Un monumentode virtudes

Publicado el 01/28/2026

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Santo Tomás, el más grande de los Doctores, se ponía ante el Santísimo Sacramento cuando la ciencia por sí sola no bastaba para resolver algún problema. Esta es una característica propia de este gran genio: la humildad; una virtud tan desconocida para muchos intelectuales.

Plinio Corrêa de Oliveira

El hombre que se convertiría en el Doctor Angélico nació en el castillo de Roccasecca, cerca de la ciudad de Aquino.

Dificultades para ingresar en la Orden Dominicana

Niño de excepcional inteligencia y carácter sumamente dócil, el futuro fray Tomás halagaba la vanidad de sus padres y de toda su familia. Pero, siendo aún joven, su padre lo sacó de la abadía de Montecassino, donde estudiaba. Enviado a Nápoles para continuar sus estudios, allí conoció a los dominicos. Estos monjes consideraron más prudente enviarlo a París, pero sus hermanos y su madre se opusieron formalmente a esta decisión, interceptándolo en el camino y llevándolo al castillo de San Giovanni. Allí, se emplearon todos los medios para disuadirlo de su determinación, incluso los más sórdidos. Pero nada pudo apartarlo de su resolución, reaccionando siempre con serenidad. Finalmente, su madre, entristecida y edificada por la constancia y la paciencia de aquel sencillo muchacho, convenció al padre quien le permitió seguir su vocación y ordenó a sus hijos que lo dejasen.

El futuro santo ingresó entonces en la Orden Dominicana, partiendo inmediatamente hacia París, y más tarde desde allí a Colonia, donde fue discípulo de San Alberto Magno.

Abadía de Monte Cassino

“El buey mudo” Su admirable inteligencia pronto lo distinguió. Un día, San Alberto Magno, el mayor doctor de su tiempo, al enterarse de que los compañeros del hermano Tomás solo lo llamaban buey por sus grandes ojos pensativos, dijo: “Sus mugidos resonarán por todo el mundo durante mucho tiempo”. Era un genio que descubría y admiraba a otro gran genio.

Aquino, en el Lacio, lugar de nacimiento de Santo Tomás

Su fama como científico ya era enorme cuando comenzó su carrera como profesor. Los Papas lo estimaban y manifestaban abiertamente esta estima ofreciéndole honores y dignidades, pero él los rechazaba todos. El rey de Francia, San Luis IX, lo consultaba invariablemente sobre todos los problemas importantes. Durante su estancia en París, el rey lo invitó a cenar y se entretenía con sus constantes distracciones. En cierta ocasión, en medio de una animada conversación, fray Tomás, que había permanecido en silencio, exclamó de repente: “¡Gracias a Dios, he encontrado un argumento decisivo contra los maniqueos!”.

Humildad y sencillez del gran genio

Entre los rasgos característicos del carácter de este gran genio se encontraba una virtud desconocida hoy para nuestros intelectuales menos brillantes: la humildad. A quien insinuó que carecía de talento, respondió con ingenuidad: “Debe ser cierto, porque siempre necesito estudiar”.

Escena de la vida de Santo Tomás de Aquino – Convento de Santo Domingo, Lima

Enseñando constantemente, jamás dejó de estudiar y escribir. Una de las obras más prodigiosas del mundo, la “Summa Theologica”, fue escrita por él en medio de las preocupaciones pedagógicas. Su genio, sin embargo, no se limitaba a la filosofía. Magníficos himnos y poemas de una inspiración sumamente afortunada fueron sus obras de las horas de descanso. Su prodigiosa erudición no mermó la frescura de su espíritu.

El gran genio fue, hasta su muerte, como Jesús en el Evangelio desea que seamos: como niños pequeños. Su piedad era sencilla y confiada, y cuando su conocimiento no bastaba para resolver algún problema, simplemente se colocaba ante el Santísimo Sacramento, sabiendo que allí recibiría inspiración.

Una vez, estando él ante el Santísimo Sacramento, Dios le dijo: “Has escrito muy bien de mí, Tomás, ¿qué recompensa esperas recibir?” —Sólo a ti —respondió el Santo. Su muerte, ocurrida en un monasterio cisterciense mientras explicaba el Cantar de los Cantares, sumió al mundo entero en la tristeza. Sin embargo, sus obras esclarecen aún hoy a las inteligencias alejadas de toda pedantería intelectual.

Proclamado en nuestros días Doctor Communis Ecclesiæ y guía de los estudiantes, Studiorum ducem, Santo Tomás mereció que su doctrina fuera recomendada oficialmente por los últimos Pontífices.

San Alberto Magno y Santo Tomás de Aquino – Museo de Bellas Artes, Salamanca

Angélico por la castidad

En la encíclica Studiorum ducem¹, encontramos el siguiente resumen: Tomás poseía, sin duda alguna, todas las virtudes morales en general, en grado excelentísimo, y las tuvo unidas y conexas de tal manera que, como él mismo enseñó, todas confluían en la caridad, que da forma a todos los actos de virtud.

La caridad no se entiende directa y principalmente como amor al prójimo, sino como amor de Dios. En la medida en que deriva del amor de Dios, el amor al prójimo es caridad, como el efecto indica la causa.

Por lo tanto, sus virtudes derivaban del amor de Dios, que era la fuente de todas ellas.

Si buscamos, sin embargo, las características particulares de su santidad, la primera es una santa semejanza con la naturaleza angélica. No me refiero solo a la castidad que siempre conservó intacta, sino sobre todo a la castidad que resplandecía en su alma tras ser ceñido por los ángeles con un cíngulo místico, después de la dura prueba en la prisión familiar.

Él quería ser dominico, pero su padre se oponía a ello. Por esto, ordenó que lo encerraran en una torre para ver si allí, en prisión y en aislamiento, renunciaba a su vocación. Viendo que no desistía, que permanecía allí en oración y estudio, el padre envió a una mujer de vida desviada para tentarlo. Era invierno y tenía la estufa encendida. Cuando ella se acercó, él agarró con las tenazas para remover las brasas una de éstas y corrió tras ella, quien huyó despavorida.

Gracias a la valiente y admirable resistencia que mostró ante la tentación del pecado impuro, un ángel se le apareció y, como recompensa, lo ciñó con una protección invisible contra nuevas tentaciones de impureza.

Así, Santo Tomás de Aquino, el gran ángel, fue liberado de la tentación que podría haber obstaculizado su espíritu, perjudicado sus estudios y la magnífica obra que realizaría para la Iglesia católica.

Habitualmente sumiso y respetuoso

Pero, sobre todo, lo que destaca en la santidad de Tomás es lo que Pablo llama sermo sapientiæ²: aquella unión de dos sabidurías, como se las denomina, de la adquirida y de la infusa, con las cuales nada tan conveniente cuanto la humildad, la diligencia en la oración y el amor de Dios.

Poseía dos formas de sabiduría: la doctrinal, que lo convirtió en el ángel de las escuelas; y la práctica, que lo llevaba a evitar la impureza.

La humildad era como el fundamento sobre el que se asentaban las demás virtudes de Tomás. Esto resulta evidente para cualquiera que observe con qué sumisión, a lo largo de su vida cotidiana, obedeció a un hermano converso.

Y esto no resulta menos conmovedor para quienes leen sus escritos, donde se percibe tal respeto por los Padres de la Iglesia que parece haber compartido alguna inteligencia de los antiguos Doctores, pues los veneró profundamente.

Por orden de sus superiores, había un hermano lego que daba órdenes a Santo Tomás. Era una persona incomparablemente inferior, pero que ejercía la autoridad del voto de obediencia y a quien obedecía ciegamente. Es hermoso ver a una persona de la santidad y cultura de Santo Tomás someterse así al yugo de alguien mucho menos culto y, probablemente, menos santo que él. La Encíclica se refiere al respeto del Hermano Tomás por los demás Doctores de la Iglesia: siempre los cita con veneración. Él, que fue el más grande de los Doctores, ¡cita a sus predecesores, que fueron inferiores a él, con el máximo respeto! Y esto queda admirablemente demostrado por el hecho de que empleó las facultades de su genio divino no para su propia gloria, sino para la difusión de la verdad. Así, mientras los filósofos se convertían, por así decirlo, en servidores de su fama, Tomás, al transmitir su doctrina, busca borrarse por completo de su propia persona, para que la luz de la verdad celestial brille con todo su esplendor.

Fachada de la iglesia de la abadía de Fossanova, monasterio cisterciense, donde murió Santo Tomás.

¡Esto es algo admirable en la obra de Santo Tomás! Se podría decir que el hombre no está presente. Es razonamiento filosófico y teológico en estado puro. No dice ni hace nada en donde se perciba la vibración del autor; él está completamente ausente. Es el puro amor por la verdad, por la doctrina católica, lo que se expresa a través de sus escritos.

Solución opuesta a la vanidad

A esta humildad y pureza de corazón se sumaba una gran asiduidad en la oración. El espíritu de Tomás era dócil y sensible a las inspiraciones y la luz del Espíritu Santo. Él recibía y seguía estas inspiraciones, que son los principios de la contemplación.

Cuando no podía resolver un problema, oraba junto al Sagrario; naturalmente, también pensaba. En cierta ocasión, él tuvo gran dificultad para resolver un problema; entonces abrió la puerta del Sagrario y metió la cabeza dentro, para que la atmósfera divina del Santísimo Sacramento impregnara su mente y la solución fluyera, lo cual, en efecto, sucedió

Triunfo de Santo Tomás de Aquino – Museo del Louvre, París

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¡Qué opuesto al espíritu del vanidoso! Porque éste se retira a su habitación: “¡Leeré más autores griegos, pensaré y conoceré la verdad!”. ¡Qué absurdo! ¡de ahí no salen sino insensateces! Sin embargo, es a través de aquel camino por donde surge el milagro.

A esta humildad y pureza de corazón, sumó una gran asiduidad en la oración.

Para obtenerlas del Cielo, a menudo se abstenía de todo alimento y pasaba noches enteras orando para resolver sus problemas. En un impulso de su sencilla piedad, apoyaba la cabeza en el tabernáculo.

Si no hablaba con Dios, se dijo que de Dios siempre hablaba. Tenía la costumbre de contemplar todas las cosas en Dios como siendo causa primera y fin último.

¿Se puede elogiar más a un hombre? Él tenía la costumbre de contemplar todas las cosas en Dios como causa primera y fin último de todas las cosas. 

(Extraído de O Legionário n.º 338, 5/3/1939 y conferencia del 7/3/1969)

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1) Encíclica de Pío XI, de 1923, sobre Santo Tomás y su doctrina.

2) Del latín: Palabra de sabiduría. Flávio Lourenço Triunfo  

 

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