¡Renovad la faz de la Tierra!

Publicado el 05/05/2026

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Plinio Corrêa de Oliveira

Anunciación – Galería Nacional de Umbría, Italia

Oh Madre, a quien tantas veces veneramos bajo la invocación, cuán apropiada, de Nuestra Señora del Santísimo Sacramento. Vuestro Hijo adorable vino a nosotros, Señora, y tuvimos la gracia de recibirlo, porque rezasteis por nosotros; vuestra oración inmaculada, rica en méritos perfectos e inefables, medió entre nuestra oración de pecadores y el Divino Destinatario al cual estas querían subir. Vos las tomasteis, las purificasteis, las hicisteis vuestras y, pasando por vuestro Corazón y vuestros labios, pudieron ser aceptadas por vuestro Divino Hijo. Cuando lo recibimos, fue con confianza, porque sabíamos que Vos estabais rezando por nosotros junto a Él y encubriendo nuestros defectos con vuestras cualidades.

Oh Madre Santísima, en este momento os suplicamos: dadnos un deseo profético, abrasado, llenadnos de ese deseo que es una chispa del vuestro. Y, en unión con él, haced que el nuestro vuele hasta el trono de Nuestro Señor, cerca del cual estáis.

Madre mía, pedidle que, teniendo en vista el océano de crímenes y pecados que la Revolución va acumulando a todo momento, Él no demore más, que venga ya, que aplaste, que disperse, que haga desaparecer de la faz de la Tierra incluso la memoria de los hombres malditos que lo persiguen y lo ultrajan, de dentro o de fuera de la Santa Iglesia.

Haced, oh Madre mía, que la Santa Iglesia resplandezca de nuevo. Que la Cátedra de la Verdad fulgure con el brillo de los grandes días, pero, sobre todo, de los grandes días que vendrán, en que, según esperaba y pedía el varón de vuestra diestra, San Luis María Grignion de Montfort, vuestra gloria aparecerá más esplendorosa que en los más bellos momentos de la historia de la Iglesia.

Haced, oh Madre mía, que la sociedad temporal, menor en dignidad que la sociedad espiritual, pero criatura vuestra, resplandezca también con la grandeza, la pureza y la fuerza de vuestro Reino.

Vuestro Divino Hijo nunca es tan plena y efectivamente Rey como cuando sois Reina. Y es para que el Reino de Él sea pleno y efectivo que pedimos que tal sea vuestro Reino, oh Vos que sois el ápice, la médula y la gloria del Reino de Él, la criatura perfecta en la cual, como en ninguna otra, su Reino se realizó, se realiza y se realizará. ¡Vos sois, oh Madre mía, el Reino de Cristo!

Haced que todo sea remodelado según Vos, para que el Creador, mirando la sociedad espiritual y la temporal llevadas al ápice de virtud, de unión con Vos, resplandeciendo de semejanza con Vos, le sean agradables. Y que, considerándolas, Dios tome su reposo como al comenzar su obra, cuando contempló el universo y vio que cada cosa era buena, pero que el conjunto de todas era mejor aún.

Que todos los Ángeles y Santos del Cielo y, sobre todo, oh Madre, todas las fibras de vuestro Corazón Sapiencial e inmaculado imploren al Divino Espíritu Santo que, por medio de Vos, derrame sobre los hombres vuestro espíritu; y lo que debe ser destruido sea destruido, como lo que debe ser renovado sea renovado. Por vuestra oración, oh Madre mía, habréis conseguido así que se renueve la faz de la Tierra.

Obtened que venga el Divino Espíritu Santo y renovaréis la faz de la Tierra. Renovadla pronto, enteramente, para el auge de vuestra gloria, oh Madre mía, es lo que os pido.

No miréis nuestros pecados, mirad ese deseo que Vos misma obtuvisteis para nosotros. Un deseo unísono con vuestro Corazón Sapiencial e Inmaculado; ese deseo obtendrá la gran gracia. ¡Venid oh María!

(Compuesta el 9/9/1977) 

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