Elección importantísima. Parte 2

Publicado el 01/20/2023

Así como para sanar es necesario confiar en la experiencia y decisión del médico, así también para enmendarnos y santificarnos, es indispensable que nos abandonemos en las manos de un buen confesor; y debemos comportarnos con él con la máxima confianza y docilidad.

Padre Luis Chiavarino

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Maestro — Así como cuando recibimos el agua sin pensar ni siquiera en el tubo o en el canal que la trae de la colina o de la montaña, así también no debemos reparar en la persona del confesor, en el “hombre”, sino en Jesús, que es el único de quien esperamos nuestra santificación.

Un día le fue preguntado a alguien: “¿Qué diferencia hay entre Jesús y tu confesor?”

Ninguna, respondió sin dudarlo

Y lo dijo muy bien, porque el mismo Jesús que se reviste con las especies sacramentales de la hostia para que lo podamos comerlo en la Comunión, toma la forma de nuestro confesor para convertirse en nuestro médico.

Discípulo — Eso quiere decir, Padre, que como no reparamos en la especie del pan cuando recibimos la Comunión, sino que pensamos únicamente en Jesús, ¿Cuando nos confesamos debemos pensar solo en Jesús oculto en el sacerdote?

Maestro — ¡Es así mismo!

Discípulo — ¿Y ahora, qué significa tener pureza de intención?

Maestro — Significa que cuando vayamos a confesarnos no debemos pensar sino en el bien de nuestra propia alma. Debemos pues, suprimir toda y cualquier idea de vanidad, de interés material, todo y cualquier miedo de lo que el confesor pueda pensar o creer de nosotros. El confesor que representa al mismísimo Jesucristo nunca dejará de estimarnos, nunca quedará malhumorado, sea cual sea la confidencia que le hagamos: al contrario, su estima y su interés serán siempre mayores por aquel que, animado por una mayor buena voluntad, use de la mayor sinceridad y simplicidad en las cosas más humilllantes.

Discípulo — Creo que eso es natural. El confesor es como el médico que cura con más amor a los enfermos que conoce mejor y a los que tienen mayor confianza en él. Padre, finalmente, ¿qué significa tener voluntad sincera?

Maestro — Significa que no debemos actuar como unos niños inexpertos y caprichosos, que quieren y no quieren, sino que debemos querer enmendarnos totalmente. No poseen esa voluntad los que con palabras quieren convertirse en buenos y santos, pero no quieren que eso les cueste esfuerzos y fatigas, aquellos que con tan solo pensar que tienen que cambiar de vida, se sienten enfadados y no quieren oír toda la verdad.

Discípulo — ¿Esos son como los enfermos que no quieren oír hablar de cortes cuando su enfermedad ya es una gangrena, no es así, Padre?

Maestro — Así como para sanar es necesario confiar en la experiencia y decisión del médico, así también para enmendarnos y santificarnos, es indispensable que nos abandonemos en las manos de un buen confesor; y debemos comportarnos con él con la máxima confianza y docilidad.

Discípulo — ¿Padre, y será posible encontrar a tal confesor?

Maestro — ¿Y por qué no, si se lo pedimos a Dios con la oración y con la humildad? Jesús está siempre a disposición de quien lo busca con buena voluntad. Del mismo modo que lo hizo con la Magdalena, disfrazándose de hortelano, así hará que lo encontremos en la Confesión en la persona del confesor.

Discípulo — Padre, usted me llena de coraje y voy a comenzar desde ya a buscar un confesor que sea un Jesús disfrazado.

Maestro — Sin embargo, si esto no fuera enteramente posible debido a la escasez de sacerdotes, cuando le llegue la hora de la muerte, en el momento de confesarte confía siempre en el sacerdote, sea quien sea.

Por hablar en esto, escucha lo que se lee en la historia de Don Bosco, publicada en el “Boletín Salesiano” de septiembre de 1922

Un día fueron a llamar a Don Bosco para que atendiera a un joven que frecuentaba asiduamente el Oratorio y que estaba muy mal. San Juan Bosco estaba ausente: volvió a Turín solo dos días más tarde y fue solamente a las 4:00pm del día siguiente que pudo ir a la casa del enfermo.

Cuando llegó, vio clavados en las puertas los paños negros con el nombre del joven que venía a visitar. A pesar de esto, Don Bosco subió para saludar y confortar a los desdichados padres. Los encontró en un mar de llanto y supo por ellos que el hijo murió en esa misma mañana. Pidió que lo llevaran al cuarto del muerto para poder verlo por última vez.

Un empleado lo llevó. Sin embargo – cuenta San Juan Bosco — me pasó por la cabeza la idea de que el joven no estaba muerto; me acerqué a la cama y lo llamé por el nombre ¡Carlos! Entonces, él abrió los ojos saludándome con acento de profundo espanto: — ¡Oh, Don Bosco, usted me ha despertado de una pesadilla aterradora! — Al sonido de aquella voz, varias personas que estaban en el cuarto huyeron aterrorizadas, a los gritos y derrumbando velas, mientras el joven seguía hablando: — Yo tenía la impresión que me empujaban para el fondo de una caverna oscura, tan estrecha y asfixiante, sintiéndome sin aliento. En el fondo, en un espacio más vasto y mejor iluminado, un gran número de almas eran juzgadas: y veía con un terror siempre creciente que muchas de ellas eran condenadas. Finalmente, llegó mi turno y ya estaba por tener la misma suerte horrible por haber hecho mal mi última confesión y en ese preciso instante usted me despertó.

Mientras tanto, los padres del joven Carlos, sabiendo que estaba vivo, habían llegado alegres y felices. Él los saludó afectuosamente pero luego les dijo que no debían tener esperanzas de que recuperara la salud. Los abrazó y los besó y le contó a Don Bosco que lamentablemente había cometido un pecado que— él bien lo sabía — era mortal y que tenía una firme voluntad de confesarse. Para este fin, sintiendo que el mal empeoraba, había mandado llamar a Don Bosco, pero como no lo habían encontrado, le habían traído a otro padre, un desconocido al que no había tenido el coraje de contarle la falta cometida.

Dios quiso mostrarle como por causa de una confesión sacrílega había merecido el infierno. Por lo que se confesó con sincero arrepentimiento y vivo pesar, y recibida la absolución, cerró los ojos y expiró serenamente. Como puedes ver, la confianza es indispensable para una buena confesión.

Discípulo¿Pero, quien será el que quiera irse al infierno por causa de un poco de miedo, de un poco de vergüenza que al final se transforma en un consuelo muy grande?

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