San Lucas Evangelista

Publicado el 10/18/2020

San Lucas comienza el Evangelio en los siguientes términos: “Puesto que muchos han intentado narrar ordenadamente las cosas que se han verificado entre nosotros, tal como nos las han transmitido los que desde el principio fueron testigos oculares y servidores de la Palabra, he decidido yo también, después de haber investigado diligentemente todo desde los orígenes, escribírtelo por su orden, ilustre Teófilo, para que conozcas la solidez de las enseñanzas que has recibido.”

El Evangelio de San Lucas es como un primer libro de su historia; los Hechos de los Apóstoles constituyen el segundo. Por eso, dice en el prefacio de los Hechos:

“El primer libro lo escribí, Teófilo, sobre todo lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio hasta el día en que, después de haber dado instrucciones por medio del Espíritu Santo a los apóstoles que había elegido, fue llevado al cielo. A estos mismos, después de su pasión, se les presentó dándoles muchas pruebas de que vivía, apareciéndoseles durante cuarenta días y hablándoles acerca de lo referente al Reino de Dios. Mientras estaba comiendo con ellos, les mandó que no se ausentasen de Jerusalén, sino que guardasen la Promesa del Padre, ‘que oísteis de mí: Que Juan bautizó con agua, pero vosotros seréis bautizados en el Espíritu Santo dentro de pocos días’.”

Tal es, de acuerdo con el propio San Lucas, el conjunto de los libros de su autoría. En cuanto al primero, que comprende la historia de Jesucristo hasta su Ascensión, no fue testigo de todos los hechos, pero oyó la narración de ellos de boca de las personas que vieron a Jesucristo con sus propios ojos y vivieron en su intimidad. Entre esos testigos oculares se incluye la Santa Virgen en relación con la vida privada del Salvador, y a los apóstoles con relación a su vida pública.

En la vida oculta del Salvador se encuentra la aparición del ángel Gabriel al sacerdote Zacarías en el santuario del Templo; la revelación de que nacería de su mujer Isabel un hijo que sería el precursor del Mesías; la aparición del ángel Gabriel a María en la casa de Nazaret; la comunicación de que ella concebiría del Espíritu Santo y daría a luz al propio Mesías, que sería llamado Jesús: la visita de María a su prima Isabel, que en ella reconoció a la Madre de su Señor; el Magnificat o cántico de María para bendecir a Dios por las grandes cosas que obraría en ella y por ella; el nacimiento de Juan Bautista, el milagro de su padre Zacarías, que recobró la palabra para celebrar con el Benedictus las misericordias del Dios de Israel sobre los hombres, en particular sobre el niño que acababa de nacer; el viaje de la santa familia de Nazaret; el nacimiento del Salvador en un establo; los ángeles que lo anunciaban a los pastores y cantan el Gloria in Excelsis; los pastores que llegan a adorarlo en el pesebre; el nombre de Jesús, que le fue dado en el día de la Circuncisión; la presentación en el templo, donde es rescatado con dos tórtolas y reconocido por el santo anciano Simeón, que canta el Nunc Dimittis; la peregrinación al templo de Jerusalén a la edad de doce años; su permanencia en el templo, el regreso a Nazaret, donde está sujeto a María y a José. San Lucas tuvo conocimiento de la propia boca de la Santa Virgen de todos esos divinos misterios, cuya contemplación transporta de júbilo a los ángeles. Es como si ella misma los narrase.

En cuanto a la vida pública del Salvador, ni los evangelistas ni los Apóstoles la relataron enteramente. El propio San Juan dice en el fin de su Evangelio: “Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran.” Lo que cada uno de los evangelistas escribió basta, no simplemente para hacernos conocer, sino, de acuerdo con la expresión del texto original de San Lucas, para hacernos superconocer la verdad, la exactitud de las cosas que ya conocemos de manera segura a través de la enseñanza oral de la Iglesia. He aquí algunos episodios tocantes que debemos a San Lucas:

La historia de la pecadora que va a la casa del fariseo Simeón, prosternándose a los pies del Salvador, regándolos con sus lágrimas, y a quien es concedida la remisión de los pecados; la cura de la hemorroisa por haber tocado la orla de su vestido, y la resurrección de la hija de Jairo; la caridad del Samaritano; la parábola del hijo pródigo; la historia del mal rico y el pobre Lázaro; la oración del fariseo y la del publicano; la conversión pública de Zaqueo, que lo recibió en su casa, y que da a los pobres la mitad de sus bienes.

San Lucas conocía esos episodios por intermedio de aquellos que los habían atestiguado con sus ojos y oídos; pues no pertenecía al número de los primeros discípulos del Salvador; ni siquiera era judío de origen, y sí, griego de Antioquía. Escribió en griego el Evangelio y los Hechos de los Apóstoles; su estilo recuerda la elegante simplicidad de Xenofonte y Heródoto. De resto, un escritor inglés demostró que muchas locuciones de la Biblia, en particular del Nuevo Testamento, consideradas hebraísmos, barbarismos y solecismos por ciertos críticos, son locuciones propias de los poetas e historiadores clásicos de los griegos. Teófilo, a quien San Lucas dedica sus dos libros, y al cual da el título de Excelente o Excelencia, parece haber sido cristiano de alta posición social.

Los Hechos de los Apóstoles, iniciados por San Lucas con la Ascensión de Jesucristo, nos muestran a los discípulos y a los apóstoles reunidos en el cenáculo, con María, Madre de Jesús; San Pedro haciendo, por primera vez, uso de su autoridad de Vicario de Jesucristo y de Jefe de la Iglesia, en la elección de un nuevo apóstol para sustituir a Judas, el traidor; el Espíritu Santo bajando sobre los Apóstoles y los discípulos el día de Pentecostés; San Pedro convirtiendo a tres mil almas con una sola prédica, curando a un paralítico de nacimiento, y convirtiendo a cinco mil almas; Pedro y Juan encarcelados; su perseverancia; una nueva efusión del Espíritu Santo; la vida edificante de los primeros cristianos; Bernabé vende su campo y da el dinero a los pobres; el castigo de Ananías y Safira por haber mentido a San Pedro; curas operadas por los Apóstoles y la popularidad de los mismos Apóstoles; la prisión y consiguiente liberación de los Apóstoles por un ángel; el discurso de Gamaliel en el sanedrín; los Apóstoles azotados con varas; la elección de siete diáconos; el celo y poder de Esteban, y su martirio; la persecución de los fieles; el diácono Felipe en Samaria; Simón el mago; el eunuco de la Reina Candace bautizado por Felipe; la conversión de San Pablo; la paz en la Iglesia; Pedro cura al paralítico Eneas, resucita a la viuda Tabita y bautiza al centurión Cornelio, primicias de los gentiles; el martirio de Santiago; Pedro libertado de la prisión por un ángel; el primer Concilio de Jerusalén, presidido por San Pedro. En la continuación de los Hechos de los Apóstoles, San Lucas habla casi solamente de San Pablo, de quien fue compañero inseparable, y termina el libro con la prisión de ese Apóstol, en Roma.

San Pablo se refiere varias veces a San Lucas como a su fiel cooperador. Saluda a los cristianos de Colosas de parte de Lucas, médico, quien le es muy querido. Algunos escritores antiguos también atribuyen a este último la cualidad de pintor. San Pablo lo envió con Tito a Corinto. Después de la muerte del Apóstol, San Lucas predicó el Evangelio en diversos países, entre otros, en la Galia. Un antiguo martirologio le confiere los títulos de Evangelista y de Mártir. Encerró su larga carrera en Bitinia, o, de acuerdo con otros, en Acaya. Sus reliquias fueron transportadas a Constantinopla, y de allá a Padua.

Padre Rohrbacher, Vida de los Santos, volumen XVIII, pp. 300 a 306

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