Plinio Corrêa de Oliveira
El primer grito de revolución de la historia fue dado por Lucifer y repercute hasta hoy: “Non serviam!” “¡No serviré!” Era la primera Revolución, modelo y causa profunda de las demás. Inmediatamente nació, gloriosa y luminosa, la Contra-Revolución: San Miguel Arcángel que, aunque siendo un ángel de menor jerarquía que Lucifer, obedeció a Dios y levantó el estandarte de la disciplina, de la jerarquía, de la obediencia, contra el lábaro maldito de la desobediencia, de la insolencia, de la insurrección, de la negación de Dios. Dos ejércitos se formaron en los espacios celestes y, según la expresión de la Sagrada Escritura, prælium magnum factum est in cælo (Ap 12, 7), una gran guerra se trabó en el cielo.
La historia de la Revolución y de la Contra-Revolución se iniciaba así, antes de la creación de los hombres. Los ángeles rebeldes fueron derrotados y lanzados al infierno, en la infelicidad y en la desgracia eternas.
A lo largo de los tiempos, Dios desarrolla su plan: crea los hombres, la Encarnación del Verbo se da en las entrañas purísimas de la Virgen María, se funda la Santa Iglesia Católica. Pero, habiéndose cometido el pecado original, el Verbo que se hace carne y habitó entre nosotros tuvo que sufrir la Pasión y morir en la Cruz para redimirnos. Y todos caminamos, en medio de los peligros e inseguridades de esta vida, rumbo a un futuro espléndido y luminoso, el Cielo, si logramos ser devotos y fieles.
Así, el desenlace histórico de todos los acontecimientos que hubo desde la creación de los ángeles culmina en un punto fijo: habrá un momento en que Dios decretará el fin del mundo. El anticristo viene y Nuestro Señor Jesucristo, con un soplo de su boca, lo elimina. Todos los hombres muertos resucitan y se realiza el Juicio de Dios ¡la más ejemplar y magnífica lección de historia que se pueda imaginar!
La Historia es, pues, el desarrollo del plan divino en relación a la salvación de la humanidad, y se acaba una vez Dios pronuncie la sentencia y de orden a los demonios para empujar para dentro del infierno a todos los que se revelaron rehusando la salvación, y con ellos todas las escorias, las materias fétidas, la podredumbre, que no deben existir en la Tierra; mientras que los que se salven cantan loores a Dios que domina sobre el universo.
Por toda la eternidad habrá algo a la manera de una polémica: de un lado, los gritos de blasfemia de los ángeles y los hombres condenados; de otro, los cánticos de los bienaventurados que, en la medida en que quieran, pueden retrucar victoriosamente, enalteciendo las bellezas del orden, de la jerarquía, de la desigualdad.
Entonces, será como si toda la historia se repitiera y todos los hombres asistieran al desarrollo histórico de la salvación o la pérdida de cada alma: cómo fue, cómo luchó, cómo cayó o no cayó, cómo se levantó, cómo murió y, si se salvó, cómo floreció en el cielo, cual estrella de primera grandeza.
Todo se desarrolla a semejanza de un cordón histórico magnífico a la vista de la humanidad entera que presencia el espectáculo, comprendiendo el plan de Dios en su conjunto al establecer la salvación en favor de aquellos que tuvieron amor al orden y a la jerarquía; es decir, la Contra-Revolución, mientras que la ruina y el castigo tremendo quedarán reservados a los que se insubordinaron y establecieron la Revolución.
Este panorama general explica toda nuestra labor. Todo cuanto hacemos no es sino trabajar por la salvación de las almas, por la Santa Iglesia Católica, por la Jerarquía, por el orden que, de modo adecuado, refleja las perfecciones de Dios. Y todo cuanto es lo contrario de esto, no es más que la Revolución maldita e igualitaria.*
Este es el sentido más profundo de la obra cuyo aniversario de publicación conmemoramos en la presente edición de “Revolución y Contra-Revolución”.
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* Cf. Conferencia del 11/8/1995







