorio y quedarse allí durante un tiempo indefinido — siempre que no fuera a consecuencia de un pecado y pudiera seguir amando a Dios—, lo aceptaría. ¡Da escalofríos! Eso lo aceptaría por cada uno de nosotros, tal es el valor de un alma. Santa Teresita haría eso por nuestras almas. ¿Qué hacemos nosotros por nuestra propia alma? Cosas fáciles, imprudencias, negligencias de toda clase… Eso es lo que hacemos.
Por ejemplo, para cualquier persona la vanidad es un pecado venial. Por lo tanto, la coquetería también lo es; luego, mirarse al espejo más de lo necesario es un pecado venial. Y lo necesario, en este caso, es solamente lo indispensable para que la persona vea si está bien arreglada, nada más. Mirar más que eso es presunción.
Imaginen que alguien dijera: “Mirarse al espejo da cáncer en el rostro. Las personas que se miran al espejo, aunque sea de forma muy furtiva, cuando tengan entre 70 y 80 años tendrán cáncer en el rostro.” ¡Con qué miradas rápidas nos veríamos entonces en el espejo! Habría gente capaz de huir de los espejos, de romper todos los que tuviera en casa y de decir: “¡Piensen de mí lo que quieran; cáncer en el rostro no quiero!” Pues bien, lo que la persona va a sufrir en el Purgatorio por haberse mirado al espejo más de lo razonable es peor que el cáncer en el rostro.
Esto vale también para la mentira. Si mentir provocara cáncer en la lengua, ¡cuánta gente pasaría a ser veraz! Sin embargo, lo que la mentira les va a proporcionar en el Purgatorio es mucho peor.
Pidamos a Nuestra Señora que nos transforme y nos dé la gracia de comprender bien qué es el Purgatorio y todos los riesgos que corren nuestras almas de ir a parar allí; de execrar el pecado venial que Dios tanto detesta; de no tener almas equívocas que viven en un terreno pantanoso entre el estado de gracia y el pecado, sino almas limpias e íntegras, que no hacen concesión alguna a ningún pecado y que, por esta causa, agradan enteramente a Dios.
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(Extraído de conferencia del 2/11/1970)







