Santa Francisca Javier Cabrini, patrona de los inmigrantes

Publicado el 12/22/2020

Al atardecer del 31 de marzo de 1889, acompañadade seis discípulas, la Madre Francisca Javier Cabrini desembarcaba en Nueva York.

Su magnánimo corazón estaba listo para lanzarse en una epopeya evangelizadora y ya en aquel momento tendría que luchar para salvar su misión de un total fracaso, incluso antes de iniciarla.

Debido a una falta de comunicación, las providencias que habían sido solicitadas al arzobispo, Mons. Michael Corrigan, antes de que embarcaran en Italia no habían sido tomadas. Nadie se presentó en el puerto para recibirlas… Estaba anocheciendo y ni siquiera sabían a dónde ir. Ante tan dramático callejón sin salida, las religiosas confiaban en la límpida mirada de su fundadora y en el esbozo de su sonrisa que nunca la abandonaba: todo redundaría en mayor gloria del Sagrado Corazón de Jesús.

A la Madre Cabrini, no obstante, que siempre aliaba la fe a las obras, le cabía tomar medidas inmediatas. Decidida a aclarar el asunto con el arzobispo al día siguiente, aceptó la cena ofrecida por los Padres Carlistas, tras la cual pernoctó con sus hijas en un paupérrimo alojamiento. Mientras las hermanas dormían, la superiora, de rodillas, rezaba y esperaba la aurora.

Los ruidos de la ciudad acompañaban el susurro de su oración…

Misión que nace de la obediencia

Desde su juventud Francisca soñaba con ser misionera para llevar el nombre del Salvador a la lejana China. Pero a medida que maduraba, las aspiraciones de su alma se encaminaban hacia un único ideal: unirse enteramente a Dios y ser dócil instrumento para la ejecución de su voluntad.

Esa generosa actitud de entrega revertió en un equilibrio e intrepidez de carácter que completaban de forma maravillosa su modestia natural.

Tal conjunción de cualidades no le pasó desapercibida a Mons. Giovanni Battista Scalabrini, obispo de Piacenza y más tarde elevado a la honra de los altares, el cual discernió en esa joven religiosa una eficiente colaboradora en su iniciativa en pro de los inmigrantes italianos de Nueva York.

Por aquella época la Madre Cabrini se encontraba en Roma para solicitar la aprobación pontificia de las Reglas del instituto misionero que había fundado y obtener el permiso para ir a Oriente. Por lo tanto, no se sentía atraída por la propuesta que le hizo Mons. Scalabrini; la consideraba poco viable y repleta de peligros, además que chocaba con sus más íntimos deseos. “El mundo es demasiado pequeño para limitarnos a un solo punto del globo. Quiero abarcarlo e ir a todas partes”, le dijo al prelado como respuesta a su invitación.

De todas formas, se dedicaba con empeño a implorar la luz divina y a consultar a personas de virtud y pru dencia acerca del proyecto propuesto por el insistente eclesiástico. Éste no tardó mucho en volver a tratar el tema y, esta vez, sonrió satisfecho al escucharla contándole un sueño que había tenido: un largo cortejo de santos desfilaba delante de ella, seguidos por la Virgen y por el mismo Sagrado Corazón de Jesús, que le decía: “¿Qué temes, hija mía? Vas a llevar mi nombre a costas lejanas; por consiguiente, ten valor y no miedo. Yo estoy contigo”.

Finalmente, la voz del Papa fue la que le sirvió de brújula para orientar sus anhelos misioneros y para probar el carácter incondicional de su obediencia. León XIII tenía conocimiento de la triste situación de los miles de inmigrantes italianos reducidos a meras piezas del engranaje industrial del Nuevo Mundo.

Muchos abandonaban la fe católica ante la escasez de un clero capaz de atenderlos en su lengua materna. El Sumo Pontífice, mirando a la carismática religiosa arrodillada a sus pies, le dijo: “No a Oriente, sino a Occidente. Vaya a Estados Unidos y encontrará los medios y un amplio terreno de trabajo”.

Entrando con ufanía en América

Entonces se entiende el espíritu con el que la Madre Cabrini se dirigió al palacio episcopal aquella primera mañana en suelo americano. El arzobispo la recibió dando muestras de evidente pesar y le explicó que le había enviado una carta en la cual se le comunicaba que surgieron algunos inconvenientes que hacían inviable el proyecto de abrir el orfanato que sería su primer campo de acción, y dicha misiva no había llegado a tiempo. “No veo otra solución, Madre, sino que usted y las hermanas regresen a Italia”,  concluyó.

Se hizo un pesado silencio, durate el cual Mons. Corrigan observaba a su interlocutora: su porte y su mirada revelaban que se trataba de una persona de fibra.

Pero no esperaba la aguda respuesta de la religiosa: “No, su Excelencia, eso es imposible. He venido aquí con el permiso de la Santa Sede, y aquí me quedaré”.

Dicho esto, concluyó con sencillez el asunto y le entregó al prelado un dossier de cartas de referencia de altas autoridades eclesiásticas romanas.

Vencido el primer obstáculo, la santa, “fuerte en sus principios y suave en sus maneras”, dio comienzo a su vastísima obra misionera. No tardó mucho en forjar duraderos vínculos de amistad con Mons. Corrigan,Quien, a su vez, se convirtió en su admirador y defensor.

En Nueva York encontró un amplio campo para su ardor misionero. Se hacía necesario despertar a los inmigrantes de su letargo espiritual, animarlos a asumir sus responsabilidades en la Ciudad de Dios y hacer que reencontraran el consuelo y la fuerza que sólo los sacramentos y la vida de la gracia confieren.

Su actuación produjo tal revuelo que atrajo el interés de la prensa local. Un periódico de la época así relataba la curiosa novedad: “Desde hace varias semanas, un grupo de mujeres de ojos oscuros, vestidas como Hermanas de la Caridad, han sido vistas por toda la ‘Pequeña Italia’, subiendo por estrechas y oscuras escaleras, bajando a sucios pasadizos subterráneos, arriesgándose a acceder a ciertos lugares inseguros donde ni siquiera la policía se atreve a entrar. […] Las dirige la Madre Cabrini, una señora de ojos grandes y atrayente sonrisa. No habla inglés, pero es una mujer de firmes propósitos”.

Augurios de una vocación especial

¡Qué ambiente tan diferente con respecto a la pequeña y acogedora Sant’Angelo Lodigiano, donde había nacido! Entre las sencillas reminiscencias domésticas conservadas por los Cabrini, se contaba el pintoresco episodio de algunos antepasados que partieron hacia Roma para recibir una herencia y regresaron apresuradamente al perder de vista la torre de la iglesia del pueblo, tal era su aprecio por su tierra natal…

Francisca le dio la espalda con decisión a ese bucólico rincón: el único lugar del mundo donde se negaba categóricamente a llevar a cabo una fundación. Esta actitud hacía brillar ante sus discípulas la personificación del principio evangélico: “Nadie que pone la mano en el arado y mira hacia atrás vale para el Reino de Dios” (Lc 9, 62).

A los ojos de su familia algún designio especial rondaba sobre Francisca, la agraciada benjamina de una numerosa prole. No fue casual que su entrada en este mundo, el 15 de julio de 1850, coincidiera con el revoloteo de una bandada de palomas blanquísimas alrededor de la casa de los Cabrini. Sus padres y parientes enseguida pudieron constatar que tenían bajo su cuidado a un primor de inocencia y, con el tiempo, descubrieron en ella algo más: el germen de una grandísima vocación de fundadora, con carisma para atraer, influenciar, persuadir, crear buen ambiente y mover los corazones.

Llamamiento misionero

Cuando todavía era pequeña, la familia solía reunirse junto a la chimenea en las noches de invierno para escuchar las impresionantes narraciones de los Anales de la Propaganda Fidei. En la escuela, Francisca analizaba el enorme atlas que tenían y trazaba mentalmente rutas en lejanas tierras de misiones. A los 13 años oyó la predicación de un misionero y no contuvo su entusiasmo y le confióa su hermana:

—Rosa, ¡quiero ser misionera!

Al ser quince años mayor, Rosase encargaba de darle sólidos fundamentos a su carácter. Por temor a que se estuviera convirtiendo en una soñadora, le replicó:

—Tú, tan pequeña e ignorante, ¿te atreves a pensar en llegar a ser misionera?”.

Francisca no dijo nada, pero redoblaba su fidelidad a las promesas que la gracia le hacía. Sin estremecerse, se aplicaba a la oración, a la recepción de los sacramentos, al estudio y a sus quehaceres, siendo intransigente consigo misma y afable con los demás.

Más tarde, al verla visitando a los pobres con su hermana, un viejo ingeniero comentaba: “Ah, eso es un ángel; ella no es un ser como nosotros; tiene algo de sobrenatural”. Incluso la exigente Rosa le daba una calificación excelente: “Francisca era perfecta en el ejercicio de la virtud de la obediencia”.

Durante los años que precedieron a la fundación de su instituto, su alma fue acrisolada con “persecuciones, incomprensiones, maltrato y la necesidad de vivir con personas que no se sentían atraídas por la vida religiosa”.  Mientras esperaba una clara señal de la Providencia, se vio obligada a renunciar temporalmente a la realización de sus altos ideales, obedeciendo a las autoridades eclesiásticas que, a nivel local, deseaban aprovecharse de sus extraordinarios dones. En ese crisol, atrajo y formó a un núcleo de jóvenes seguidoras, animándolas con la promesa: “Tened paciencia. Algún día seréis recompensadas yendo a las misiones”.

Por fin llegó, en 1880, el premio a la espera, a través de su obispo diocesano, Mons. Domenico Gelmini: “Quieres convertirte en misionera; este es el momento oportuno. No conozco ningún instituto de hermanas misioneras; funda uno”. Su respuesta no se hizo esperar: “Voy a buscar una casa”.

Rasgos de su carisma

La Madre Cabrini, llamada como“un vero generale” (un auténtico general), se regocijaba sintiendo su contingencia y simpatizaba con espíritus admirativos y generosos. Tenía tanta consonancia con el Apóstol quetomó por lema de su instituto: “Todo lo puedo en Aquel que me conforta” (Flp 4, 13).

Se regía por el principio jesuita de actuar como si todo dependiese de uno mismo, consciente de que todo depende de Dios; como patrón eligió al Apóstol de Oriente, San Francisco Javier; e hizo al Sagrado Corazón de Jesús la oblación de su ser. Para ella, el que quisiera alistarse al servicio del Divino Corazón sólo tenía que des-
apegarse de sí mismo y depender en todo de Dios.

Un ejemplo que demuestra ese desapego suyo fue la fundación de hospitales. Se sentía más propensa a actuar en el ámbito de la educación juvenil que en el sector de la salud.

Sin embargo, cuando en sueños —o tal vez en una visión— contempló a la Virgen María con el velo hacia atrás, recorriendo filas de camas de enfermos, empezó a levantar hospitales, los cuales se convertirían en instituciones modelares.

Encontrándose de misión en Colorado, sus religiosas descenderían hasta las entrañas de la tierra para llevar una palabra de esperanza a los mineros, recordándoles que asistieran a Misa, frecuentaran el confesionario y enviaran a sus hijos a la catequesis.

En las cárceles, libraba a las almas de la desesperación, incluso haciéndolesllegar los últimos sacramentos a algunos condenados a muerte.

Misionera infatigable

Antes de iniciar cualquier fundación en un país determinado, la Madre Cabrini se empeñaba en viajar hasta allí para conocer sus peculiaridades y valorar la viabilidad del proyecto, en colaboración con los eclesiásticos y las necesidades del lugar.

Pero no fueron los planos sino una moción sobrenatural la que la llevó en 1898 a Inglaterra, llamada por ella Nación de ángeles. En Londres notaba, en la cortesía con la que los transeúntes les atendían a ella y sus religiosas, simples viajeras extranjeras vestidas de negro, los vestigios de un pasado católico. “Así es como tratan a las hermanas en Inglaterra; y Dios, que considera como hecho a Él mismo todo lo que le hacen a sus siervos, bendecirá a esa nación y le concederá la gracia de regresar a la única Iglesia verdadera”.

En 1901, de vuelta a Buenos Aires, se detuvo en Brasil, pues sintió que “el Señor había preparado para nosotras una vasta arena de iniciativas”, decía. Siete años después, al retornar al puerto de Santos se conmovió al ver que iban a su encuentro unas barcas con sus queridas hijas, acompañadas por jóvenes estudiantes del colegio de São Paulo, que la recibieron con entusiasmo. Y aún se llevó la agradable sorpresa de ser recibida a su vez por los familiares de las muchachas en la estación de la Luz, de la capital paulista. Hizo dos pujantes fundaciones más en la Tierra de Santa Cruz: en Tijuca y en Flamengo, en Río de Janeiro.

A lo largo de veintitrés años, la Madre Cabrini recorrió Europa y las tres Américas, atravesando el océano decenas de veces. Su congregación actuaba en la vanguardia de la educación, de la salud y de la asistencia social, campos en los cuales las Hermanas Misioneras del Sagrado Corazó continúan ejerciendo su labor en los cinco continentes.

El Papa León XIII acompañaba el admirable florecimiento de la obra de esa infatigable misionera. En su úlima audiencia con ella le dijo: “Madre Cabrini, usted tiene el espíritu mde Dios. Llévelo al mundo entero”.

En una audiencia anterior, en 1898, el mismo Pontífice había animado a las dos hermanas estadounidenses que acompañaban a su fundadora: “Adquieran el espíritu de la Madre Cabrini. Adquieran el espíritu de la Madre Cabrini, porque es un espíritu santo”.

Embarcando en la misión eterna

Viviendo siempre preparada para el encuentro con su divino Esposo, en una ocasión la santa escribió: “Tengo la sensación que muero de amor por Ti. Para mí es un gran dolor, un lento martirio no ser capaz de hacer más por Ti, ¡oh, Señor mío! Extiende todas las fibras de mi ser, amado Señor, para que pueda volar más fácilmente hacia Ti”.

Habiendo cumplido la misión que le había sido confiada, el último hilo que la separaba de la unión definitiva con el Sagrado Corazón de Jesús fue roto el 22 de diciembre de 1917, en el Hospital Columbus, fundado por ella misma en Chicago. Como por respeto a su manera de ser, la muerte no la sorprendió en la cama, sino alerta y trabajando, preparando pequeños regalos de Navidad para los niños internados allí.

Al sentirse mal y dándose cuenta de que su fin se acercaba, descorrió el cerrojo de la puerta de su habitación, se sentó y tocó la campanilla para llamar a las hermanas. Cuando éstas acudieron corriendo, un derrame ya había segado su vida. Hasta en ese último momento brillaba su espíritu lúcido y firme, preocupada más con los demás que consigo misma.

Tan súbito paso se ajustaba a los ímpetus de su corazón, porque estaba segura de poderlo todo en Aquel que la fortalecía: “Sabes, oh Jesús mío, que mi corazón siempre ha sido tuyo. Con tu gracia, amorosísimo Jesús, seguiré tus pasos hasta el final
del camino, y esto, por siempre y para siempre. ¡Ayúdame, oh Esposo mío, porque deseo hacerlo ardientemente, rápidamente!”.

Tomado de la Revista Heraldos del Evangelio, nº 161, diciembre de 2016

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