
Dos veces lloró Jesús, narran los evangelios. Una por Lázaro: era la pérdida de un ser querido; otra sobre la Ciudad Santa: perdía a su propio pueblo. La nación por la cual había venido al mundo lo rechazaba: «Jerusalén, Jerusalén…» (Lc 13, 34).
Las lágrimas que corrieron por su sagrado rostro, sin embargo, no fueron infructuosas. Aun antes de que llegue el día en que todo Israel se convierta y sea salvo (cf. Rom 11, 25-26), esa manifestación del amor divino ya comenzó a obrar la conversión de corazones elegidos. Así ocurrió con Alfonso y Teodoro Ratisbona, Hermann Cohen y muchos otros, uno de ellos incluso muy cerca de nosotros…
Anhelo por Yahvé
Hijo de judíos alemanes refugiados, Roy Schoeman nació y creció en los suburbios de Nueva York a principios de la década de 1950, en el seno de una familia observante, que pronto se convirtió en uno de los pilares del conservadurismo judío local.
Desde temprana edad, no le faltó la conciencia y el orgullo de su raza y religión. Además de la instrucción básica ordinaria, Roy frecuentaba dos veces por semana el programa educativo de la sinagoga, donde fue introducido en las tradiciones paternas.

Su carácter naturalmente devoto ansiaba a Dios. Quería complacerlo. Sobre todo, sentía la altivez de pertenecer al pueblo elegido, que conocía el nombre de Yahvé. En palabras suyas, «fue en la escuela hebrea y en las actividades que giraban en torno a la sinagoga donde más me sentí en mi propia piel».1
La mano divina, no obstante, invitaba interiormente a esa alma predilecta a dar un paso adelante.
Inquietudes religiosas
A pesar de un ambiente poco afecto a Cristo, éste lo atraía desde su infancia: «Sentí la cordialidad, el amor, la alegría de la Navidad, y la presencia real del Niño Jesús en el centro de todo»
Una experiencia singular vivida en su tierna infancia muestra ese llamamiento. A pesar de un ambiente poco afecto a Cristo, la primera frase completa que dijo el pequeño Schoeman fue: «¡Quiero un árbol de Navidad!». La palabra inglesa para esta fiesta —Christmas— contiene el nombre del Redentor. De hecho, su inocente deseo, aparentemente insignificante, se basaba en una profunda atracción por el Divino Infante: «Sentí la cordialidad, el amor, la alegría de la Navidad, y la presencia real del Niño Jesús en el centro de todo».2
Los encantos de la infancia, sin embargo, se fueron desvaneciendo. Y no transcurrió mucho tiempo para que aquel sentimiento sobrenatural que lo había consolado se transmutara en hostilidad. Schoeman lo cuenta así: «Era una especie de reacción a “uvas agrias” al ser rechazado, excluido, por aquello —en realidad, por aquel— que más anhelaba»;3 y «cuanto más profunda era esta contradicción […], más amargo era el antagonismo que sentía hacia todo lo cristiano».4
En busca de un sentido a su vida
Tras caer en el agnosticismo hedonista, Roy ansiaba un mayor sentido a su existencia… Hasta que recibió la gracia más grande de su vida
Cuando ingresó en el Instituto Tecnológico de Massachusetts, su mala comprensión de la relación entre religión y moral lo llevó a entregarse a las peores pasiones. «Durante un tiempo mi sed de Dios se sació con falsas consolaciones»,5 reconoció. Su creencia amorfa, debilitada por los vicios, redundó en un agnosticismo hedonista.
Aunque tenía éxito, la decepción empezó a llamar a su puerta. Buscando algo que llenara su vacío, experimentó unos meses de emoción con el alpinismo, con cursos de especialización superior, con una distinguida carrera académica con máster en Administración de Empresas en Harvard y, por último, pasando años practicando el esquí. Nada le satisfacía… Y todavía esperaba un sentido mayor a su vida.

Se encontraba en estas circunstancias cuando, contemplando la belleza de la naturaleza alpina durante una puesta de sol, la nieve reflejó los rayos del astro rey en sus últimos fulgores y elevó a Roy hasta el Creador. Era la primera vez en años que recordaba al único que podía satisfacerle.
«Caí… en el Cielo»
Por esa rendija abierta, Dios no tardó en entrar.
Tiempo después, caminaba solo por las dunas arenosas de Cabo Cod cuando recibió la gracia más grande de su vida: «A falta de un término mejor, “caí en el Cielo”».6 De un momento a otro se encontró en presencia del Santo de los Santos. Se descorrió la cortina que lo separaba de lo sobrenatural y vio, dotada como de un valor moral, toda su vida ante el Altísimo. Su mayor pesar sería no haber considerado con cuánto amor lo había amado aquel que es misericordia.
De su corazón brotó una súplica: «Hazme saber tu nombre, para que pueda adorarte y servirte como es debido. No me importa si eres Buda, y tengo que hacerme budista; no me importa si eres Krishna, y tengo que hacerme hindú; no me importa si eres Apolo, y tengo que ser un pagano romano; ¡siempre y cuando no seas Cristo, y tenga que hacerme cristiano!».7
Entonces, Dios respetó esa oración… y no le reveló su nombre. La visión se desvaneció, pero Schoeman ya había cambiado.
La euforia de esta gracia duró semanas, lo que le llevó a buscar incesantemente a aquel que se le había revelado de manera tan misteriosa. En este empeño, su mayor provecho fue encontrarse con un antiguo compañero de universidad, en cuya residencia vio un libro titulado Los cien mayores milagros de los tiempos modernos. Le llamó la atención el portento ocurrido durante la última aparición de la Santísima Virgen en Fátima, cuando miles de personas habían presenciado prodigios de grandeza bíblica. Y de este hecho concluyó que el Dios omnipotente no había limitado sus milagros al Antiguo Testamento…
Después de exactamente un año en esa búsqueda, empapándose de todo tipo de lecturas espirituales, la gracia lo arrebataría de nuevo en un segundo episodio de su conversión.
Se acostó judío y…
Tras acostarse y haber rezado una vez más para conocer el nombre de aquel que se le había aparecido, Roy se quedó dormido. En sueños, le despertaba una mano sobre el hombro, y lo llevaba ante la dama más hermosa que jamás podía imaginar. Su belleza, su voz y sobre todo el amor que irradiaba de Ella lo hicieron caer de rodillas. ¿Quién era? Schoeman lo intuyó enseguida: «Sabía, sin que nadie me lo dijera, que era la Santísima Virgen María».8
Un año después, su alma fue arrebatada por una nueva gracia que confirmó su conversión: el encuentro con la Santísima Virgen
Si era la Virgen Santísima, también era la Madre amabilísima; y el afortunado pronto pudo confirmarlo. Con extrema bondad, Ella se dispuso a responder cualquier pregunta.
—¿Cuál es —le preguntó Roy, para comprobar si era acertada su impresión— tu oración favorita?
—Me gustan todas —declaró Ella, sin responder a la pregunta básica.
El hijo de Abrahán no se dio por vencido:
—Pero unas oraciones te agradarán más que otras…

Para asombro de Schoeman, y nuestro, la Madre del Mesías rezó una plegaria en… portugués, lengua desconocida para su interlocutor: «¡Oh María sin pecado concebida, ruega por nosotros que recurrimos a ti!».9
La razón por la que la oración de su predilección la dijera en ese idioma sigue siendo un misterio. Quizá aquella que se manifestó en Fátima y le habló en portugués a los pastorcitos lo aclare algún día.
No obstante, el hecho es que Roy amaneció cristiano.
La plenitud de la alianza
Luego de pasar horas en santuarios marianos tras tamaño favor, tomó la resolución de hacerse católico, sobre todo cuando, durante una estancia en un monasterio cartujo de Francia, se dio cuenta de que el cristianismo era la plenitud del judaísmo. La manera como los monjes recitaban los salmos del Antiguo Testamento, alabando a Sion y a los patriarcas hebreos, le abrió los ojos para reconocer en Jesús el Mesías Salvador. La verdadera estrella de Jacob, Cristo, se volvería su norte; y su brújula, el amor a Nuestra Señora.
Cuando en 1992 las aguas del bautismo lavaron su alma, su deseo más íntimo, tantas veces escondido o disfrazado a lo largo de su vida, se hizo realidad. A partir de entonces, su empeño sería propagar este testimonio entre los israelitas para que, como él, pudieran gozar de la dulzura de Cristo, la miel que destila la piedra para saciar a quienes se convierten a Él (cf. Sal 80, 17).
Deseaba que también se dieran cuenta de que Yahvé no les pide una conversión, sino sólo un paso adelante: que reconozcan la profecía cumplida, la plenitud de la alianza, el Dios con nosotros y la Virgen que lo concibió (cf. Is 7, 14). ◊
Notas
1 Schoeman, Roy. «Surprised by Grace». In: Schoeman, Roy (Ed.). Honey from the rock. Sixteen Jews find the sweetness of Christ. San Francisco: Ignatius, 2007, p. 273.
2 Idem, pp. 273-274.
3 Idem, p. 274.
4 Idem, p. 276.
5 Idem, p. 277.
6 Idem, p. 280.
7 Idem, pp. 281-282.
8 Idem, p. 284.
9 Cf. Idem, pp. 284-285.