
III Domingo de Cuaresma
Era una creencia generalizada entre el pueblo hebreo que cualquier desgracia que le sucediera a alguien se debía a sus propios pecados o a los de sus padres. De ahí que en cierta ocasión los discípulos, a propósito de un ciego, le preguntaran a Jesús si tal desgracia era culpa suya o de sus progenitores (cf. Jn 9, 1-2). Ciertamente, Dios puede castigarnos por nuestro propio bien, como leemos en el pasaje del Evangelio en el que el Señor le advierte al paralítico al que curó: «No peques más, no sea que te ocurra algo peor» (Jn 5, 14).
Por otra parte, observamos que en la secta de los fariseos existía la tendencia a sentirse superiores ante las desgracias y los pecados del prójimo, como nos muestra la parábola del fariseo y el publicano (cf. Lc 18, 9-14).
Estas consideraciones nos ayudarán a comprender el Evangelio de este tercer domingo de Cuaresma (cf. Lc 13, 1-9).
Leemos que «algunos» de los presentes le contaron a Jesús lo que había pasado con los galileos asesinados por orden de Pilato en el momento de ofrecer el sacrificio, mezclando su sangre con la de las víctimas que estaban inmolando. Para su sorpresa, Jesús les contestó poniendo en duda que los supervivientes, tanto de ese desafortunado hecho como el del derrumbe de la torre de Siloé, fueran menos pecadores que los fallecidos.
En la respuesta del divino Maestro se nota una seria censura a la actitud de los que le dieron la noticia, los cuales se sentían justificados al ver el castigo de los que habían perecido. Ahora bien, en varias ocasiones el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira nos advirtió de que quien tiene el vicio de criticar a los demás lo hace porque, en el fondo, se cree superior. Por eso el Señor les amonesta: «Si no os convertís, todos pereceréis de la misma manera» (Lc 13, 5), colocando a aquellos judíos en el nivel espiritual de los fallecidos.
En este sentido, en la segunda lectura (1 Cor 10, 1-6.10-12) San Pablo exhorta a los corintios a evitar la murmuración, contra Dios o contra el prójimo, a no considerarse nunca justificados y a estar vigilantes para no caer.
La verdad no está en quien afirma estar libre de pecado (cf. 1 Jn 1, 8). Por tanto, debemos preguntarnos si no hemos caído en la presunción de pensar que estamos exentos de confesarnos, bajo esa alegación tan escuchada últimamente: «Yo no tengo pecados».
Ahora nos toca, a mitad de la Cuaresma, preguntarnos cómo vamos a presentarnos en las celebraciones litúrgicas del Triduo pascual: ¿necesitaremos purificar nuestra alma de las maledicencias y habladurías contra Dios o contra el prójimo?
Dios no quiere la muerte del pecador, sino que se convierta y viva (cf. Ez 33, 11). Por eso Jesús, después de su severa advertencia, les propone a sus oyentes la parábola de la higuera estéril, en la que Él se presenta como el divino Viñador dispuesto a defender ese árbol —que podría ser cada uno de nosotros— de la decisión del Señor de la viña, y se compromete a fortalecernos con los sacramentos de la penitencia y de la eucaristía.
Sepamos aprovechar el tiempo que nos queda para erradicar de nuestra alma todo lo que impide su fructificación, y aceptemos las gracias de conversión que, en este tiempo favorable, se derraman sobre nosotros. No suceda que, si no damos los frutos deseados, seamos definitivamente cortados. ◊