En la Antigüedad clásica, sólo unos pocos filósofos —uno de ellos llamado Diágoras, nacido en Melos, y otro Teodoro, conocido como el Ateo— se declararon ateos, y los que lo hicieron nunca se granjearon la adhesión de sus coetáneos. Únicamente con la marcada decadencia moral y religiosa de la humanidad entre los siglos xvii y xviii, el ateísmo ganó numerosos adeptos.
Efectivamente, un significativo hito histórico se produjo con la Ilustración, cuyos seguidores, algunos ateos, otros agnósticos y, en su mayoría, deístas, endiosaron la razón en detrimento de los dogmas de la fe católica. La propagación de estas ideas preparó el terreno para que, en el siglo xix, irrumpiera el llamado socialismo científico. Sus teóricos —Marx, Engels y Feuerbach, ostensiblemente ateos— influyeron profundamente en los acontecimientos religiosos, políticos, sociales y económicos del siglo XX.

La existencia de Dios es evidente incluso para los demonios, ángeles caídos, pero de altísima inteligencia. No obstante, en el error de negarla incurren numerosos ateos… A la izquierda, Marx, Engels y Sartre;
Siguieron la misma senda, en un nuevo hito histórico, los ideólogos del movimiento anarquista de la Sorbona de 1968: Herbert Marcuse, Jean Paul Sartre y Louis Althusser, por mencionar sólo algunos. En este siglo xxi, enumerar una lista de filósofos y pensadores ateos extendería innecesariamente el presente artículo…
Sin embargo, ¿Dónde encontrar una solución para desentrañar el núcleo de esta problemática? ¿Cuál es la causa fundamental del error de los ideólogos ateos?
El pensamiento perenne de Santo Tomás de Aquino nos ofrece una respuesta luminosa a estas preguntas. En efecto, nosotros, los seres humanos, somos incapaces de ver a Dios directamente; por lo tanto, su existencia no nos resulta evidente. No obstante, a partir de la observación del mundo y de la vida cotidiana, y mediante razonamientos y deducciones lógicas, el Doctor Angélico demostró la existencia de Dios sin recurrir a los recursos de la fe y de la teología (cf. Suma Teológica, I, q. 2, a. 3). Así, valiéndose del simple intelecto humano, alcanzó una comprensión muy elevada del Creador.
Desde esta perspectiva, en la que la virtud de la fe no es condición obligatoria para creer en la existencia de Dios, sorprende una cuestión discutida por el Aquinate: ¿tienen fe los demonios (cf. II-II, q. 5, a. 2)? Santo Tomás resuelve la cuestión citando las Escrituras: «Hasta los demonios lo creen y tiemblan» (Sant 2, 19). Consciente de que esta sentencia podría suscitar perplejidades, aclara: «Creer es acto del entendimiento movido por la voluntad a asentir» (II-II, q. 4, a. 2), y dicha fe de los demonios no corresponde a una «orientación de la voluntad hacia el bien» por la cual «el acto de creer es laudable» (II-II, q. 5, a. 2), como ocurre en los fieles de Cristo. Por el contrario, en los demonios se trata de una fe «en cierta manera coaccionada» (II-II, q. 5, a. 2, ad 1), porque reconocen la existencia de Dios a causa de la evidencia de los signos que perciben.
Es más: esta percepción, aguzada por la perspicacia de su intelecto natural, no da pie a los demonios para negar los signos mencionados, hecho que les desagrada profundamente (cf. II-II, q. 5, a. 2, ad 2-3). En consecuencia, los ángeles caídos nunca fueron ni jamás serán ateos. Su altísima inteligencia no les permite caer en tal distorsión mental, en tal engaño, en tal idiotez. He aquí el error en el que incurren los ateos.

a la derecha, detalle del fresco de Andrea di Bonaiuto – Basílica de Santa María Novella, Florencia
Con razón, afirman las Escrituras: «la falta de juicio mata a los necios» (Prov 10, 21) y «el sensato camina con rectitud» (Prov 15, 21).







