Santa Genoveva

Publicado el 01/11/2021

Cuando tenía apenas siete años de edad, Santa Genoveva prometió, en presencia de los obispos San Germán y San Lupo, guardar la pureza de alma y de cuerpo. Ella cumplió dicha promesa con toda fidelidad y tuvo la insigne gloria de, en 451, impedir que los hunos comandados por Atila invadiesen París, convirtiéndose en la patrona de esa ciudad.

Plinio Corrêa de Oliveira

El 3 de enero se conmemora a Santa Genoveva, virgen. Consideremos la siguiente nota
biográfica a su respecto, extraída de la obra LʼAnnée Liturgique, de Dom Guéranger 1 :
En medio de la multitud, San Germán discierne a una virtuosa niña…
Genoveva fue célebre en el mundo entero. Todavía vivía ella en esta carne mortal, y
Oriente ya conocía su nombre y sus virtudes. Desde lo alto de su columna, el estilita Simeón la saludaba como a su hermana en perfección en el Cristianismo. La capital de Francia le había sido confiada; una simple pastora protegía los destinos de París, así como un simple labrador, San Isidro, vigilaba la capital de las Españas. San Germán de Auxerre se iba para Gran Bretaña, donde lo enviaba el Papa San Bonifacio I, a fin de combatir la herejía pelagiana. Acompañado por San Lupo, Obispo de Troyes, que debía compartir su misión, paró en la aldea de Nanterre. Mientras los dos prelados se dirigían a la iglesia donde querían rezar por el éxito de su viaje, el pueblo fiel los circundaba con una piadosa curiosidad.

Iluminado por una luz divina, Germán discernió en medio de la multitud a una niña de siete años, y fue advertido interiormente de que el Señor la había escogido. Preguntó a los presentes cuál era el nombre de esa niña y rogó que la llevasen ante su presencia. Así, hicieron aproximarse a los padres, Severo y Geroncia. Ambos quedaron enternecidos con las señales de ternura con las que el obispo cumulaba a su hija.

– ¿Esta niña es de ustedes?
– Sí, señor – respondieron ellos.
– Felices padres con tal hija – añadió el obispo –. Con ocasión del nacimiento de esta
niña, sépanlo, los ángeles hicieron una gran fiesta en el Cielo. Esta niña será grande delante del Señor y, por la santidad de su vida, arrancará a muchas almas del yugo del pecado.

Después, dirigiéndose a la niña, dijo:
– Genoveva, hija mía…

– Padre santo – respondió ella – vuestra sierva escucha.
Dijo entonces Germán:
– Dime sin temor: ¿te gustaría ser consagrada a Cristo con una pureza sin mancha, como su esposa?
– Bendito seas, Padre mío – exclamó la niña –, lo que me pedís es el deseo más grande
de mi corazón. Es todo lo que quiero. Dignaos rogar al Señor que me lo conceda.
– Ten confianza, hija mía – retomó Germán –, sé firme en tu resolución. Que tus obras
sean conformes a tu fe, y el Señor añadirá su fuerza a tu belleza.

Los dos obispos entraron en la iglesia y se cantó el Oficio de Nona, seguido de las Vísperas. Germán había mandado que llevaran a Genoveva junto a sí, y durante la salmodia mantuvo sus manos puestas sobre la cabeza de la niña.

Al inicio del día siguiente, antes de partir, mandó al padre que le trajese a Genoveva.
– Dios te salve, Genoveva, hija mía – le dijo Germán. ¿Te acuerdas de tu promesa de
ayer?
– Oh, Padre santo – respondió la niña –, me acuerdo de lo que os prometí a vos y a Dios.
Mi deseo es mantener siempre, con el socorro celestial, la pureza de mi alma y de mi cuerpo.
En ese momento, Germán vio en el piso una medalla de cobre marcada con la imagen de la cruz. La cogió, y dándosela a Genoveva, le dijo:
– Hazle un orificio, póntela en el cuello y guárdala como recuerdo mío. No lleves nunca
collares, ni anillos de oro o de plata, ni piedras preciosas; pues si la atracción de las bellezas terrenas llega a dominar tu corazón, perderías enseguida tu ornamento celestial, que debe ser eterno.

Después de estas palabras, Germán le recomendó a la niña que pensase en él frecuentemente, y en Cristo, y habiéndola recomendado a Severo como un depósito dos veces precioso, tomó el camino hacia Gran Bretaña, junto a su piadoso compañero.

Florilegio de santos

En este episodio podemos notar algo que explica el admirable florecimiento de almas santas en la Edad Media. Veamos los hombres que figuran en esta historia. En primer lugar, el Papa San Bonifacio. Este envía a San Germán de Auxerre a defender Inglaterra contra los pelagianos, y San Germán tiene como compañero de viaje a otro santo, San Lupo, Obispo de Troyes. Es decir, son dos obispos santos mandados por un Papa santo a defender un país que está amenazado por la herejía.

Se comprende el calor de la santidad, la intensidad de la vida espiritual que constituía, al fin de cuentas, este florilegio enorme de santos sobre los cuales se iba construyendo, punto por punto, la Edad Media.

A lo largo del viaje pasan por una pequeña ciudad llamada Nanterre, donde la primera providencia no es dirigirse al hotel o a la hospedería, ni a un lugar donde se puedan divertir. La primera actitud que toman, después de un viaje fatigante, es ir a la iglesia, a fin de rezar. Tal es la iluminación de esos personajes, tal es su prestigio, la atracción que ejercen, que entran en la iglesia, el pueblo los rodea y comienza a verlos rezar. Es el pueblo fiel, los campesinos, naturalmente, del mismo estilo del que serían los campesinos del tiempo de Santa Juana de Arco algunos siglos después, rodeando a los dos obispos que, muy recogidos delante del Santísimo Sacramento, en una pequeña capilla, están haciendo una oración intensa. ¡Y el pueblo maravillado viéndolos!

De repente, en ese ambiente de fervor una gracia se hace notar por todos: esos dos santos, enviados por un tercer santo, distinguen entre los fieles que los rodean a una gran santa, una niñita de siete años. Ellos la llaman y, delante del pueblo, uno de ellos hace una profecía respecto a lo que la niña habría de ser. Y comienza por decir así: “Sepan que en el Cielo hubo una gran alegría cuando esta niña nació.”

Cuando Genoveva nació, hubo una gran alegría en el Cielo

¡Imaginen el maravillamiento de toda la pequeña aldea! Un lugarejo donde todo es noticia, todo es novedad, en el que hasta la llegada de los dos obispos es un gran acontecimiento… De repente, esos obispos hablan de la “fulanita” que ven correr descalza de un lado a otro por las calles de la ciudad: ¡cuando esa niña nació hubo una gran alegría en el Cielo!

Nadie dudó, nadie pidió pruebas, todos creyeron, inclusive la niña y su padre. Porque esas personas son los bienaventurados de los cuales habla el Evangelio 2 , que creen sin haber visto.

Ellas piensan: ¡es tan natural que hubiese habido alegría en el Cielo por una niña santa que nació! Los santos son tan frecuentes y tan numerosos, están en un contacto tan continuo con el Cielo, que conocen lo que pasa allá. Por lo tanto, es natural que ellos sepan. Es una comunicación normal.

¡Cómo eso es diferente de la distancia que nos separa de lo sobrenatural en nuestros días!
Antes de admitir que una cosa viene del Cielo, el hombre contemporáneo se provee de todas las armas del racionalismo, para ver si consigue negarla. Solo cuando no hay medios de negarla, él se resigna, sin gran entusiasmo, a admitir de vez en cuando la procedencia celestial de algo.

Por el contrario, en ese ambiente lleno de fe, la situación se resolvió inmediatamente. San Germán le pregunta a la niña:
– ¿Quieres consagrarte a Dios?
– ¡Padre mío – responde ella –, es el deseo más querido por mi corazón!
Todo está resuelto. Queda un surco de luz en aquella ciudad, que a partir de entonces comienza a tener historia. La pequeña ciudad nace para la Historia porque un gran hecho
 sobrenatural sucedió en ella.

Arco de santidad

Ella fue llevada por sus padres probablemente desde ahí mismo a un convento, donde la priora o la abadesa también debería ser santa, con uno de esos nombres cuya sonoridad nos extraña, pero es una santa de verdad. Llegan allá y dicen:
– Vinimos a traer esta niña, hija nuestra.
La respuesta de la santa abadesa seguramente no fue: “¡Ah!, cómo es de encantadora”,
sino:
– ¡Esta niña parece que tiene el espíritu de Dios!
Y es posible que Santa Genoveva hubiese dicho con mucha inocencia, sin ninguna pretensión:
– De hecho, lo tengo.
Y la abadesa le preguntase a la madre:
– ¿Y por qué traes a la niña?
– ¡Ah!, porque San Germán de Auxerre y San Lupo de Troyes dijeron tal cosa y tal otra
acerca de ella…
– ¡Ah, qué bonito!
La abadesa no preguntaría si tenían un certificado sellado en la Curia, ni nada de eso. Ella también cree, acoge en el convento a la niña, que ya comienza a santificarse, elevándose en la
vida espiritual a partir de ahí, como un cedro del Líbano.

Ella crece, llena el panorama con su presencia y florece como una flor en el centro del jardín de Occidente. No había prensa, radio o televisión; sin embargo, la fama de Santa Genoveva se difundió hasta Oriente, a tal punto que San Simeón Estilita, en Asia Menor, oyó hablar de ella. Era el famoso santo que vivía en lo alto de una columna de donde nunca bajaba, rezando
el tiempo entero. Era una forma de verdadero ermitaño. Él oye hablar entonces de las virtudes de Santa Genoveva, y por esos “radares” que los santos tienen para sentirse unos a otros, comprende que ella era su hermana espiritual y saluda desde lejos, desde lo alto de su columna, a esta flor que nacía en el doux pays de France 3 .

Vemos los contactos pasando sobre los mares, las islas, las cordilleras, las vastedades desiertas y pobladas, y a estos dos santos formando una especie de arco voltaico de santidad en esa época.

1) GUÉRANGER, Prosper. LʼAnnée Liturgique – Le temps de Noël. Tomo I. 13ª. edición. París: Librairie
Religieuse H. Oudin, 1900, p. 523-525.
2) Jn 20, 29.
3) Del francés: dulce país de Francia.
_________________

(Revista Dr. Plinio, No. 202, enero de 2015, p. 28-31, Editora Retornarei Ltda., São Paulo –
Extraído de una conferencia del 3.1.1966 

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