P. Leandro César Ribeiro, EP
¡Cuántos santos han manifestado su gratitud a Dios por ser perseguidos, dando prueba inequívoca de haber comprendido el Evangelio de este domingo! En él, Nuestro Señor Jesucristo pronuncia la más elevada de sus predicaciones: el sermón de las bienaventuranzas. La más elevada, sí, y la más radical. Sólo unos labios divinos podían afirmar que bienaventurados son los pobres de espíritu, los que lloran y los misericordiosos (cf. Mt 5, 3-7) …
¡La persecución es una bienaventuranza! Y, por lo tanto, estamos en una época en la que ser católico equivale a ser bienaventurado.
Sin embargo, no es hasta el final del discurso cuando el Salvador presenta la bienaventuranza más contundente: «Bienaventurados los perseguidos por causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos. Bienaventurados vosotros cuando os insulten y os persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa» (Mt 5, 10-11). ¡La persecución es una bienaventuranza! Y, por tanto, estamos en una época en la que ser católico equivale a ser bienaventurado.
A nivel individual, en efecto, ¿qué verdadero cristiano no sufre hoy en día persecución? En el trabajo soporta burlas por ser honesto. En las conversaciones se le deja de lado porque no mancilla sus labios con palabras indecentes. Dondequiera que va se convierte en víctima de miradas frías y saludos forzados por parte de quienes ven en él a un ser extraño que reza, que va a misa, que no se esclaviza a la moda.
En el ámbito institucional, ¿qué decir de la generalizada persecución contra la Iglesia? Basta enumerar brevemente los templos católicos vandalizados o incendiados en los últimos años. Basta recordar que nuestra época rivaliza con la de los romanos en cuanto al número de mártires. Nunca tantos martirios han sido tan poco tenidos en cuenta. Y nunca tanta persecución ha sido tan evidente… y tan olvidada.
¿Qué hacer entonces? ¿Llorar? ¿Diluirse y ceder para no perder? ¿Dejarse aplastar? Nada de eso.
Ante todo, debemos ser agradecidos. Dios está escribiendo nuestros nombres ultrajados en el Libro de la Vida: «Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en el Cielo» (Mt 5, 12). ¡Gracias, Señor, porque somos perseguidos! ¡Gracias por contarnos entre los elegidos!
Y nuestra gratitud ha de ir más allá. No puede quedarse en un mero acto de reconocimiento. Tiene que transformarse en ufanía.
En efecto, no sólo no se nos permite llorar, diluirnos o dejarnos aplastar, sino que, por el contrario, debemos proponernos afrontar con gallardía la persecución, levantar la cabeza cuando, pensando que nos insultan, nos llaman católicos. Porque solamente con el corazón abierto y una fe robusta se sufre dignamente por el nombre de Nuestro Señor Jesucristo.
Como afirmaba el Dr. Plinio, «ése es el católico denodado, intrépido, que no se avergüenza de seguir al divino Maestro, de decirse hijo y devoto de la Santísima Virgen, a quien dirige su entrañada súplica: “Oh, Madre de misericordia, mi vida, dulzura y esperanza. Hazme el alma valiente que debo ser, imbuida de una leonina fuerza católica, apostólica y romana, colmada de ufanía cristiana. Y así, oh Virgen, mi alabanza a ti será el tributo del hombre que, por encima de todo, cree en las verdades divinas y por ellas lucha; será la alabanza del heroísmo y la epopeya. Amén”».
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1 Corrêa de Oliveira, Plinio. «A ufania de ser católico». In: Dr. Plinio. São Paulo. Año X. N.º 115 (oct, 2007), p. 4.







