Tras la muerte, una deuda pendiente

Publicado el 11/19/2021

Todos nos vemos obligados a enfrentar dificultades y dolores en esta vida, porque nadie está exento de ellas. El sufrimiento soportado con resignación cristiana tiene un papel purificador, correctivo, que hace de él como que un octavo sacramento.

Entre los muchos sufrimientos, hay uno que, aunque sea mera posibilidad en cuanto a la fecha, es una certeza absoluta para todos: la muerte. En efecto, estamos en la Tierra tan sólo de paso y nuestra meta final es el Cielo. Aunque, por ser esta una verdad tan dura, nos cuesta mantenerla ante los ojos, ya que nos gustaría traspasar el umbral de la eternidad sin tener que soportar el trágico trance en que el alma se separa del cuerpo.

La existencia del purgatorio es tan cierta que ningún católico ha tenido dudas acerca de ello. Fue enseñado desde los tiempos más remotos por la Iglesia y fue aceptado con indubitable fe cuando la Palabra de Dios fue predicada. La doctrina es revelada en la Sagrada Escritura y creída por millones y millones de creyentes de todos los tiempos .

En primer lugar debemos considerar que después de nuestra muerte no seremos juzgados según nuestro criterio personal, pues “la mirada de Dios no es como la mirada del hombre, porque el hombre mira las apariencias, pero el Señor mira el corazón” (1 Sam. 16, 7).

Estaremos ante la presencia de un Juez sumamente santo y perfecto, y en su Reino “nada impuro puede entrar” (Ap 21, 27) . En efecto, ante la presencia de Dios, de su luz purísima, el alma percibe en sí cualquier pequeño defecto, juzgándose ella misma indigna de tal majestad y grandeza.

¿Qué son estas manchas que deben purificarse en la otra vida? Son resquicios de apego exagerado a las criaturas, es decir, las imperfecciones y los pecados veniales, así como la deuda temporal de los pecados mortales ya perdonados en el sacramento de la Reconciliación.

Las imperfecciones y los pecados veniales disminuyen el amor a Dios en el alma

Sería difícil calcular el inmenso número de pecados veniales que cometemos. Hay un gran número de faltas de amor, de egoísmos, pensamientos, palabras, actos de sensualidad, también en cientos de variantes; faltas de caridad, de pensamiento, palabra, obra, y omisión. Pereza, vanidad, celos, tibieza y otras innumerables faltas. Hay pecados por omisión que no pagamos. Amamos tan poco a Dios, y Él clama cientos de veces por nuestro amor. Lo tratamos fríamente, indiferentemente y hasta con ingratitud.

A causa de los afectos y apegos desordenados se establece un estado de desorden en nuestro interior, alejándonos del mandamiento de amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos por amor a Dios.

Esta es la causa por la cual, antes de acceder a la Gloria Celestial “la justicia de Dios exige una pena proporcional que restablezca el orden perturbado ” Las almas se sujetan a este castigo incluso con alegría, en plena conformidad con la voluntad del Señor, pues su único y ardiente deseo es verse limpias y poder configurarse con Cristo.

San Francisco de Sales nos dice que las almas en este estado “se purifican voluntariamente, amorosamente, porque Dios así lo quiere” y “porque están seguras de su salvación, con esperanza inigualable”.

Tomado del libro, Recemos por las benditas almas del purgatorio, pp. 9-14

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