Ser pobres ante Dios

Publicado el 09/07/2021

¿Fue la riqueza, como tal, lo que le llevó al rico de la parábola a merecer el castigo eterno? ¿Y fue la pobreza, en sí, la que le obtuvo la recompensa a Lázaro? No es eso lo que nos enseña el Evangelio de hoy.

Cardenal Péter Erdő

 


 

Papa Francisco habla con frecuencia de la pobreza, del amor a los pobres, y el Evangelio del rico y del pobre Lázaro, hoy proclamado, trata exactamente de ese tema.

No es una casualidad que muchos de los que consideran al cristianismo únicamente como un fenómeno social opten por referirse a este pasaje. Afirman que en él los ricos son amenazados con los sufrimientos del Infierno, mientras que a los pobres se les promete una merecida recompensa en la vida futura. Sin embargo, si prestamos más atención en las palabras de Jesús nos daremos cuenta de que no es esa la imagen que Él nos presenta, ni el mensaje que pretende transmitirnos.

Aquí, por una parte, estamos viendo, no hay duda de ello, a un hombre que posee una gran fortuna, que vive una situación de bienestar y que, tras su muerte, se encuentra en los tormentos del Infierno; por otra, a un miserable mendigo que entra en la gloria del seno de Abrahán. No obstante, ¿fue la riqueza, como tal, lo que le llevó al rico a merecer el castigo eterno? ¿Y fue la pobreza, en sí, la que le obtuvo la recompensa a Lázaro?

No es esa la enseñanza del Evangelio de hoy.

La riqueza en sí no es culpable

En el umbral de la casa hallamos al pobre Lázaro, hambriento y enfermo, mientras el rico —cuyo nombre se desconoce, es un anónimo— está constantemente banqueteando. De este modo, se afirma no sólo que tiene muchas posesiones, sino que, sobre todo, no demuestra piedad alguna para con que el que está sufriendo. Al contrario, se cierra en sí mismo y vive de forma egoísta en su riqueza.

En la gran enseñanza de Jesús con respecto al Juicio universal, al referirse específicamente al destino eterno de los que están a su derecha, dice estas palabras: “Tuve hambre y me disteis de comer, tuve sed y me disteis de beber” (Mt 25, 35). Pero en este pasaje del Evangelio se afirma algo aún más importante.

El condenado espera, cuando pide que el bienaventurado vaya a visitar a sus acaudalados parientes, que la presencia de alguien resucitado de entre los muertos les convenza para que vivan de manera diferente. Hay algo en ellos que puede y debe ser transformado: por un lado, el cerrarse a los desafortunados; por otro, el desconsiderar a Dios.

Los parientes del rico no creen en Moisés o en los profetas, ni siquiera los escuchan. Les basta con llevar una vida cómoda, tan sólo preocupados con lo meramente material. En otros términos, su objetivo es un bienestar pasajero. No les importa si, además de eso, hay algo más en la vida. Como sucede con mucha gente hoy día, no consiguieron comprender la diferencia entre “bienestar” y el “verdadero bien”, y ese cerrarse los conducirá al sufrimiento eterno.

Jean-Paul Sartre escribe que el Infierno son los otros. En el Evangelio de hoy descubrimos que verdadero Infierno es ¡no amar! Por lo tanto, la riqueza en sí misma no es culpable.

Invitación a reflexionar sobre el Juicio final

Lázaro, el mendigo de quien Jesús habla —este sí tiene nombre—, estaba abierto a Dios. Sabía que, ante Él, no era pobre sólo desde el punto de vista material, sino también del espiritual.  Se reconocía pecador y, como tal, creía en la misericordia en cuanto don. ¿Y cómo no iba el Señor a dejar de atenderlo?

El Evangelio de hoy nos interpela y trae una profunda enseñanza, recordándonos aquello que tantas veces olvidamos: la doctrina sobre el Juicio, al cual todos nosotros
también estaremos sujetos. El episodio narrado aquí por el mismo Jesús, cuando aún vivía en esta tierra, nos invita a reflexionar.

Cristo, en quien creemos y de quien estamos llamados a dar testimonio, nos abrió, con su Muerte y Resurrección, el camino de la salvación a todos. Los que ya alcanzaron la felicidad eterna —en el Evangelio llamada “seno de Abrahán”— viven
en una condición que transciende el tiempo y está por encima de todo el universo creado.

El pasaje de la Escritura que acaba de ser proclamado ilumina con gran profundidad el misterio de cómo la perfección y la eternidad de la vida divina penetran en los acontecimientos futuros y actúan en las luchas de nuestra vida terrena. Nos estimula
también a creer en Jesucristo en cuanto aquel que resurge de la muerte y de quien depende nuestro destino eterno. Y esto, a su vez, nos lleva a abrirnos a los demás y a
interiorizar nuestra pobreza humana ante Dios, aunque vivamos en condiciones
de bienestar material.

Sintámonos pobres ante Él

Nuestra verdadera pobreza, como hombres y miembros de la Iglesia, hace que les transmitamos a los otros, no nuestra propia manera de entender la vida, nuestras ideas brillantes, nuestros proyectos humanos, sino la enseñanza de Jesucristo, su Buena Nueva y su presencia eficaz. Sólo de este modo no terminaremos siendo como
el rico de este Evangelio: anónimos de quien nadie se acuerda, porque vivieron
para sí mismos y no para Dios y para el prójimo.

Invoquemos a aquel de quien dependemos, pidiéndole que podamos sentirnos siempre pobres ante Él. Creamos que resucitó de los muertos, conforme enseñan las Escrituras. Venció el pecado y la muerte y nos abrió el camino de la felicidad eterna, no atada, por tanto, al placer de un momento.

Todo esto nos lleva a entender la importancia de oír la Palabra de Dios y creer en ella, como nos lo recuerda San Juan Crisóstomo: “Aunque se turbe el mundo entero, en mis manos llevo la Sagrada Escritura. Al ver lo que en ella se afirma, encuentro mi
muro y mi defensa. ¿Y qué leo allí? ‘Yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo’ [Mt 28, 20]. Lo repito siempre: ‘hágase tu voluntad’ [Mt 6, 10]. Haré siempre lo que tú quieres, no lo que este o aquel deseen. He aquí mi baluarte, mi roca
inamovible, mi báculo seguro”.1

Pidamos hoy, por intercesión de la Virgen del Rosario, particularmente invocada en esta basílica menor, que el Señor nos conceda ese don y que siempre lo guardemos como un tesoro precioso. Amén. ²

Homilía en la basílica de Nuestra Señora del Rosario, 29/9/2019.
Transcrita de la grabación, con pequeñas adaptaciones.

1 Cf. SAN JUAN CRISÓSTOMO. Homilía antes de partir en exilio, n.º 2: PG 52, 430.

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