Plinio Corrêa de Oliveira
En la Letanía de todos los Santos hay una invocación que dice: Ut mentes nostras ad cælestia desideria erigas, te rogamus audi nos” – “Para que eleves nuestras almas a los deseos de las cosas celestiales, te rogamos, óyenos”.
¿Qué es ese deseo? Fundamentalmente es el anhelo de ir al cielo. Pero, por más noble y santo que sea ese anhelo, no basta para definir íntegramente el concepto contenido en esa invocación.
En la tierra tenemos cosas que son figuras de las realidades celestes, y es necesario amar esas figuras para, de hecho, decir que tenemos apetencia de las cosas del cielo, pues, las cosas terrenas nos fueron dadas para aprender a amar las celestiales.
Sin embargo, el deseo de las cosas celestiales tiene como corolario necesario el odio implacable, militante, continuo, meticuloso, inflexible contra todo aquello que, en la tierra, sea contrario a esas realidades. Sin un odio al infierno no existe verdadero amor al cielo; por lo tanto, sin un odio a las cosas que en la tierra son a la manera del infierno, no existe verdadero amor a las criaturas terrenas conformes al cielo.
¿Cuáles son las cosas a la manera del cielo? Indico una que engloba todas: el Reino de María. ¿Y cuáles las que son a la manera del Infierno? La Revolución. La Contra-Revolución es el movimiento que nos debe llevar a derrotar la Revolución y a establecer en la tierra el Reino de María que es, a su vez, la imagen del cielo en la tierra.
En la medida en que el conjunto de los pueblos se deje embeber por la acción santificadora de la Iglesia, se constituye la ciudad de Dios, que es un noviciado del cielo. La condición fundamental para que la tierra sea ese seminario del cielo es, consecuentemente, que las cosas terrenas sean utilizadas habitualmente para la salvación de las almas, que las condiciones de la Iglesia Católica estén en estado de excelencia, en la plenitud de su salud.
Pero, eso no basta. Es preciso que haya también orden en la sociedad temporal, inspirada, suscitada y guiada por la Iglesia, pues, estando en orden la sociedad espiritual, la temporal estará ordenada a llevar a las almas para el cielo. Entonces la vida terrena se torna una imagen del cielo.
Los órdenes espiritual y temporal, organizados según la Doctrina Católica constituyen la ordenación perfecta de este mundo. Cuando hablamos del Reino de María, es a eso que nos referimos.
Así siendo, ¿qué debemos pedir a Nuestra Señora? Que eleve nuestras almas, obteniendo para ellas una operación del Espíritu Santo por medio de la cual amemos mucho y cada vez más el ideal del Reino de María y deseemos la implantación de ese Reino. Y para que ese deseo sea vivo, que tengamos odio al actual orden revolucionario de las cosas.
Ese es el verdadero síntoma de que nuestras almas fueron elevadas al deseo de las cosas celestes y que, por tanto, caminan para el cielo, Reino Eterno, perfecto, imperecedero, de Nuestra Señora, al que aprendemos a amar, amando el Reino de María en la tierra.*
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* Conf. Conferencias del 30/12/1965 y 5/1/1993.







