San Nicolás de Tolentino – El santo de la estrella

Publicado el 09/10/2021

Habiendo venido al mundo bajo el signo del milagro, este gran taumaturgo agustino fue abogado de la Iglesia padeciente, iluminó como una estrella a la Iglesia militante, para refulgir finalmente en la gloria de la Iglesia triunfante.


Era un sábado por la noche en la ermita agustiniana de Valmanente, cercana a Pésaro, Italia. Un joven sacerdote acababa de acostarse para disfrutar de un merecido descanso, cuando de pronto oye un grito:

—¡Nicolás! ¡Hombre de Dios, mírame!

Sobresaltado, se dirigió hacia donde había venido el lamento y vio una figura que no lograba distinguir. Ésta prosiguió:

—Soy el alma de fray Peregrino de Ósimo, a quien conociste, y estoy atormentado en el Purgatorio, donde vine a purificarme de mis culpas.

Después de presentarse, aquella bendita alma le pidió que celebrara una Misa de réquiem para poder salir de las llamas que la consumían. El P. Nicolás le argumentó que esa semana estaba encargado de presidir la solemne Eucaristía conventual y, por tanto, le era imposible celebrar Misas de difuntos.

Entonces fray Peregrino le enseñó un valle próximo a Pésaro repleto de una muchedumbre de almas de todas las clases sociales, edades y sexo, varias de ellas pertenecientes a Órdenes religiosas, y le preguntó si sería capaz de rechazar las súplicas de tanta gente.

A la mañana siguiente el P. Nicolás le contó a su superior la visión que había tenido, y obtuvo su autorización para celebrar durante toda la semana Misas de réquiem en sufragio de aquellas almas sufridoras. Además, rezó por ellas día y noche, entre lágrimas de compasión. Al cabo de los siete días, fray Peregrino volvió para agradecerle su intercesión, porque él y un gran número de sus compañeros de penas ya estaban gozando de la visión beatífica.

Ése es el origen del septenario de Misas por los fieles difuntos de San Nicolas de Tolentino, que pasó a ser conocido por las benditas ánimas como aquel que “con la nave de sus méritos surca el mar del Purgatorio”.1

Conozcamos, en estas cortas líneas, algunos rasgos de la singular vida de este gran taumaturgo, de quien dijo el Papa Eugenio IV, que lo canonizó: “No ha habido santo desde el tiempo de los Apóstoles que superara a San Nicolás de Tolentino ni en San Nicolás de Tolentino el número ni en la grandeza de los milagros”.2

Varón marcado por el milagro

De hecho, los prodigios marcaron su existencia desde su concepción. Hacía muchos años que sus padres se habían casado y no tenían hijos. Su madre, Amada Gaidani, le prometió a San Nicolás de Mira, del que era muy devota, que si la libraba de la esterilidad haría religioso al hijo que concibiera, fuera niño o niña.

Así le narró el santo a un amigo suyo, el notario Berardo Apillaterra, lo que sucedió a continuación: “Hecho dicho voto, fueron al santuario de San Nicolás, en la ciudad de Bari. Y al regreso, mi madre me concibió, según ellos mismos me contaron”.3 Y en 1245 nacía en la pequeña población de Castel Sant’Angelo, actual Sant’Angelo in Pontano, el niño del milagro, a quien le pusieron el nombre de su patrón.

Desde tierna edad Nicolás huía de lo que era mundano y divertido, y rezaba con tanto recogimiento que causaba admiración. Con tan sólo 7 años empezó a ayunar tres veces a la semana, tenía avidez por recibir a los pobres en su casa paterna y se retiraba a una cueva cercana para ponerse en solitaria oración.

Ya algo mayor asistía a Misa y servía de acólito. Muchos años después, a un religioso que cuidaba de él durante una de sus numerosas enfermedades, le reveló una visión que había tenido cuando era un niño: “Hijo mío, con pena se pierde la inocencia propia de la infancia y se llega a la vejez; yo mismo, aunque sea el pecador que ves, en la época en que disfrutaba de aquella edad inocente, en la iglesia a la que solía ir, mientras el sacerdote celebraba la Eucaristía y según el rito elevaba el cuerpo del Señor, con estos ojos míos vi con claridad un niño de hermosísimo aspecto, espléndido por su vestido, de rostro luminoso y con una mirada llena de gozo, que me decía: ‘Los inocentes y los justos están unidos a mí’ ”.4

Hijo de San Agustín

Muy inteligente, Nicolás asistió a la escuela parroquial de los canónigos regulares de San Agustín, donde sobresalía por su seriedad y responsabilidad.

Hizo grandes progresos en sus estudios, recibió las órdenes menores y, siendo aún adolescente, le fue otorgada una canonjía en la iglesia colegiata de San Salvador. Se abría ante él una prestigiosa carrera.

Aquella clase de vida, sin embargo, no colmaba los deseos de su corazón, porque anhelaba consagrarse por entero a Dios. Entonces fue cuando oyó, en el sermón de un fraile agustino, este pasaje del Evangelio: “No améis al mundo ni lo que hay en el mundo. […] el mundo pasa, y su concupiscencia. Pero el que hace la voluntad de Dios permanece para siempre” (1 Jn 2, 15.17). Estas palabras calaron profundamente en su alma y le pidió al predicador que fuera acogido en su Orden.

Con la bendición de sus padres, que veían en esa decisión el cumplimiento pleno de su promesa, en torno a los 14 años Nicolás fue recibido como hijo de San Agustín. Una vez finalizado el postulantado en Sant’Angelo fue enviado al convento de la vecina localidad de San Ginesio para iniciar el noviciado y estudiar Teología.

Allí recibió el encargo de limosnero, destacándose por su generosidad en la distribución de provisiones a los pobres y necesitados que iban a pedir ayuda a la puerta del convento. Y mientras desempeñaba esa caritativa tarea se registra su primer milagro: al poner su mano sobre la cabeza de un niño enfermo diciéndole “el buen Dios te curará”,5 el muchacho sana en ese mismo instante.

Sutil embestida del demonio

En la vida comunitaria siempre se consideraba el último. Ejercía con alegría y sin quejas las funciones más simples y penosas, nunca se impacientaba y en todo trataba de hacer la voluntad de los demás. Guardaba una pureza angelical, y austeras penitencias, ayunos y un rudo cilicio eran sus armas para combatir las malas pasiones. Dormía a menudo sobre desnudas tablas y con muchísima frecuencia en la dura tierra, teniendo una piedra por almohada. Nunca comía carne, sólo pan y algunas hortalizas sosas y mal cocidas, los días de la semana que no ayunaba. Y, habiendo progresado a pasos agigantados en el camino de la perfección, hizo solemnemente su profesión perpetua antes de cumplir los 18 años.

No obstante, un primo suyo, superior de un convento cuya Regla y vida eran menos austeras, le propuso que se trasladara allí, pues alegaba que en su corta edad ya parecía un anciano de lo delgado que estaba y más tarde o más temprano terminaría por perder la salud, volviéndose inútil para la Religión.

Nicolás consideró dicha propuesta como una sutil tentación del demonio, que buscaba apartarlo de la radical entrega a la cual se sentía llamado. Entonces se dirigió a la iglesia y, absorto en fervorosa oración, he aquí que se le aparecen varios ángeles en forma de niños vestidos de blanco, que cantando melodiosamente en coro le repitieron tres veces estas palabras para confirmarlo en la Orden de los Ermitaños de San Agustín: “En Tolentino es donde debéis estableceos; permaneced allí constantemente en vuestra vocación y estad seguro de que ahí encontraréis vuestra salvación”.6

Esta visión lo consoló sobremanera y lo afianzó en el camino emprendido.

Sacerdocio y, por fin… ¡Tolentino!

De San Ginesio, la obediencia lo fue conduciendo, sucesivamente, a Recanati, a Macerata, de nuevo a San Ginesio, y después a Cingoli y a Valmanente —donde tuvo lugar el episodio de fray Peregrino—, entre otras localidades. A menudo los provinciales lo cambiaban de casa para que la observancia eximia y el perfume de su santidad edificaran a sus hermanos de hábito.

Durante su estancia en Cingoli, en 1269, fue ordenado sacerdote por Mons. Benvenuto de Scotivoli, por entonces obispo de Ósimo. Su devoción recibió nuevo impulso por el carácter divino del ministerio sacerdotal. Todos los días, enfermo o sano, decía Misa con una piedad admirable, nunca sin haberse confesado antes y no raras veces entre lágrimas.

Vivos y difuntos se beneficiaron bastante de los méritos del Santo Sacrificio celebrado por él, como lo demuestra un gran número de almas del Purgatorio que, ya en el Cielo, se le aparecían para agradecerle el haber sido liberadas de los purificadores tormentos.

Finalmente llegó el día predicho por los ángeles: ¡el P. Nicolás fue enviado a Tolentino! Allí permaneció durante treinta años, destacándose, según uno de sus biógrafos, “en cuatro puntos importantes: Misa, confesiones, predicación y visita a pobres y enfermos”.7

Su persona, sus acciones y milagros marcaron la ciudad de la cual recibió el nombre y cruzaron los siglos, convirtiendo y enfervorizando a incontables almas hasta nuestros días.

Frecuentes ataques del Maligno

De la vida conventual, el demonio tiene por la oración un odio muy particular. Se vale de todos los medios que Dios le permite para entorpecer esta santa actividad, en la cual el religioso recibe fuerzas para su perseverancia y progreso espiritual.

Con vistas a tratar de distraer a San Nicolás de su habitual recogimiento, el Maligno alternaba horribles gritos con sonidos emitidos por animales, como mugidos de toro, rugidos de león, aullidos de lobo o silbidos de serpiente. Otras veces fingía que el tejado se caía, las tejas se quebraban, los cuadros se rompían o la casa se derrumbaba. El santo, sin embargo, permanecía impasible, sin mostrar la mínima
señal de temor o turbación.

En algunas ocasiones el ataque era más directo. Un día, el espíritu de las tinieblas entró en su celda bajo la forma de un pájaro gigante y, con el batir de las alas, derribó la lámpara que iluminaba su oratorio, haciéndola pedazos. San Nicolás rezó, cogió los trozos, la recompuso y de un soplido la encendió de nuevo, como si no hubiera pasado nada. Esto se repitió en dos oportunidades más.

No era inusual que el demonio lo golpeara cruelmente hasta dejarlo casi muerto, con el cuerpo cubierto de heridas. Así lo encontraron más de una vez en el claustro, a donde el maldito lo arrastraba. A causa de esos duros combates, quedó cojo para siempre.

Como jamás lograba vencerlo con ese tipo de embestidas, el padre de la mentira trató de inculcarle tentaciones de escrúpulo: le hacía pensar que sus penitencias no complacían a Dios y que eran una carga para la comunidad.

Con el alma inmersa en tales angustias, vio al Señor en sueños. Para superar su desconfianza, Jesús le recordó las milagrosas pruebas de amor que ya le había dado a lo largo de su vida, le aseguró que sus penitencias le agradaban y le reveló que el temor que sentía en ese momento “no era más que un artificio de Satanás, y que su nombre ya estaba escrito en el libro de la vida”.8

De este modo, una nueva derrota le era infligida al enemigo infernal.

Algunas “florecillas”, entre centenares…

Es difícil escoger, entre los 301 milagros registrados como auténticos en los 371 testimonios de su proceso de canonización,9 algo que pueda ser narrado en un artículo tan sintético. A guisa de fioretti, mencionaremos algunos de los más significativos.

Habiendo quedado gravemente enfermo a causa de sus austeridades, el P. Nicolás recibió de sus superiores la obediencia de comer un poco de carne. Tras comerla, su salud empeoró, hasta el punto de que todos pensaban que se moría. Pero él invocó a
la Santísima Virgen; y se le apareció acompañada por San Agustín y Santa Mónica. Lo consoló diciéndole que Jesús lo llevaba en su corazón y que su fundador y su santa madre le eran propicios. Después le recomendó que comiera un poco de pan mojado en agua, garantizándole que sería un lente medicamento para su dolencia. Tan pronto como lo hizo, quedó curado. Así, pues, era sancionada por la Madre de Dios la parca dieta del santo…

Este episodio dio origen a la bendición de los panecillos de San Nicolás, realizada el día de su fiesta, que a tantos enfermos les devolvió la salud. Entre los más famosos cabe citar al entonces futuro rey de España Felipe II, que se curó de altas fiebres, a
la edad de 8 años, después de comer “los panes benditos que le había dado el padre agustino Luis de Montoya que, en aquel tiempo, era prior del convento de Medina del Campo”.10

Taumaturgo de la caridad, como limosnero del convento distribuía muchas veces con largueza el pan que era destinado a la mesa de los religiosos. Cierta vez, habiéndole pillado en flagrante, el prior le preguntó qué llevaba en el paño que tenía bajo el manto. El santo le respondió que eran unas flores y, en efecto, “los pedazos de pan
que llevaba se habían transformado en bellísimas rosas, aunque fuera el mes de diciembre”.11

En otra ocasión, fue a pedir donativos a una familia modesta que poseía la cantidad exacta de harina para su propio sustento. La señora de la casa le dio, con gran desprendimiento, un poco de pan destinado a alimentar a sus hijos. El santo bendijo a su bienhechora diciéndole: “Que Dios, por amor al cual, incluso siendo pobre, diste esta limosna con alegría, multiplique la harina que conservas”.12 A partir de aquel momento, la mujer hacía el pan todos los días sin que la harina menguara de su despensa.

Un astro luminoso: presagio de la gloria

Un año antes de partir a la eternidad, vio en sueños una estrella de extraordinario brillo que se elevaba en el cielo de Sant’Angelo, donde había nacido, y se dirigía a Tolentino, posándose sobre el altar del oratorio donde celebraba Misa diariamente y hacía sus oraciones.

Intrigado, el P. Nicolás le consultó a un hermano de buena fama y ciencia sobre el significado de aquel hecho, y le respondió: “Padre, no cabe duda de que ese astro es un presagio de tu santidad; y estoy seguro de que el astro concluirá su recorrido exactamente donde tu cuerpo será sepultado”. 13 El santo protestó contra tal interpretación, pero los acontecimientos comprobaron que era cierto: hasta su fallecimiento un astro luminoso lo acompañaba, a la vista de todos.

Aparte de eso, en sus últimos seis meses de vida, “los ángeles bajaban todas las noches a su celda para alegrarlo con su melodía, para darle anticipos de la gloria eterna”.14

Sintiendo que se acercaba el momento de su partida, San Nicolás recibió con enorme fervor el viático y la extremaunción, y se abandonó a las más altas contemplaciones. El día de su muerte abrazó una reliquia del Santo Leño y entregó su inocente alma a Dios, mientras decía: “In manus tuas, Domine, comendo spiritum meum — Padre, a tus manos encomiendo mi espíritu” (Lc 23, 46). Era el 10 de septiembre, en torno al año de 1310.

Cumpliendo el vaticinio de la estrella, junto a la sepultura donde permanece incorrupto el cuerpo de San Nicolás de Tolentino, por su intercesión la gracia sigue abriendo hasta hoy almas para Cristo y obrando, con su luz celestial, milagros y conversiones.

1 MONTERUBBIANO, OSA, Pietro da. Historia beati Nicolai de Tolentino. Tolentino: Biblioteca Egidiana, 2007, p. 108.
2 BRANDÃO, Ascanio. Tenhamos compaixão das pobres almas! Pouso Alegre: Casa da UPC, 1948, p. 98.
3 OCCHIONI, OSA, Nicola. Il processo per la canonizzazione di S. Nicola da Tolentino. Testis XVI. Roma: Padri Agostiniani di Tolentino; École Française de Rome, 1984, p. 118.
4 MONTERUBBIANO, op. cit., p. 103.
5 BUTLER, Alban. San Nicolás de Tolentino. In: Vidas de los Santos. México, D. F.: John W. Clute, v. III, 1965, p. 534.
6 GUÉRIN, Paul. Les petits bollandistes. Vies des Saints. 7.ª ed. París: Bloud et Barral, 1876, v. XI, p. 16.
7 PEÑA, OAR, Ángel. San Nicolás de Tolentino. Un Santo amigo. Lima: Libros Católicos, 2009, p. 12.
8 GUÉRIN, op. cit., p. 17.
9 Cf. OCCHIONI, op. cit., p. XIII; Testis CCCLXXI, p. 642.
10 PEÑA, op. cit., p. 30.
11 GUÉRIN, op. cit., p. 18.
12 MONTERUBBIANO, op. cit., p. 141.
13 Ídem, p. 127.
14 GUÉRIN, op. cit., pp. 18-19.

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