Una llama encendida en el Sagrado Corazón de Jesús

Publicado el 06/22/2026

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Así como una vela, la vida de Doña Lucilia fue un continuo consumirse delante del Sagrado Corazón de Jesús. Y el Dr. Plinio era como un pabilo ávido de esa llama, junto a ella.

Plinio Corrêa de Oliveira

En más de una oportunidad tuve la ocasión de decir que mi madre era profundamente devota del Sagrado Corazón de Jesús. Ella demostraba esa devoción en casa por las oraciones que hacía, pero también, y de un modo tal vez más acentuado, cuando iba los domingos a la Iglesia del Sagrado Corazón de Jesús.

Inhalando gracias del Sagrado Corazón de Jesús

Yo la veía envuelta en el ambiente tan espléndido y peculiar de aquella iglesia, relacionado a fondo con el Sagrado Corazón de Jesús. Ella rezaba ante su imagen, que se encontraba en la nave al lado izquierdo. Esa imagen es expresiva, de estilo artístico “sulpiciano”; no obstante, piadosa, muy respetable. Mi madre terminaba de asistir a Misa y se dirigía hacia allá.

La imagen tenía la intención de mostrar el Sagrado Corazón de Jesús como es, o sea, un símbolo del amor misericordioso que Nuestro Señor tiene para con sus criaturas, en especial hacia los católicos. Él la hacía sentir ese amor, esa dulzura, esa suavidad. Era una gracia que ella recibía allí.

Por otro lado, en casa, ante una imagen pequeña del Sagrado Corazón de Jesús que había en un oratorio en su cuarto, mi madre rezaba mucho también y se entregaba a la misma actitud espiritual. En aquella posición suya de oración, yo notaba mucho que lo que ella tenía de mejor no era suyo, era algo que el Sagrado Corazón de Jesús le pasaba. Más o menos como una vela bonita, recta, blanca, de buena fabricación, pero apagada, que alguien acercaba a una hoguera; el fuego pasa de la hoguera a la vela, que es encendida por una llama que la va a consumir por entero.

Yo notaba que, cadaAsí también se da con nosotros: nosotros somos velas y recibimos la llama de la Hoguera de las hogueras, que es el Sagrado Corazón de Jesús, horno ardiente de caridad. La caridad es el amor a Dios y el amor al prójimo por amor a Dios. Ese “horno ardiente de caridad” comunica su llama y la vela pasa a vivir de eso.

Oratorio con la imagen del Sagrado Corazón de Jesús perteneciente a Doña Lucilia

Yo notaba que, cada vez más, Doña Lucilia iba viviendo de lo que recibía del Corazón de Jesús, a ruegos, es evidente, de Nuestra Señora, porque todo lo que viene de Jesús Nuestro Señor pasa por Ella. Y la vida de mi madre era que marse delante del Sagrado Corazón de Jesús.

Por detrás de todas las realidades estaba la Iglesia Católica

Yo hacía un raciocinio así: ¿por qué esa imagen produce ese efecto? Porque ella expresa una enseñanza de la Iglesia con respecto a cómo es el Corazón de Jesús. Eso fue deducido de los Evangelios, fue escrito, pasado a un lenguaje corriente. La Iglesia hacía lo posible para que esas enseñanzas contagiaran a todos los católicos, su misión era principalmente esa. Entonces, la Iglesia inspiraba la hechura de la imagen, la construcción de un edificio consagrado al Sagrado Corazón de Jesús, y determinaba que aquella imagen fuese expuesta allí para la veneración de los fieles, lo cual significaba que ella quería que los fieles fuesen así.

Luego, por detrás de todas esas realidades, había una más alta: la Iglesia Católica quería eso, pero lo quería casi como una criatura humana lo quiere. Ella, templo del Espíritu Santo, quería que eso fuese así, con un querer inspirado por el Espíritu Santo.

Todo eso, con todas sus sublimidades, perfecciones, excelencias, provenía de la Iglesia. Y había en ella un principium vitæ –un principio de vida– que es el Divino Espíritu Santo, el propio Dios, inspirando todo aquello que los hombres que la dirigían hacían para llevarla a la realización de sus sublimísimas finalidades.

El conjunto de esa enseñanza, de la grey enorme de fieles especialmente fieles al Sagrado Corazón de Jesús, formaba un todo con la Iglesia Católica. Yo debería amarla con un amor mayor que aquel con el que amaba a mi madre y amaba a las otras personas a quien yo quería porque eran devotas del Sagrado Corazón de Jesús. La Iglesia es el principio de vida superior a todo eso.

El Dr. Plinio en 1995

Como un pabilo ávido de la llama

En mi madre, yo veía el espejo del Sagrado Corazón de Jesús y de todo cuanto esa devoción enseña. Encontraba en ella un reflejo de aquello que yo contemplaba en las imágenes del Corazón de Jesús, de lo que había aprendido en la Historia Sagrada, en el Catecismo y, en fin, en las vidas de los santos y en aquello que rodeaba mi vida religiosa. Yo notaba mucho todo eso en ella y, por un principio de coherencia, si me gustaba tanto que esas cosas fuesen así, no me podía dejar de gustar mucho que ella fuese así. Y el fondo de mi amor a ella era ese. Es evidente que el hecho de que ella fuese mi madre colaboraba con eso, pero de una manera muy secundaria. El hecho fundamental es que yo la amaba más como hija de la Iglesia que como mi madre. Esa influencia suya pasaba a mí, pero yo era como un pabilo ávido de la llama. Yo quería esa influencia, me abría a ella y, mientras estaba con ella lo máximo que podía, yo reforzaba esa influencia en mí, en la lógica del elemento primordial que es el gran amor que yo tenía a Dios Nuestro Señor, a la Santa Iglesia y, por lo tanto, a Nuestro Señor Jesucristo, Hombre Dios, a Nuestra Señora, al Divino Espíritu Santo.

Perfección beligerante

En contacto con el mundo moderno, a través del Colegio San Luis que cursaba, yo sentía mucho la modernidad de las cosas y todo el mal que había en eso. Ella sentía el mal que había en eso. Ella sentía la modernidad, de algún modo, en el ambiente general donde ella y toda la ciudad de São Paulo estaban inmersos. Pero ella no llegaba a comprender, al comienzo, toda la malicia de eso. Y no comprendía, por lo tanto, el carácter militante que yo tenía como católico. A ella le parecía bueno, pero no percibía hasta qué punto ese aspecto debería ser predominante para quien estaba llamado a vivir en el tiempo en que yo viví sin ella y no en el tiempo en que vivíamos juntos.

Edificio del Colegio San Luis a finales de 1910. En destaque, Plinio a los 4 años

 

Por ejemplo, de las abominaciones de nuestros días, ella no llegó a tener conocimiento. De un modo vago, de conjunto, cierta noción sí, pero la idea propiamente, no. Lo cual también se debía, en parte, a la configuración de su espíritu: muy comedido, moderado no diría, pero prudente, y en el cual las realidades aparecían con matices muy delicados. También es propio del ser femenino. Y en mí, por el contrario, las realidades aparecían, desde luego, con colores fuertes.

Yo solo juzgaba que una determinada realidad había sido bien comprendida por mí, cuando comprendía por entero lo que tenía de bueno, en qué era opuesta al mal que circulaba en nuestra época a ese respecto. Era la Revolución y la Contra-Revolución que, de niño, por la bondad de Nuestra Señora, mi espíritu iba tejiendo, sin percibir lo que hacía. Entonces, deseo de destruir, entiéndase bien, no de destruir por destruir; era el deseo de destruir aquello que destruye. Es más o menos como una persona que ve una casa antigua, buena, pero toda carcomida por las polillas y percibe que ellas, de un modo inevitable, van a contagiar y destruir todas las otras casas del barrio. La persona que perciba eso quiere la destrucción de la casa foco de las polillas. No por el gusto de destruir, sino porque en aquella casa está un principio, un elemento activo de destrucción que va a liquidar, y contra eso yo me erguía indignado.

Con mi madre yo me abría por entero, hablaba de las Cruzadas… ¡de cuántas cosas! Ella lo aprobaba, pero no llegaba a comprender hasta qué punto aquello debía ser de esa forma. Ella no tendría contra eso una objeción, sino una zona de admiración menor.

Con el correr del tiempo y viendo, por ejemplo, las abominaciones que hacían los comunistas, y después, durante la Segunda Guerra Mundial los nazis, ella fue comprendiendo la inmensidad de maldad que había entrado por toda parte, además de la “hollywoodización”.

Muy temprano surgió en mi alma una lamentación: la Iglesia del Corazón de Jesús estaría perfecta, pero faltaba algo para ser enteramente de mi gusto. Esa cosa era, por ejemplo, una bella alabarda atada con una cinta bonita y varonil – nada de cinta de cabello de niña– junto a cada confesionario. Eso, con el tiempo, Doña Lucilia lo fue comprendiendo.

Revolución de 1917 – Museo de Historia Política Rusa, San Petersburgo

(Extraído de conferencia del 4/1/1995)

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