Yves apenas conseguía respirar y le ofrecía a Jesús su vida para que la religión pudiera volver a ser practicada en su patria. Entonces fue cuando ocurrió el milagro…
Hna. Mary Teresa MacIsaac, EP
Corría el año de 1793. Acampados en un claro del bosque, los soldados de la brigada republicana se calentaban alrededor de una hoguera en aquella noche de invierno. A pesar del intenso frío que hacía se encontraban satisfechos, pues el día anterior, 23 de diciembre, habían derrotado en Savenay, cerca del río Loira, al ejército de los insurgentes: los campesinos de las regiones de La Vendée y de Bretaña.
Las autoridades de París, las mismas que habían puesto en funcionamiento la guillotina en las plazas de las principales ciudades, decretaron la eliminación de dichos rebeldes, cuyo objetivo al parecer se había logrado en esa batalla en Savenay. Así, las tropas vencedoras se entregaron a festejarlo con abundante aguardiente. Si atrapaban a algún enemigo sobreviviente, aprovechaban la ocasión para desquitarse de él con inhumano refinamiento de crueldad. Pero he aquí que le presentan al jefe un inesperado prisionero:









