Con su ingenio artístico, el hombre debería perfeccionar las bellezas del paraíso. Imaginando maravillas y realizándolas, él mismo completaría en sí la imagen subyacente, ignota, de magnificencias para las cuales fue creado.
Plinio Corrêa de Oliveira

Podemos imaginar que, si no hubiera existido el pecado original, el espíritu humano, conociendo las piedras preciosas del Paraíso, analizando los rubíes, los diamantes, los zafiros, las esmeraldas, percibiría que ellas, dispuestas como estaban en la naturaleza, no transmitían toda su belleza, y que habría un pulchrum más elevado a serles conferido.
Arte de perfeccionar la obra de Dios
Como el dominio que el hombre tenía sobre la naturaleza hacía que todas las creaturas le obedecieran, todo se hacía sin esfuerzo. Así, con un golpecito bien dado con los dedos, la impureza de un diamante caería y él sabría como exponerlo al sol, de manera que quedara lo suficientemente blando para que pudiera ser modelado. Él sabía y podía todo, y elaboraría con las piedras un bello mosaico.
Ahora bien, ¿Cuál sería la razón que lo llevaría a hacer eso?
A primera vista, es porque el deleite visual que las piedras esparcidas dan es menor que aquel causado por el mosaico, delante del cual se tiene algo más que el simple deleite: el bienestar de un orden superior, de algo que estaba en desorden y fue puesto en un orden que Dios no constituyó, pero que quería que el hombre imaginara y lo realizara.
Así, a lo largo de los siglos, los hombres irían modelando el propio Paraíso terrestre, de manera a realizar en él una cierta forma y un cierto grado magnífico de belleza, hasta el punto en que Dios le dijera: “¡Podéis cesar, porque todo cuanto Yo quería que hicieseis del Paraíso fue hecho!”

Y, en el transcurrir de ese trabajo de ornato del Paraíso, la propia alma del hombre se iría adornando. Porque al soñar con las maravillas y realizarlas, él mismo completaría en sí la imagen subyacente, ignota, de magnificencias para las cuales fue creado, pero que hasta entonces no existían.
Y así como en la procreación, transmitiendo la vida a otro, se prolonga la acción creadora de Dios, también en las elaboraciones artísticas, poéticas, literarias, el hombre perfecciona la obra de la Creación, dándole un acabado que Dios no quiso darle.
Ahora bien, ¿por qué la Providencia dispuso que su obra alcanzara, por la acción humana, ese perfeccionamiento, ese acabado? Es evidente que es para que el hombre consiguiera el grado de semejanza con Él, lo que le daría la gloria entera.
De este modo, cuando deseamos mejorar algo del universo creado –si tenemos espíritu de fe–, debemos comprender que estamos queriendo volverlo más transparente, para que veamos mejor a Dios a través de él.
Un paseo imaginario
Imaginemos que el Paraíso tuviera una amplia extensión; nadie sabe qué tamaño tendría. El hecho concreto es que podemos pensar, por ejemplo, la siguiente escena: algunos de nosotros caminando deleitados por el Paraíso, cuando, de repente, encontramos un grupo de personas, también inocentes, que pasan cantando. Ellas están adornadas con flores, bañadas de luz, están perfumadas, todas bellas, castas, no suscitan la menor concupiscencia.
Y nosotros, dentro de un agua cristalina, donde nos deleitamos –no nos bañamos, porque la idea de bañarse trae la idea de limpieza y de suciedad– vemos pasar ese cortejo por la orilla. Andan todas ordenadas de tal manera que es bello verlas pasar.
¿Qué es eso? Es algo que Dios quiso que el Paraíso tuviese en virtud de las almas que, hechas a su imagen y semejanza, se perfeccionarían allá, y que sería la mejor belleza de eso. Es, por lo tanto, amor a Dios.
Si, por ejemplo, un sacerdote estudiara bien en los Doctores de la Iglesia, en los Padres y en la Tradición, todo cuanto hay sobre las hipótesis del Paraíso y se especializara en predicar sobre esa materia y nada más, ¿cómo sería? ¡Atraería multitudes para oírlo! Y creo que dejaría atrás de sí un rastro de interés por las cosas de la Iglesia que sería profundamente diferente de tantos otros sermones, sin comparación.
Pensamientos beneficiosos que enlevan y distienden
¿No es verdad que descansamos un poco evocando eso? ¿No es verdad que, por ejemplo, eso prepara para el sueño, para la distensión?
Me parece que ser capaz de pensar cómo sería el Paraíso terrestre y cómo será el Paraíso celestial acaba descansando mucho más que las salas de recuperación, donde el enfermo queda extendido, con varios aparatos conectados a él, para ver si no se está muriendo; y él vivo, dejando pasar el tiempo…
Qué buen pensamiento se puede sugerir a un cardíaco que esté en estado de gracia: “Querido, es bien verdad que si se revienta una vena de tu corazón, que puede reventarse de repente, tu morirás. ¿Pero, has imaginado lo que es morir? Estando en estado de gracia, irás a un lugar mucho mejor que este, irás al Cielo para ver a Dios cara a cara. Solo te separa del Cielo la pared tan tenue de una arteria que no está funcionando bien.”
A algunos enfermos sería necesario persuadirlos de que continúen en la cama, en vez de facilitarles el saber si morirán. Y no es aquel terror de la muerte que tienen los que agonizan. Es decir, eso es eminentemente beneficioso, interesante, bonito y todo lo que quieran.
Sueños que adivinan la realidad
Si yo tuviera tiempo y si me ayudara mi ingenio y arte para tal, yo estudiaría eso en Cornelio a Lápide2 y haría varias reuniones sobre el tema. Pero dejando que después cada uno de ustedes imaginara las cosas del Paraíso en la línea de nuestra vocación y de nuestro espíritu, incluso añadiendo peculiaridades personales, desarrollando el asunto. Daría lugar a una conversación muy bonita.
¡Cómo sería bueno si nos encontráramos por las noches para intercambiar impresiones sobre las últimas novedades del Paraíso, los pequeños hechos del Paraíso imaginario! ¿No sería mucho más atrayente que cualquier televisión, radio, de todo lo que hay por ahí?
Dirían que somos unos soñadores. Es verdad, pero de esos sueños que no son contrarios a la realidad, sino que la adivinan.

(Extraído de conferencia del 9/4/1983)
1) Del portugués: significa pensamientos que generan encanto, éxtasis, arrobamiento, deleite, encanto.
2) Jesuita y exégeta flamenco (*1567 – +1637)







