Se acerca vuestra liberación

Publicado el 01/07/2022

Meditad cuidadosamente, queridos hermanos, en ese día. Corregid desde ahora vuestra conducta, cambiad vuestras costumbres, superad las pasiones que os tientan y expiad con lágrimas los males cometidos.

San Gregorio Magno

Nuestro Señor y Redentor, queridos hermanos, deseando que estemos preparados para lo que ha de venir, revela las desgracias que acontecerán al final de este mundo envejecido, con vistas a consolidarnos en su amor. Nos da a conocer los flagelos que vendrán en el último día para que, si somos capaces de temer a Dios viviendo en su paz, el anuncio de tales males nos lleve, al menos, a temer su juicio, que está por llegar.

Mucha gente desfallecerá de terror

Poco antes del pasaje del Evangelio que acabáis de oír, el Señor afirma: “Se alzará pueblo contra pueblo y reino contra reino, habrá grandes terremotos, y en diversos países, hambres y pestes. Habrá también fenómenos espantosos y grandes signos en el cielo” (Lc 21, 10-11). A esto podemos acrecentar esta frase del pasaje que escuchasteis: “Habrá signos en el sol y la luna y las estrellas, y en la tierra angustia de las gentes, perplejas por el estruendo del mar y el oleaje” (Lc 21, 25).

Constatamos que parte de esas cosas ya han ocurrido, y debemos temer que otra parte ocurra en breve. Vemos en nuestros días a pueblos que se rebelan contra otros pueblos y que el mal se extiende por la tierra, conforme nos lo describe la Sagrada Escritura. Tenemos noticia de cuántos terremotos asolan numerosas ciudades en varias partes del mundo.

Estamos siendo flagelados continuamente por las más diversas plagas. Es verdad que aún no vemos claros signos en el sol, en la luna y en las estrellas, pero podemos esperar, por las mismas alteraciones en la atmósfera, que tales signos no tardarán en llegar. […]

Decimos esto, queridos hermanos, para que vuestras almas vigilen con esmerada cautela, no se dejen ofuscar por una falsa autosuficiencia, ni languidezcan por la ignorancia. Al contrario, impelidas por un sacro temor, estén siempre alertas y listas para realizar buenas obras, de acuerdo con las palabras que escuchasteis del Redentor: “[desfallecerán] los hombres por el miedo y la ansiedad ante lo que se le viene encima al mundo, pues las potencias del cielo serán sacudidas” (Lc 21, 26).

¿Qué es lo que, de hecho, quiso indicar el Señor con la expresión “potencias del cielo” sino aquello que llamamos ángeles, arcángeles, tronos, dominaciones, principados y potestades, que han de aparecer visiblemente a nuestros ojos en la venida del severo Juez, para que le rindamos rigurosas cuentas de la paciencia que el Creador tiene con nosotros hoy?

A continuación añade: “Entonces verán al Hijo del hombre venir en una nube, con gran poder y glo-ria” (Lc 21, 27). Como si dijera: Los hombres verán en su gloria y majestad a Aquel que no quisieron escuchar en la humildad, para que sientan tanto más severamente luego su poder cuanto más rechazan ahora a inclinarse de corazón ante su paciencia.

Se avecina la redención que andabais buscando

Después de hablar así contra los réprobos, el Evangelio tiene palabras de consolación para los elegidos.

Alzad la cabeza, se acerca vuestra liberación

En efecto, oímos: “Cuando empiece a suceder esto, levantaos, alzad la cabeza; se acerca vuestra liberación” (Lc 21, 28). Como si la Verdad misma amonestase a sus elegidos diciendo: cuando se multipliquen las plagas del mundo, cuando los terremotos del juicio se manifiesten mediante terribles convulsiones, levantad con confianza vuestras cabezas y regocijaros en vuestros corazones, porque cuando se acabe este mundo del que no sois amigos, se avecina la redención que andabais buscando.

En la Sagrada Escritura, a menudo el vocablo “cabeza” se entiende como mente, porque así como la cabeza dirige todos los miembros, así la mente ordena los pensamientos. Luego “alzad la cabeza” significa elevar nuestros pensamientos hacia los gozos de la Patria celestial. Aquellos, por tanto, que lo aman, Dios les ordena que se regocijen y se alegren con el fin del mundo, pues mientras este mundo por ellos no amado pasa, enseguida vendrá el otro que siempre han amado.

Por consiguiente, que no haya un solo fiel que, deseando ver a Dios, se lamente por los flagelos que han de abatirse sobre el mundo, pues debe saber que es por medio de tales males que este mundo acabará. De hecho, está escrito: “Adúlteros, ¿no sabéis que la amistad con el mundo es enemistad con Dios? Por tanto, si alguno quiere ser amigo del mundo, se constituye en enemigo de Dios” (Sant 4, 4).

Llorar por el fin del mundo es propio de los que no aman a Dios

El que no se alegra, pues, con la proximidad del fin de este mundo, demuestra ser amigo de él y se proclama, en consecuencia, enemigo de Dios. Que estos malos pensamientos estén lejos de vuestros corazones y de todos los que, por la fe, creen en la vida eterna y aspiran a conquistarla por medio de las buenas obras.

Llorar por el fin del mundo y por los acontecimientos dramáticos que vendrán para purificar a los hombres es propio de aquellos cuyos corazones no están puestos en el amor a Dios, no esperan la vida futura o incluso niegan que ella pueda existir.

Pero nosotros, que conocemos el gozo eterno de la Patria celestial, debemos desear alcanzarla cuanto antes.

¡Cuántos tormentos oprimen este mundo! ¡Cuántas tristezas y adversidades lo angustian! ¿Qué es esta vida sino un camino de paso? Entonces, hermanos míos, considerad si es coherente vivir en medio de las fatigas de este viaje y no desear que ellas
terminen. […]

Todo lo que parecía pesado quedará luminoso

Por lo tanto, amados hermanos, tened presente ante vuestros ojos aquel día, y encontraréis luminoso todo lo que ahora os parece grave.

Advierte el profeta: “Se acerca el gran Día del Señor, se acerca raudo y veloz. Amargo es el estruendo del Día del Señor, hasta el valiente va gritando. Día de cólera, aquel día, día de angustia y aflicción, día de desolación y devastación, día de oscuridad y negrura, día de nieblas y tinieblas; día de trompas y trompetas contra ciudades y fortalezas, contra torres elevadas. Cercaré a los hombres y caminarán a ciegas, pues pecaron contra el Señor; se derramará su sangre como polvo, sus vísceras como basura. Ni su plata ni su oro podrán salvarlos el día de la cólera del Señor, cuando el fuego de su celo consuma toda la tierra.

Rematará entonces la destrucción, acabará con todos los habitantes de la tierra” (Sof 1, 14-18).

Y en estos términos nos amonesta el Señor por otro profeta: “Pues esto dice el Señor del universo: Dentro de poco haré temblar cielos y tierra, mares y tierra firme. Haré temblar a todos los pueblos, que vendrán con todas sus riquezas y llenaré este templo de gloria, dice el Señor del universo” (Ag 2, 6-7).

Si la tierra, como hemos dicho, va a sufrir estremecimiento cuando los aires se muevan, ¿quién podrá resistir a la sacudida de los cielos? ¿Cómo describir los terrores que se aproximan sino como signos de la ira que ha de venir?

Es necesario considerar que las tribulaciones presentes son sólo prefigura de las que sucederán cuando llegue el supremo Juez.

Meditad cuidadosamente, queridos hermanos, en ese día: corregid desde ahora vuestra conducta, cambiad vuestras costumbres, superad las pasiones que os tientan y expiad con lágrimas los males cometidos. El día de la venida del eterno Juez, lo recibiréis con tanta mayor seguridad y alegría de corazón, cuanto más os esforcéis ahora por hacer el bien y cultivar en vosotros un saludable temor de Dios. 

Fragmentos de la Homilía del 2.º Domingo de Adviento en la Basílica de San Pedro: ML 76, 1077-1081. Traducción: Heraldos del Evangelio

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