
Nacida pastora, en una desconocida aldea de una región considerada secundaria, Santa Juana de Arco fue profetisa, virgen, reina, guerrera y mártir. Y para colmarla de la gloria de asemejarse a Él, Nuestro Señor quiso que la Pucelle sufriera difamaciones y traición por parte del clero de su tiempo, de los nobles de su nación y del pueblo que había venido a salvar.
Sin embargo, los siglos le hicieron justicia y, desde lo alto del firmamento, donde el fulgor de su santidad la había alzado, pudo contemplar cómo sus contendientes eran barridos por la historia y sepultados, algunos en el olvido y otros en la infamia. Finalmente, San Pío X reconoció la heroicidad de sus virtudes, elevándola a la honra de los altares.
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La santa pastora, en su fragilidad virginal y encantadora, fue llamada a vivir en un campamento militar donde, lamentablemente, tantas y tantas veces el lenguaje es impuro y las malas presencias se hacen notar. Con todo, ella brillaba allí como un cirio de purísima cera en plena noche. Da la impresión de que de su figura se desprende un resplandor de nieve batida por el sol, casi cegadora. Según testimonios de la época, irradiaba tal virginidad que su mera proximidad facilitaba la guarda de la castidad.
Delicada como una flor, era, no obstante, intolerante con cualquier tipo de pecado y de vicio: la virgen de Orleans integró el elenco de las almas incontaminadas, en las que nunca hubo transigencia, connivencia o complicidad con el mal. De hecho, la única forma de castidad seria es aquella que desprecia y rechaza la impureza; de lo contrario, enseguida se revela falsa y efímera.
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Su delicadeza virginal, no obstante, parecía destinada a vivir en contradicción.
De hecho, una de las actividades más intensas que el hombre puede realizar es, sin duda, el combate, el cual requiere un nivel máximo de agilidad y de fuerza, física, pero sobre todo moral. Resulta necesario hacer valer los derechos de Dios y de la justicia, doblegando el vigor del mal para, finalmente, vencerlo. Por tanto, la fragilidad se presenta incompatible con el estado guerrero.
Ahora bien, la historia cuenta acerca de Santa Juana de Arco hazañas de armas consideradas imposibles. En ella, el heroísmo militar brilló con un resplandor extraordinario, porque estaba aliado a la inocencia: mostró gallardía entre los suyos, gallardía en el campo de batalla, gallardía frente al enemigo y, por último, ante el tribunal de la traición durante los interrogatorios de sus infames jueces. Se trata de la gallardía llevada al extremo.
Así pues, encontramos en ella a la virgen frágil, pastorcita y guerrera, que cambia el curso de la historia europea para cumplir los planes de Dios y salvar a Francia.
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¿Cómo resolver, entonces, la aparente contradicción resultante del hecho de que la combatividad se presenta a menudo como sinónimo de brutalidad y la pureza como compañera de la fragilidad?
En Santa Juana de Arco vive todo el ideal guerrero de la Edad Media, así como el ideal de la virgen cristiana. Es contrario a la fragilidad de una virgen ser guerrera, pero, cuando se trata de una virginidad inmaculada, ésta confiere a la mujer tal fuerza que, sin masculinizarla, la equipara al hombre en la capacidad de coaccionar el mal y ejecutar los designios divinos.

En la libertadora de Francia, la virginidad, al estar ligada al heroísmo del fuego y de la sangre, llama más la atención de la imaginación y de los sentidos que cualquier otra forma de virginidad; por otra parte, ésta se alió con la debilidad femenina y a las armas para darle a la condición militar un brillo completamente nuevo. Entre los escombros, el polvo y el humo, su coraza hacía resplandecer su pureza de manera especial durante el combate, porque vivía inmaculada entre los hombres.
Santa Juana de Arco es el ejemplo de la virgen católica, tan casta que pudo convivir en aquel ambiente sin contaminarse y pudo ser guerrera —oficio específico del hombre— permaneciendo virgen y femenina, rodeada de esa virginidad perlada, pero pugnaz, valiente, audaz y segura de sí misma, que reduce la impureza al estado de cobardía. Ante alguien como ella, la desvergüenza sólo tiene la posibilidad de resistencia, como un tumor al bisturí de un médico.
Su virginal fortaleza proclama, desde lo alto del Cielo donde ahora se encuentra, que la pureza sólo es verdadera cuando es capaz de luchar con todo su ardor, y que sólo un alma pura es capaz de la verdadera combatividad.
La santidad es una, y en ella no puede existir una virtud sin las demás…







