Francisco Marto es un modelo de esperanza para todos aquellos que no se sienten bastante fieles. Es un patrono para los imperfectos, para los que podrían desesperarse por estar tristes consigo mismos.
Plinio Corrêa de Oliveira

La aparición de Nuestra Señora de Fátima fue comentada muchas veces entre nosotros. Pero, dentro de los riquísimos pormenores de este asunto, ¿podríamos encontrar algún hecho más que sirva para nuestra edificación espiritual?
Hay un hecho muy interesante que nos puede servir.
Los grados de interlocución
En una interlocución con alguien, podemos tomar en consideración tres grados. El grado más perfecto es cuando vemos al interlocutor, lo oímos y hablamos con él. Hay un segundo grado, menos perfecto, en el cual vemos y oímos al interlocutor, pero no hablamos. Y hay un tercer grado, menos perfecto aún, cuando solo vemos, no oímos ni hablamos. Estos son los tres grados decrecientes de una interlocución.
Ahora bien, la Santísima Virgen tuvo en Fátima esos tres grados de interlocución. Porque Lucía la vio, oyó y habló con Ella, teniendo la plenitud de contacto con Nuestra Señora. Jacinta la vio y la oyó, pero no habló con Ella, sino que solo la presenció.
Francisco no oía ni hablaba, únicamente veía. Nuestra Señora estaba descontenta con algunas imperfecciones de él. Por esa razón, sin cancelarle el inestimable don de participar de las visiones, no le permitió dos puntos: no pudo oírla ni hablar con Ella.
Durante esas visiones, Francisco se convirtió. No quiere decir que fuera un pervertido, sino que era relajado y estaba en condiciones menos perfectas. Sin embargo, Nuestra Señora tuvo lástima de él y lo convirtió; se hizo un niño ejemplar, pidió mucho perdón por todas las imperfecciones que tuvo y murió como un santo.
Una enseñanza de vida espiritual
No me acuerdo de los pormenores de su conversión, pero me acuerdo que, cuando la leí, quedé impresionado y vino a mi espíritu la siguiente idea– yo aún era muy joven en aquel tiempo–: “¿Será posible, de hecho, que una persona cambie tanto como él? ¿Hay conversiones, fervores así? Estoy hablando intencionalmente de conversión de fervor. Francisco era una persona poco fervorosa en algunos aspectos y se volvió después muy fervoroso.
Un esquema de la vida espiritual de Francisco: primero, un gran llamado; segundo, una correspondencia mediocre; tercero, una inmensa misericordia: no fue excluido; cuarto: sin embargo, no dejó de perder algo; quinto: Nuestra Señora después le dio todo, porque él se unió a Ella en el Cielo como si hubiera sido fiel durante todo el tiempo. Estas son las cinco notas dominantes de la vida de Francisco.
Hay otra nota colateral a esas y es la mejor sonrisa de Nuestra Señora, porque todo eso indica su misericordia: a los que Ella llama y que no sean, tal vez, bastante fervorosos, les pide una entrega plena. Y, a pesar de ser Madre de misericordia, Ella no es para nada débil.
Punido, pero no excluido
¿Se puede imaginar todo lo que Francisco perdió al no oír a Nuestra Señora, al no poder hablar con Ella? Oír su timbre de voz… ¿Qué es recibir en el alma las mil gracias a través del timbre de voz de la Madre de Dios?
Para dar una pálida idea, imagínense cuál es la infelicidad de un hombre que nunca oyó música sacra, sino únicamente profana. ¡Cómo tendría horizontes limitados! Es mucho mejor haber oído solamente música eclesiástica y nunca todas las profanas, que haber quedado privado en su alma del conocimiento de ese valor maravilloso que es la Iglesia cantando. Pues bien, si el canto de la Iglesia tiene tanta expresión y hace tanto bien al alma, ¿qué puede hacerle al alma el timbre de voz de Nuestra Señora? ¡Él lleva consigo la modulación de todas las virtudes imaginables, en un grado mucho mayor de lo que se puede o se pueda imaginar! Se ve, por tanto, la enorme pérdida que Francisco tuvo.
Es natural, es legítimo que seamos más sensibles a la idea de la privación de ver a Nuestra Señora. Porque ver es más cognitivo que oír, bajo cierto punto de vista. Pero, por todo cuanto se pierde no viendo, se puede calcular algún tanto lo que se pierde no oyendo. Él fue castigado, ¡pero con cuánta bondad maternal! Él podía ser excluido y, sin embargo, le fue dada aquella maravilla: ¡ver! Y recibió las gracias enormes derivadas de ver. Más aún, al ver se convirtió; al convertirse, amó plenamente y alcanzó la gracia de las gracias de una plena fidelidad y de la muerte perfecta. Obtuvo la gracia de la santidad.

Como Francisco, ¡también seré perdonado!
En eso, que fue como una lágrima de Nuestra Señora, brilló una sonrisa. Francisco fue el patrón, el modelo, el ejemplo de la esperanza de todos aquellos que, llamados, no se sienten bastante fieles; tienen la preocupación en cuanto a la fidelidad que hayan tenido y tienen miedo del día en el cual la Providencia golpeará la puerta de sus almas, de tampoco ver o no estar presentes.
Nuestra Señora constituye así, para los imperfectos, a un patrono cuya oración es la esperanza de aquellos que podrían desesperarse por estar tristes consigo mismos. Aquel que fue llamado y fue infiel, en parte fue castigado, en parte, sin embargo, fue aceptado, convertido y llamado al Cielo, convirtiéndose en un ánimo para los que estuviesen en sus mismas condiciones en la Tierra.
Así, si algunos se encuentran en la situación de Francisco, tienen todas las razones para darse golpes de pecho, y en el día de Nuestra Señora de Fátima, pedirle, por medio de ese vidente, que ponga en nuestra alma una esperanza viva: ¡como él, yo también podré ser perdonado!
María Santísima me dio la gloria, la merced de ser su devoto y de conocer la Causa contrarrevolucionaria. Yo vi, pero –hélas!–, ¿oí menos de lo que debería? ¿Será que oí la voz de la gracia con alguna sordera?
Que Nuestra Señora me cure de esa sordera, para aprovechar enteramente la presencia y el calor de aquello que me fue dado ver; para ser, yo también, perdonado por completo; para ser fiel en los días de los castigos predichos por Ella en Fátima, como Francisco lo fue en el momento de la muerte. Para ser santo como él y rezar en el Cielo por todos aquellos que, a la manera mía y la manera de él, se arrastran y tambalean por los caminos de la fidelidad, hasta el momento en que la Madre de misericordia sienta lástima de nosotros.
(Extraído de conferencia del 13/5/1970)







