Un anticipo de la visión beatífica

Publicado el 08/28/2025

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El Coloquio de Ostia, uno de los pasajes más famosos de las Confesiones de San Agustín, abre los horizontes para los grandes luceros de la hagiografía y de la doctrina católica. En él brilla el cántico de dos corazones abiertos a recibir de Dios todo lo que se puede saborear en esta vida terrena al respecto a las alegrías del Cielo.

Plinio Corrêa de Oliveira

San Agustín – Iglesia de Santa María, Kitchener, Canadá

El 28 de agosto es la festividad de San Agustín, y en esta ocasión podemos comentar un famoso pasaje de su biografía. De hecho, recomiendo encarecidamente este libro: Las Confesiones, siempre que se lo sepa leer, ya que contiene algunas descripciones filosóficas que no son muy comprensibles para todos. La parte biográfica, sin embargo, está al alcance de cualquier lector piadoso y es estupenda.

El último suceso de la vida de Santa Mónica

En las Confesiones hay un pasaje verdaderamente magnífico y muy famoso, llamado el “Éxtasis de Ostia” o “Coloquio de Ostia”. El episodio es el siguiente: Santa Mónica pasó treinta años o más llorando y pidiendo a Dios la conversión de San Agustín. Sin embargo, parecía que cuanto más rezaba, más lejana se volvía esta conversión. De una locura a otra, San Agustín terminó comiendo las bellotas de los cerdos y así comenzó un proceso de conversión que hizo de él al gran Doctor de la Iglesia.

Tras su conversión, San Agustín decidió regresar con Santa Mónica al norte de África, de donde eran oriundos, para establecerse allí. En aquella época, esta región era romana.

De camino a África, recorrieron parte de Italia hasta llegar a un pequeño puerto cerca de Roma, de cierta importancia en aquel entonces, situado en la ciudad de Ostia. De allí embarcarían hacia Tagaste.

Mientras se encontraban en la posada de Ostia, se apoyaron en una ventana y comenzaron a conversar. Y, durante esta conversación sobre Dios y las cosas del Cielo, ambos entraron en éxtasis.

San Agustín retrata este extraordinario coloquio en la posada de Ostia y es uno de los pasajes más famosos de las Confesiones.

Pocos días después, aún en la ciudad de Ostia, Santa Mónica falleció. Su misión terrenal estaba cumplida y Nuestro Señor Jesucristo la llamó al Cielo para gozar de la recompensa merecida. El último gran evento de su vida fue la alegría de tener esta conversación con su hijo, que fue una premonición, un anticipo de la visión beatífica.

Dos santos conversando sobre la vida eterna

Decidí extraer el coloquio directamente del libro Confesiones de San Agustín, porque es una página célebre que abre nuestros horizontes a los grandes luceros de la hagiografía y la doctrina católica.

El día en que ella dejaría esta vida ya se acercaba, un día que tú conocías y nosotros ignorábamos…

¡Estas interpelaciones directas de San Agustín a Dios son magníficas! Los soliloquios que escribió, por ejemplo, tienen algo que es absolutamente estupendo.

…sucedió, según creo, por disposición de vuestros designios secretos, que nos encontrásemos solos, ella y yo, apoyados en una ventana cuya vista daba hacia el jardín de la casa donde vivíamos. Fue en Ostia, en la desembocadura del Tíber, donde, separados de la multitud, tras la fatiga de un largo viaje, recuperábamos las fuerzas para embarcarnos.

Hablábamos a solas, con mucha dulzura, olvidando el pasado y expandiéndonos hacia el futuro. En presencia de la Verdad, que eres Tú, nos preguntábamos cómo sería la vida eterna de los santos, “que nunca los ojos vieron, nunca el oído oyó, ni el corazón del hombre concibió”.

¡Qué belleza el ver dos santos conversando sobre la vida eterna! Y la alegría de Santa Mónica al sentir aquel hijo, otrora perdido, ahora ardiendo en deseos del Cielo. ¡Es verdaderamente maravilloso!

Sí, los labios de nuestros corazones se abrían ansiosos a la corriente celestial de nuestra fuente, la fuente de Vida, que está en Vos, para que, rociados según nuestra capacidad, pudiéramos de alguna manera pensar en un asunto tan trascendente.

Santa Mónica con San Agustín niño Museo Amadeo Lia, La Spezia, Italia

Quisiera destacar la maravilla de la expresión “los labios del corazón”, es decir, aquello por donde el corazón bebe, sorbe, estaban abiertos para recibir de Dios todo lo que en esta vida terrena se puede experimentar sobre las alegrías del Cielo.

La búsqueda de lo absoluto

Llevamos la conversación hasta la conclusión de que los deleites de los sentidos corporales, por grandes que sean y por brillante que sea el esplendor sensible que los rodea, no son dignos de compararse con la felicidad de aquella vida, ni que de ellos se haga mención.

Elevándonos en afectos más ardientes por esa felicidad, divagamos gradualmente por todas las cosas corporales hasta el mismo cielo, desde donde el sol, la luna y las estrellas iluminan la tierra.

Es una verdadera búsqueda de lo Absoluto. Primero consideraron las cosas terrenales que halagan los sentidos, porque estaban en el decadente Imperio Romano, donde existían fortunas fabulosas y personas que, para deleitar los sentidos, gastaban cantidades asombrosas. Así, el primer enfrentamiento es entre la felicidad celestial y la de los hombres, entonces, considerados felices.

De las cosas materiales al éxtasis

Ante la respuesta de que toda la tierra no es nada, comienzan a viajar por los cielos, imaginando con los datos del cielo material y visible, cómo sería el paraíso celestial material pero invisible, y cómo se goza de la gloria de la visión beatífica en ese paraíso.

Subíamos aún más alto en espíritu, meditando, hablando y admirando vuestras obras. Llegamos a nuestras almas y pasamos por ellas para llegar a esa región de abundancia inagotable, donde apacentáis eternamente a Israel con el pasto de la verdad. Allí, la vida es la Sabiduría misma, por quien todo fue creado, todo lo que existió y existirá, sin crearse a sí misma, pues existe como siempre fue y como siempre será. Más bien, no hay en Ella “haber sido”, o que “haya de ser”, pues simplemente “es”, porque es eterna.

Tras considerar todo lo material, pasan por lo espiritual y llegan al alma como elemento para tener una idea de la belleza y la perfección de Dios. Finalmente, los espíritus de ambos se detienen en la cúspide de todo esto: la Sabiduría Eterna e Increada, que siempre fue, es y siempre será, el fin y la explicación de todas las cosas. ¡Cuán diferente es esto de una meditación melosa y sin sustancia!

Mientras así hablábamos, anhelantes por la Sabiduría, la alcanzamos momentáneamente en un vislumbre completo de nuestro corazón.

Es el éxtasis. En otras palabras, mientras conversaban sobre estas cosas, guiados por la gracia, la Sabiduría se les reveló y tuvieron una visión de Dios, por medio de un fenómeno místico.

Son dos santos hablando, una conversación que es una oración y que se eleva, de un punto a otro, y, cuando alcanza su punto culminante —todo con tanta sencillez, en una ventana de una posada en Ostia, en las habitaciones traseras con vistas a un jardín—, Nuestro Señor se les aparece como la Sabiduría Eterna.

Coloquio de Ostia – Basílica de la Madre del Buen Consejo, Genazzano

Las palabras son cosas vacías frente a lo que Dios ha revelado acerca de Sí mismo

Suspiramos y salimos de allí aferrándonos a “las primicias de nuestro espíritu”.

Lo mejor de ellos quedó en la visión y no regresaron a la Tierra. …Volvimos al vano ruido de nuestros labios, donde la palabra comienza y termina. ¿Cómo podrá ésta, Dios mío, compararse a vuestro Verbo que subsiste por sí mismo, sin envejecer jamás y renovándolo todo?

Aquí hay un indicio de que Dios les dijo una palabra sobre su propia Sabiduría. Y era algo tan elevado que cualquier intento de transmisión sería un balbuceo. La visión cesó, y sus palabras eran vacías ante lo que Dios había revelado de sí mismo.

Un vislumbre paradisíaco e inefable

Él imagina un alma que no toma en cuenta nada más de lo creado, que consigue abstraerse de todo y, de repente, escucha una palabra de Dios sobre sí mismo.

Decíamos entonces: supongamos un alma donde la rebelión de la carne, las vanas imaginaciones de la tierra, del agua, del aire y del cielo yacen en silencio.

Muerte de Santa Mónica – Convento de San Agustín, Quito

Supongamos que ella guarda silencio en su interior, que pase hacia más allá de sí misma, sin siquiera pensar en sí misma; un alma en la cual los sueños y las revelaciones imaginarias son igualmente silenciosos, cada palabra humana, cada señal, en resumen, todo lo que sucede fugazmente.

Imaginemos que en esta misma alma hay un silencio absoluto, porque, si aún puede oír, todos los seres le dicen: no nos hicimos a nosotros mismos, Él, que permanece eternamente, nos hizo. Si, al pronunciar estas palabras, los seres enmudecen, porque ya han escuchado a Aquél que los creó, supongamos entonces que sólo Él habla, no a través de estas criaturas, sino directamente, de modo que escuchamos su palabra, no pronunciada por una lengua corpórea, ni por la voz de un ángel, ni por el rugido de un trueno, ni por metáforas enigmáticas, sino ya por Él mismo. Supongamos que oíamos a Aquel a quien amamos en las criaturas, pero sin su mediación, tal como acabamos de experimentar, alcanzando, en un vuelo de pensamiento, la Eterna Sabiduría, que permanece inmutable sobre todos los seres.

Si esa contemplación continuara y cesaran todas las demás visiones de un orden muy diferente, si tan sólo ésta irrumpiera en el alma y la absorbiera, de modo que la vida eterna sería similar a ese vislumbre intuitivo, …

Es la visión beatífica.

…por el cual suspiramos, ¿no sería esto el cumplimiento del “entra en el gozo del Señor”? ¿Y cuándo sucederá esto? ¿Será cuando todos resucitemos? Pero entonces, ¿no seremos todos transformados?

Él afirma que, si un alma pudiese permanecer eternamente sólo en esa visión, ya tendría un placer paradisíaco inefable y extraordinario.

Santa Mónica no quería al hijo para sí, sino para Dios

Aunque no lo decíamos de la misma manera ni con estas palabras, sin embargo, sabéis bien, Señor, ¡cuán vil nos pareció el mundo y sus placeres aquel día cuando hablábamos así! Mi madre añadió: “Hijo mío, en cuanto a mí, ya nada me da placer en esta vida. No sé qué hago aún aquí, ni por qué aún sigo aquí, pues las esperanzas de este mundo ya se han desvanecido. Por una sola razón quería prolongar un poco mi vida: para verte convertido al cristianismo y al catolicismo antes de morir. Dios me concedió esta gracia sobreabundantemente, porque veo que ya desprecias la felicidad terrena para servir al Señor. ¿Qué hago yo pues aquí?”.

Días después, ella falleció. En esta visión, tuvo una premonición de su propia muerte y comprendió que no tenía nada más que hacer.

¡Qué diferencia entre una madre santa y una madre sentimental! Esta última diría: “Ahora que mi hijo se ha convertido, la vida ha comenzado para mí. Escucharé sus sermones y veré sus obras, llevaré una vida placentera con él en la casa episcopal, admirando la virtud y el talento de aquél a quien engendré para la vida natural; y, a quien arranqué, mediante mis oraciones, de la muerte eterna para llegar a ser un gran santo. ¡Ahora es el momento de vivir!”

Santa Mónica no quería ver a su hijo para nada de eso, sino para Dios. Cuando sintió que San Agustín estaba en manos de Dios, no quiso perder más tiempo en la tierra. Unos días después, expiró. Ella es una santa y el último gran acontecimiento de su vida lo narra un gran santo.

(Extraído de conferencia del 31/8/1965)

 

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