Plinio Corrêa de Oliveira

María Madre de la Divina Providencia – Iglesia de Santa María de Caravaggio, Nápoles
El más tierno, puro, soberano, excelso, sacral y sacrificado de los amores que haya existido en la Tierra, el amor del Hijo de Dios por los hombres fue comparado por Él al instinto animal. Poco antes de padecer y morir, Jesús lloró sobre Jerusalén, diciendo: “¡Jerusalén, Jerusalén, cuántas veces quise recoger a tus hijos, como la gallina recoge a sus pollitos bajo las alas, y tú no lo has querido!”
Para expresar el extremo de su amor el Hombre-Dios quiso compararlo con el amor materno, pero en ese grado, de esa forma: un ave con relación a sus pollitos. Él recurrió a esa figura para expresar de modo tocante y hacernos entender lo que hay de inagotable en el amor materno.
Nuestro Señor quiso, además, que sintiésemos y conociésemos en su Madre quintaesencias de misericordias que le dio a Ella y que, simplemente en la consideración de Él, no llegaríamos a notar.
(Extraído de artículo en la Folha de S. Paulo del 18/12/1968 y conferencia del 24/10/1981)







